Indiferentes

¿Cómo podés no darte cuenta cuando estás recibiendo privilegios? Parece increíble, pero es algo más habitual de lo que creés o imaginás.

Por ejemplo, depende mucho del nivel social. No solo de eso, sino de cómo vivís tu nivel social. El factor reactivo es indispensable (llamo factor reactivo a la manera en que reaccionás, cómo actuás en distintas situaciones y contextos, y cuánto cargo te hacés de tu condición y posición).

Si creciste en un contexto de alto nivel económico, no te va a llamar la atención una habitación cinco estrellas, un auto de alta gama o un asiento en primera clase.
Pero si tu realidad fue de un nivel bajo, con muchas privaciones, tener el primer autito, de diez años de antigüedad, ¡es todo un logro!

Por eso, en ese contexto, se comprende tu nivel de aceptación, sorpresa y encaje cuando estás recibiendo cosas que otros jamás han vivido o soñado.

Te invitan a Disney, te regalan una “play”, te ganás un iPhone, te prestan una Ferrari. No salís de tu asombro y te tienen que decir que cierres la boca porque quedás colgado ante cada nueva experiencia.

Pero si estás acostumbrado a eso… solo vas a ver los defectos, vas a criticar las formas, te va a molestar cómo te atiende la azafata de primera o no te gusta el perfume del alta gama.

¡Que nunca perdamos la capacidad de asombro…!

Es muy normal que pase eso en la iglesia. Nos pasa cuando nos acostumbramos a la manifestación de Dios. Nos puede pasar cuando vivimos un ambiente de milagros. Nos pasa cuando siempre recibimos una palabra revelada.

Es probable, también, cuando te movés en un ambiente sano, donde sos cuidado, sos formado, sos contenido…

¿Está mal acostumbrarse a eso? ¡Para nada! Que sea siempre así…
El problema es cuando nos acostumbramos tanto que ya no lo valoramos, no lo apreciamos… y nos creemos merecedores de eso.

El autor de Hebreos estaba indignado. Los judíos conversos se creían un poco así. Después de todo, eran el pueblo elegido y, por lo tanto, “superiores a los demás”. Lo que Dios les diera era parte del pacto, y si Dios no se los daba… Dios estaba fallando.

Creían que, solo por su ADN, podían tomarse a Dios “a la chacota” (¡qué antigüedad!) y aun así seguir estando en una posición superior.

Les dice, molesto: “Es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos… ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:1,3)

Realmente… no alcanza con ser parte de un linaje, una familia o una raza; es necesario algo más.

Jesús dijo: “…cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo 12:50), mostrando que no existían los privilegios de sangre ni de parentesco, sino que lo importante era “hacer la voluntad de Dios” para entonces pertenecer.

Supongo que María y los hermanos de Jesús se la creerían un poquito. ¡Era Jesús!

Era notorio lo que pasaba con él y las cosas que hacía. Como pasó con José, esclavizado en Egipto, que “su amo se dio cuenta de que el Señor estaba con José…” (Génesis 39:3); todos se daban cuenta de que Dios estaba con Jesús (solo unos pocos, muy pocos, llegaron a darse cuenta de que Dios no estaba con Jesús, sino “en” Jesús y, más aún, “era” Jesús).

Ella fue a verlo, tal vez a llevarle comida o “un saquito” por si refrescaba… llegó a la puerta, la atendió un ujier (ponele), y ella le dijo: “Vengo a ver a Jesús, soy la mamá, que deje todo y salga…”. Pero a Jesús eso no lo movió.

No alcanza con tener un título, estar, conocer, compartir, haber nacido en… Hace falta pertenecer y hacer la obra de Dios. Hace falta reconocer lo que Dios hace y que está con vos. Hace falta entender tu posición elevada, pero tu condición miserable, para poder recibir “la gracia” de Dios.

Mateo 13 es una enciclopedia de revelación.
Hay infinitas enseñanzas que nos ponen delante de Dios y nos llevan a entender (o intentar entender) los principios del Reino.

Jesús les habla a sus discípulos del sembrador, la semilla y la tierra; y de la forma en que esa semilla es sembrada y de qué manera la tierra la recibe.

Termina Jesús diciendo: “Les aseguro que muchos profetas y personas justas quisieron ver esto que ustedes ven, y no lo vieron; quisieron oír esto que ustedes oyen, y no lo oyeron” (Mateo 13:17).

¿Te das cuenta de los privilegios que tenés?
¿Te das cuenta de la posición en que Dios te puso?
¿Te das cuenta del entorno en el que te movés?

¿Te das cuenta de que sos parte del mundo espiritual?
¿Te das cuenta de que formás parte de unos pocos elegidos?
¿Te das cuenta de que sos una raza superior?

¿Te das cuenta de que estabas muerto y volviste a vivir?
¿Te das cuenta de que estabas perdido y él te encontró? (aguante “Amazing Grace”)
¿Te das cuenta de que “no eras pueblo y ahora sos pueblo de Dios”?

¿Te das cuenta? ¿Te diste cuenta?

¿Y qué hiciste con eso?
¿Qué estás haciendo con eso?

¡Uff…! El evangelio es una confrontación constante.

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