Hace un tiempo atrás hablé acerca de “los cinco sentidos”, esos “sensores” que Dios nos puso y por medio de los cuales no solo nos conectamos con el mundo que nos rodea, sino que interactuamos con él y somos, en cierta manera, “instruidos y formados” por él.
No voy a entrar de lleno en ese tema, pero nuestros pensamientos (que son los que determinan nuestras decisiones y, por lo tanto, nuestro futuro) se alimentan de lo que vemos, oímos, olemos, tocamos y gustamos.
¡Me fascina el funcionamiento de la lengua!, que en distintas secciones reconoce los distintos tipos de sabor, resaltando los picantes, los dulces, los agrios y los salados.
Estos cinco sensores funcionan simultáneamente. No digo que en todo tiempo estés haciendo uso consciente de ellos, pero están siempre conectados; no necesitan una activación o una instrucción previa. Vas caminando por la calle y “sentís” (olés) olor a asado. No lo buscaste, no lo inventaste; como una invasión extranjera, de golpe apareció… y ya te cautivó.
Mucho más aún con la vista y el oído. Son los más activos. Dejemos de lado a quienes padecen alguna discapacidad en estas áreas, pero salvo que cierres los ojos o te tapes los oídos (y aun así), todo el tiempo estás mirando y escuchando algo.
Vas por la misma calle del asado… escuchás bocinas, gente conversando, un vendedor que grita mientras mirás el semáforo para cruzar. Casualmente, alguien que pierde el colectivo te golpea corriendo… y sentís el impacto y el dolor.
Todo el tiempo estamos sintiendo e interactuando con nuestro entorno.
Pero… ¿qué pasaría si, ya sea por impedimento o por decisión, ignoramos alguno de esos sentidos y solo prestamos atención a los otros?
Eso les pasa a los hipoacúsicos y a las personas con disminución visual; mucho más, obviamente, a los sordos e invidentes. Pero ellos van entrenando su propio cerebro y potencian los demás sentidos, obteniendo mayor eficiencia. Un no vidente escucha cosas que otros no.
Otra vez… ¿qué pasaría si entonces, por decisión, descuido o ignorancia, obviás el uso de alguno de los sentidos y solo te enfocás en los otros? Vas a decir que el enfocado se va a potenciar y el otro se va a atrofiar… y sí, eso va a pasar.
¿Por qué escuchamos críticas sin mirar de quién vienen?
¿Por qué miramos conductas y reacciones sin escuchar la otra campana?
¿Por qué escuchás mentiras y relatos sin observar la realidad?
¿Por qué mirás el progreso del no creyente sin ver que no tiene salvación?
¿Por qué te dejás llenar la cabeza con palabras manipuladoras y engañosas sin ver todo lo que Dios te prometió y ya hizo en tu vida?
Dice Salomón:
“El Señor nos dotó al mismo tiempo de oídos para oír y de ojos para ver.” (Proverbios 20:12)
“…al mismo tiempo…”
Aquello en lo que nos enfocamos es lo que se potencia, prospera y crece.
Si solo atendemos lo que oímos pero no lo que vemos, o lo que vemos pero no lo que oímos, estamos recibiendo una información distorsionada, que va a formar un pensamiento distorsionado, que nos va a llevar a creer cosas distorsionadas y a tomar decisiones erradas.
Para tomar decisiones que generen resultados favorables y positivos, tenemos que tener una recepción panorámica de nuestros sentidos.
No creas todo lo que escuches.
No creas todo lo que veas.
No hagas caso a cualquier cosa que te digan.
No te dejes llevar por todo lo que te comparten…
Como diría Pablo:
“Examinalo todo; retené lo que es bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21)
