Despistados

No sé qué lugar ocupa en mi ranking personal, pero la historia de Emaús siempre atrajo mi atención.

Hay muchas historias que me atrapan, me ministran, me enseñan y edifican. Hay algunas que me sorprenden, me fascinan, y unas cuantas que me encanta predicar.

Pero la de Lucas 24 es especial. Simple pero profunda. Nada espiritual, pero totalmente sobrenatural. Lineal, sencilla… pero con un entrelíneas que te deja con la boca abierta.

Un grupo de seguidores de Jesús, viajando de un pueblo a otro, charlando sobre los acontecimientos de ese fin de semana de Pascua. Jesús mismo se les suma en el camino y se engancha en la charla… pero ellos no lo reconocen.

¿Cómo podés ser seguidor de Jesús y no reconocerlo cuando habla con vos?
¿Cómo podés ser cristiano, conocer su Palabra, aprender sus principios y aun así no darte cuenta cuando Él está con vos?

En eso Elías nos da cátedra. Era un “hombre sujeto a pasiones”, según dice Santiago (Santiago 5:17), que tenía varios conflictos emocionales que lo llevaron a tomar malas decisiones. Pero sabía reconocer a Dios (1 Reyes 19:11-13).

A Elías no lo engañaron ni las luces, ni el sonido, ni las manifestaciones deslumbrantes. Elías supo reconocer a Dios en medio del susurro. (1 Reyes 19:12)

¿Cómo estos tipos no se dieron cuenta?
¿Qué imagen tenían, o se acostumbraron a ver, de Jesús, que no lo reconocieron?
¿En qué contexto encasillaron a Jesús?

A veces nos hacemos estructuras mentales con las cuales limitamos a Dios y pretendemos que se mueva o se manifieste de la forma que creemos que debe hacerlo.

A veces pretendemos determinada respuesta o manifestación más apropiada para una película de ciencia ficción que para la manera en que Dios se muestra.

A veces esperamos trompetas celestiales cuando Dios, tal vez, te habla por la boca de un niño pequeño o de un abuelo sin estudios terciarios.

Como Jacob. Jacob no conocía mucho a Dios. Era el Dios de su padre y, para él, era lo habitual. Era a quien Isaac adoraba, oraba y ofrendaba, pero nada más que eso.

Pero Dios tenía un plan con Jacob.
La bendición que recibió Abraham no murió con Abraham: fue la que recibió Isaac, y este pasó a Jacob.

Sí, en Dios recibimos cosas que no merecemos, pero que, por el pacto de nuestros antepasados, llegan a nuestras manos.
Entonces Dios tuvo que buscar la manera de tocar el corazón de Jacob.

Jacob tuvo que ser procesado, tratado, probado y humillado, como José, para ser moldeado al carácter de Dios.

Pero aun así, Dios le habló en sueños.
“Yo estoy contigo; voy a cuidarte por dondequiera que vayas, y te haré volver a esta tierra. No voy a abandonarte sin cumplir lo que te he prometido.” (Génesis 28:15)

Entonces pasó el milagro. Jacob se despertó y se dio cuenta de que había sido Dios:
“Cuando Jacob despertó de su sueño, pensó: «En verdad el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía.»” (Génesis 28:16)

¿Cómo podés no darte cuenta de que es Dios?

Porque tenés una expectativa distorsionada.
Porque no sabés o dudás de que Dios hable.
Porque no esperás que Dios te hable.
Porque no creés que Dios quiera o se interese en hablarte.
O porque estás dormido…

“¡Levántate, tú que duermes!” grita Pablo en Efesios 5:14, para ser “alumbrado por el Señor”.

Salí de tu letargo.
Despabilate de tu sueño.
Rompé tus estructuras racionales y emocionales.
Abrí tu mente…

¡Date cuenta de que Dios está cerca!
Y escuchá lo que tiene para decirte…

Dejar un comentario