El discipulado trae autoridad.
En estos tiempos que vivimos, y en este lado del mundo donde nos tocó crecer, convivimos normalmente con conflictos de autoridad.
Lamentablemente, es una señal de la decadencia moral, social y política que caracteriza a Latinoamérica, aunque no están exentos hombres y mujeres de otras latitudes.
Esta semana, por ejemplo, estamos siendo testigos de una revolución al mejor estilo “mayo francés”, pero en Teherán, la capital de Irán.
¿Te ibas a imaginar que algún día los iraníes se iban a rebelar? Bueno, pasó.
Ya expliqué muchas veces que fuimos creados con capacidad de gobierno. Esa ¿virtud? que Dios nos dio es muy útil para avanzar en la vida, pero solemos exagerarla al punto de romper esa misma capacidad, al no dejar que se nos forme, se nos guíe, se nos enseñe o se nos dirija.
¿Querés una prueba? Acá va…
¿Te gusta que te dirijan?
¿Te gusta que te manden?
¿Te gusta que te digan lo que tenés que hacer?
Capacidad de gobierno, sin pulir, sin perfeccionar… a lo bruto nomás.
En realidad, no alcanza con tener la capacidad de hacer algo; esa capacidad tiene que trabajarse y perfeccionarse.
Si lo pensás bien básico, un nene de 2 años tiene la capacidad de caminar; a los 3 camina firme, seguro, sin ningún tipo de tropiezo. ¿Lo dejarías cruzar una avenida solo?
Necesita madurar, necesita destreza, necesita aprender los códigos de la calle y de la vida también. Necesita saber medir distancias y tiempos “a ojo”, para conocer sus posibilidades antes de avanzar.
Se llama vida… así nomás.
Pero el discipulado te da autoridad. Me gusta el pasaje del centurión que se acerca a Jesús (Mateo 8:5–13), que reconoce su necesidad de Dios, pero también su falta de mérito. Sabe, entiende y declara que Jesús tiene el poder, pero admite que él no es digno de recibir a Jesús en su casa (Mateo 8:8). Como hombre de guerra y estrategia, no se acercó a Jesús a ciegas o improvisado, sino que tenía un plan de acción: “Decí la palabra y mi siervo sanará” (Mateo 8:8).
Lo más importante de las palabras del centurión fue su claridad sobre la línea de mando y la autoridad: “yo tengo gente bajo autoridad y estoy bajo autoridad…” (Mateo 8:9).
No puede ejercer autoridad el que no reconoce la autoridad. No puede aprender los principios del liderazgo quien no los haya vivido, y no puede dar órdenes aquel que no las haya obedecido.
Ya lo dijo también Job: “sobre un alto vigila uno más alto” (Job 24:1). Siempre hay alguien por encima de uno, a quien debamos rendir cuentas.
El discipulado trae autoridad. Estar bajo autoridad siembra los principios de la autoridad. Ser obediente, eficiente y diligente, respondiendo a la autoridad, afirma y forma tu autoridad.
Ordenar tu vida en función de Dios, y no al revés, te da las herramientas de la autoridad.
“Jesús llamó a sus doce discípulos, y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias” (Mateo 10:1).
Por el contrario, los que solo hacían señales sin estar bajo autoridad fueron expulsados de la presencia de Dios (Mateo 7:21–23), y los que procuraban ejercer esa autoridad sin siquiera estar bajo la de Cristo fueron avergonzados por un demonio (Hechos 19:13–16, los hijos de Esceva).
El discipulado trae autoridad. Estar sujeto y permitir ser formado trae autoridad. Abrir tu mente, así como tus oídos, para ser transformado, trae autoridad. Pero a veces nos conformamos con no dejarnos moldear.
El punto es que, para avanzar y progresar, necesitamos autoridad.
¿Bajo quién te ponés?
¿A quién le permitís corregir tus pasos?
¿A quién reconocés como autoridad?
¿O preferís seguir siendo un “Che Guevara” espiritual? (Mirá que no terminó bien, eh…).
No seas de los necios que no se dejan formar; sé parte de los sabios que escuchan, actúan y alcanzan autoridad.
El discipulado… trae autoridad.
