El ser es más importante que el hacer, porque el hacer proviene del ser, y el hacer muestra, revela al ser.
Algo así charlamos días atrás, marcando la diferencia entre “ser” como niños (Mateo 19:14) y “hacer” cosas de niño (1 Corintios 13:11), fundamental para, en primer lugar, sumar chances para la eternidad y, en segundo lugar, alcanzar la madurez, comportarnos como Dios espera de nosotros y hacer lo que se nos mandó hacer.
El ser es más importante que el hacer, y así lo demuestra Dios cuando se muestra a Moisés:
“Me manifesté a Abraham, Isaac y Jacob con el nombre de Dios Todopoderoso, pero no me di a conocer a ellos con mi verdadero nombre: EL SEÑOR.”
(Éxodo 6:3)
Los nombres y atributos de Dios están relacionados con la manera en que quiere que lo veas o con lo que Él va a hacer en tu vida o con vos. La lista de nombres es interminable, aunque hay unos ocho o diez más conocidos y usados incluso en canciones.
Cantamos todavía y nos emocionamos con: “Yahweh, Rafa, Elohim, Shaddai, Jireh, Adonai… ¡se manifestará!”.
Esa parte de la repetición del “se manifestará” es muy fuerte, sumada al impacto musical que la acompaña, lo que parece que te da fuerzas y genera un “mantra” de fe.
Y justamente esa expresión, “se manifestará”, es una parte de las diferencias funcionales que Dios hizo entre Abraham, Isaac y Jacob, por un lado, y Moisés, del otro.
El ser es más importante que el hacer, y al trío fundacional Dios les mostró su poder, su grandeza y sus maravillas. Es claro: necesitaba que ellos (Abraham primeramente) creyeran en este nuevo Dios que, de la nada, empezaba a hablarle. Isaac y Jacob ya tenían testimonio, pero como la relación de Abraham con Dios fue tan cerrada, necesitaban una experiencia propia; y en ambos casos, a los dos, Dios les renovó la promesa y el pacto.
Dios se mostró, “se manifestó” ante ellos como el Dios Todopoderoso, el que pacta, el que hace promesas, el que cumple promesas; “el que es más que suficiente”, el proveedor, el protector. El Shaddai.
Pero a Moisés no se manifestó…
Como hizo con Elías. Dios le mostró fuego, viento y terremoto, pero no estaba en esas manifestaciones (1 Reyes 19:11–12), y, sin embargo, en el susurro Elías reconoció a su Hacedor (1 Reyes 19:12).
El ser es más importante que el hacer.
Dios no se manifestó a Moisés; Dios se dio a conocer con su verdadero nombre: EL SEÑOR.
El Señor (Adonai – YHVH) es la misma esencia de Dios. Cuando Moisés todavía cuestiona el llamamiento, Dios le dice: “deciles que ‘YO SOY’ te envió” (Éxodo 3:14), porque la esencia involucra todo.
El “YO SOY” no era solo muestra de poder —¡que también se las dio!— sino que les hablaba de identidad, pertenencia y linaje.
El Dios que hace mostró su poder a los habitantes de Jericó, que llegaron a tener miedo de Él (Josué 2:9–11), pero no lo conocieron ni fueron salvos.
El Dios de poder mostró su grandeza a los filisteos en tiempos de Sansón (Jueces 13–16) y de Gedeón (Jueces 6–7); también le temieron, pero ni fueron salvos ni intimaron con Él.
El Dios Todopoderoso amedrentó a las huestes espirituales. Santiago dice claramente de ellos que “creen, pero tiemblan”; y, por supuesto, eso no les ganó el cielo (Santiago 2:19).
Pero conocer a Dios te pone en otro nivel.
Abraham fue llamado “amigo de Dios” (Isaías 41:8; Santiago 2:23),
pero Moisés hablaba “cara a cara con Dios” (Éxodo 33:11).
Podés cautivarte con las cosas que Dios hace,
o podés tener un encuentro personal con Dios.
Podés maravillarte de ver los milagros de Dios,
o podés conocer Su voz.
Podés hablar a todos de Su poder —¡qué bueno que lo hagas!—
y conformarte con eso…
o descansar en los brazos y bajo la sombra de las alas de Dios.
¿Con qué Dios querés relacionarte?
¿Cuál querés que se te “manifieste”?
¿El que tiene todo el poder?
¿O el Dios que te ama, el Dios que te salva?
El ser es más importante que el hacer.
