Sabiondos

Nos acusan por creer que “nos sabemos” todo. Dicen, esas malas lenguas, que nos comportamos como sabiéndolo todo. La realidad es que, a diferencia de lo que dicen, no lo creemos, no lo pensamos, ¡sabemos todo! (chiste)

No, no seas acusadora, no estoy hablando de los hombres y sí, acertaste, estoy hablando del “ser argentino”, esa extraña mezcla de soberbia y tercermundismo, arrogancia y multiculturalismo que, por un lado, hace que en cualquier lugar del mundo aparezca un argentino (cientos de reels de extranjeros diciendo esto) y, por otro lado, que siempre demos la nota: o por metidos, o por escandalosos, o por extravagantes, o por arrogantes.

¿No te pasa (me pasa) que escuchás un acento argentino en una peli extranjera y sentís orgullo?
¿No te pasa (me pasa) que escuchás a extranjeros de primer mundo elogiando nuestro país y les das la razón?
¿No te pasa (me pasa) que conocés de dónde vienen y te preguntás “¡cómo prefiere vivir acá!”… y al final lo entendés?

Argentinos. Un mal del mundo que… tiene que aprender a vivir con nosotros.
Argentinos. Una jaula de perros y gatos hasta que aparece el zorro… ¡que ni se atreva a tocar al gato o al perro!
Argentinos, sí, los que nos creemos que sabemos todo.

Somos ciclotímicos, cambiamos según el tiempo y las circunstancias. En este momento exacto oscilamos entre ser especialistas en clima y control de fuego y expertos en accidentes ferroviarios. Pero pasamos por otras profesiones, por supuesto.

La que está siempre presente: todos somos especialistas en economía, tenemos las respuestas a la mejor inversión y le damos clases a los ministros de turno, los que no saben nada (realmente no saben nada).
También somos todos (me excluyo, aunque opino) directores técnicos de fútbol. Desde las críticas a Menotti hasta los desplantes a Scaloni, pasando —¡obviamente!— por el enojo con Sampaoli, somos expertos en estrategia y armado de equipo.

Hemos sido especialistas submarinistas, virólogos experimentados, sabiondos de pandemias (con “filminas” y todo).
Conocemos todos los secretos: las conspiraciones comerciales, las estafas del capitalismo, la bondad del socialismo. Sabemos los secretos de las charlas entre Putin y Trump, o Trump con Xi Jinping, o Xi Jinping con Putin.

Si el nene tiene fiebre… dale esta pastillita y un baño de agua fría.
Si tiene piojos… no uses Nopucid, mejor un lavado con vinagre.
Si el pediatra dice que lo acuestes de tal forma… ¡qué sabe ese! Hacelo de esta manera…

Sabemos todo… menos lo que tenemos que saber.

Mi abuela decía que “el que mucho abarca, poco aprieta”. Yo digo que saber un poco de todo no es tener cultura general, sino ser mediocre. La cuestión es que sabemos (creemos que sabemos) tantas cosas que no son importantes que ocupamos el lugar para saber las que sí son importantes, imprescindibles, necesarias, determinantes.

Jesús tuvo una de esas agarradas con los religiosos de la época. ¡Lo que habrá sido estar en medio de esas discusiones!
Que el clima tal, que el cielo se ve así, que los vientos de tal manera, que las plantas tal cosa, etc., pero no eran capaces de reconocer a quién tenían delante ni “el tiempo de la visitación” (Lucas 19:44).

“…¿cómo es que no saben interpretar las señales de estos tiempos?”, les rebate en el final de Mateo 16:3.
Y, sin embargo, ellos seguían en su postura argenta, diciendo saber sin saber, creyendo saber… sin entender.

Pasan los años, un par de miles de ellos, y seguimos en la misma postura. Sabemos todo, creemos conocer todo, pretendemos ser confidentes de secretos, nos guiamos por influencers y formadores de opinión, escuchamos a quien nos conviene y les dejamos formar nuestro criterio para apoyar nuestro pensamiento previo.

Somos tan astutos… que nos dejamos manejar por lo que ocupa tiempo y mente, ignorando lo que puede ser vital para nuestra vida, natural y espiritual. “Y a Aquel que es poderoso para hacer mucho más de lo que entendemos…” (Efesios 3:20).

Como los discípulos de Jesús.
La verdad es que Jesús realmente fue “experimentado en quebrantos” (Isaías 53:3) y entiendo su queja: “¿hasta cuándo los tendré que soportar?” (Mateo 17:17), porque eran gente complicada.
“¿Acaso no entendieron lo de los cinco panes y dos peces?, ¿acaso no entendieron lo de los siete panes?” (Mateo 16:9–10).
Y no. Tenían todo delante de sus ojos… pero no entendían.

¿Cómo puede ser que te creas entendido de todo y no entiendas el tiempo que vivimos?
¿Cómo puede ser que siempre tengas algo que decir en cualquier situación, pero se te cierre la boca para hablar de Dios?
¿Cómo puede ser que tengas siempre todas las respuestas, pero te quedes callado cuando Dios pregunta: “¿Dónde estás?”?
¿Cómo puede ser que sepas todo, pero no sabés qué quiere Dios de vos?
¿Cómo puede ser que veas a Dios obrar y aun así no te des cuenta de su poder?
¿Cómo puede ser que tengas habilidades y hayas sido usado por Dios y no te des cuenta de que te capacitó para eso?
¿Cómo puede ser que dudes todavía de que Dios te creó con un propósito?

Sí, los discípulos de Jesús eran algo… lentos…

“Pues si ustedes saben interpretar tan bien el aspecto del cielo, ¿cómo es que no saben interpretar las señales de estos tiempos?” (Mateo 16:3).

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