Identidad

¡Qué tema la identidad! Es algo tan importante para el desarrollo humano que entre los “derechos” declarados y reconocidos por la ONU está el de la identidad.

En nuestro país es ley. Todos tenemos derecho a saber quiénes somos, cuál es nuestro origen y linaje. La última dictadura militar dejó un saldo de cientos de hijos sin sus padres, que fueron criados sin conocer su verdadero origen y tuvieron que trabajar en sus raíces, lo que repercute en su crecimiento, personalidad y carácter.

Debe ser muy duro no saber quién sos. Crecer sin un pasado, sin una historia… y peor aún, vivir una mentira y darte cuenta ya adulto de que tu familia no tiene un lazo biológico con vos.
Siempre pienso (culpa de las películas): ¡qué duro debe ser tener amnesia! Un día te levantás y no sabés quién sos, quiénes son los que te rodean, no sabés en quién confiar y dudás si no te están estafando.

La identidad supera las barreras de lo legal y lo biológico; tiene un profundo arraigue en lo psicológico y espiritual.

Recuerdo una experiencia personal. Hace más de 30 años, siendo relativamente nuevo en el Señor, escuché una conversación entre dos personas donde una le preguntaba a la otra:
—¿Qué hizo Dios en tu vida?
Entonces, bien de metido (¡ya sé que no se hace!), volví sobre mis pasos y dije:
—¡Me dio identidad!

¿Acaso yo no sabía quién era? ¡Pero claro que sí! Siempre supe quién era, siempre supe mi origen; viví con mis padres biológicos y me crié en relación con tíos y abuelos. La única “asignatura pendiente” que tengo es conocer España, la tierra de mi familia materna.
Pero, a pesar de saber quién fui, era y soy, recién en Cristo adquirí una genuina identidad.

Aprendí que mi nombre es un identificador, que junto con mi apellido y DNI le dan al mundo mis datos administrativos para ser reconocido en medio de un árbol genealógico y no ser confundido con alguien más. Bueno, más o menos, porque tengo un primo segundo que se llama igual que yo, entonces siempre había que andar aclarando.

Aprendí que mi raza, o mezcla de razas, me ubica dentro de un grupo étnico; así como mi nacionalidad me da una cultura determinada, con sus tradiciones y costumbres.

Aprendí que mi nivel social solo es un accidente, que podría haber nacido acá o allá y que eso no me define. Es más, nunca encajé del todo en esos lugares y siempre sentí que pertenecía a algo más.

Tal vez por eso pasé mi infancia mirando las estrellas. Tal vez por eso soñaba con encontrarme con un marciano o tener un encuentro sobrenatural. No encajaba dentro del statu quo ni respondía a los parámetros que se suponía debía tener y manejar.
“¡Es raro!”, diría alguna vez algún pariente cercano, mientras me juzgaba por no saltar arriba de la mesa del comedor como su hijo, el que supuestamente sería muy “normal”.

Pasé por dos escuelas secundarias distintas, de diferente orientación, así que ninguna alcanzaba para definirme, porque al cambiarme de escuela… yo seguía siendo igual. Lo mismo con la universidad. Empecé tres carreras distintas, pero ninguna me definió. Eran tan opuestas una de la otra como lo es la noche del día o River de Boca. Pero yo era el mismo, con mi nombre, apellido, linaje, parientes, nacionalidad y gustos…
Pero en Cristo aprendí quién era; en Él encontré mi identidad.

Dios llamó a Moisés. ¡Ese sí que fue un encuentro! Dios le hizo a Moisés el jueguito de Hansel y Gretel, dejando piedritas y migajas para que lo encontrara. Dios buscó la manera de llamar la atención de Moisés. Por un lado, lo entiendo: Moisés no conocía a Dios y, si se le aparecía de golpe o de repente una voz lo envolviera, podría pensar que había enloquecido o salir corriendo. Entonces le tira algunas indirectas.

Una zarza que no se quemaba fue suficiente para despertar la intriga del ex príncipe de Egipto. Como buen chusma de barrio, fue a ver qué pasaba, por qué esa zarza no se quemaba (Éxodo 3:3-4), y ahí Dios le habla.

Es muy interesante porque la conversación gira en torno al propósito. Después de la presentación oficial (3:6), Dios le dice el plan que tiene con él. Moisés está confundido: cree lo que escucha, pero no se ve en ese rol. Busca excusas, pone excusas, hasta que se agotan. Y en el verso 11 dice: “¿Y quién soy yo para presentarme ante el faraón y sacar de Egipto a los israelitas?” (Éxodo 3:11)

Más que comprensible desde su posición. Estaba escapando de la ley de los egipcios. Fue desterrado de su casa, su palacio y su tierra. Y Dios lo manda volver como “Pancho por su casa”.
—¿Quién soy yo? —le dice Moisés a Dios.
—¿Quién soy yo? —le dije alguna vez a Dios.

Dios me contestó, porque Dios siempre responde, y por supuesto le respondió a Moisés. No lo que él esperaba (olvidate: Dios obra a su manera, no a la tuya. Se encarga de que le entiendas, pero te mete en su plan, no se mete Él en el tuyo).

“Y Dios le contestó: —Yo estaré contigo, y esta es la señal de que yo mismo te envío: cuando hayas sacado de Egipto a mi pueblo, todos ustedes me adorarán en este monte.” (Éxodo 3:12)

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“¿Quién soy yo?”, dice Moisés; “Yo estaré contigo”, responde Dios.

Tu identidad está en Cristo.
Tu identidad está en encontrarte con Él y con el propósito para el que te creó.
Tu identidad está en reconocerlo a Él en todos tus caminos… y seguir sus pasos.
Tu identidad está en Él.

¿Qué otra cosa necesitás para encontrarte?
¿En qué buscás reflejarte?
El ser define el hacer. ¿Qué hacés? ¿Quién sos?

¿Te está buscando Dios? ¿Reconocés sus llamados de atención?
¿estás respondiendo?

Tu identidad está en Cristo.
Tu identidad está en Él.

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