Me quedé un buen rato dando vueltas sobre la nada misma, jugando con el teclado sin dar el “puntapié” inicial (¿sería “puntadedo”?).
Todo apuntaba a hablar de plata o riquezas, ya que justamente anoche nos movimos con Mateo 6:24: “…no se puede servir a Dios y a las riquezas”, con todo lo que eso conlleva y las malas interpretaciones de los textos bíblicos.
Y justamente hoy me encuentro con Mateo 19:23 diciendo que “… difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos”.
Es todo un tema en sí mismo que merece un tratamiento profundo, pero no es para hoy.
Lo que sí es para hoy es entender que ser cristiano es estar en un nivel distinto del plano humano y espiritual. ¡¡Faa!! ¡¡Re creído!! No, no, nada que ver. No se trata de soberbia ni arrogancia, y mucho menos de menospreciar a los demás. Se trata simplemente de reconocer lo que Dios hizo y el impacto de esa obra en nuestra esencia natural y espiritual.
Biológicamente somos lo mismo (o casi lo mismo, dejalo ahí), emocionalmente somos lo mismo (pero con un distinto manejo de la situación), espiritualmente, señoras y señores, no somos lo mismo.
Compartimos la esencia de Dios (2 Pedro 1:4)
Somos eternos (Juan 3:16)
Nuestro cuerpo será transformado (1 Corintios 15:51–53; Filipenses 3:21), y por eso dije “casi” lo mismo
Nuestra mente se va renovando (Efesios 4:23)
No somos lo mismo. Entender esto es alcanzar uno de los niveles más altos en la revelación de Dios y la vida cristiana (¿muy retorcido?). Ya lo dice Gálatas 2:20: “Ya no vivo yo, Cristo vive en mí”, y ese “Cristo vive en mí” reafirmando esta idea… ¡no somos lo mismo!
¿A vos te parece que es normal que Dios viva dentro tuyo?
¿Es algo habitual “convivir” con una entidad espiritual? (Bueno, salvo que estés endemoniado… ¿estuviste endemoniado?… ¡¿estás endemoniado?!)
¿Creés que todos tienen, como vos, la posibilidad y experiencia de tener un “tête à tête”, un “ida y vuelta” con el hacedor del universo y el que dio su vida por vos para que vos “pases de muerte a vida”?
¿Creés que es tan normal eso, “pasar de muerte a vida”?
No somos los mismos. Quieras o no, somos distintos.
Haciendo un desvío tangencial dentro de esta reflexión, el mayor problema de la vida cristiana es la falta de entendimiento de esta verdad y la lucha por evitarla. Cuando tu vieja naturaleza pelea por resistir y prevalecer, cuando “el viejo hombre”, el que ya no sos, el que murió, quiere tomar la delantera en el control de tu vida, las costumbres e ideas de esa vieja vida se ponen por delante, invalidando la obra de Cristo y queriendo reinar en su lugar.
Es una triste y escatológica verdad: si el muerto prevalece, el ambiente se inunda de olor a muerto… lindo ¿no?
Saliendo de la tangente, esa diferencia que Dios hace no nos pone por encima (aunque estamos en un plano superior), sino que nos pone a la altura para que se pueda comparar.
Esa distinción es la que vivió Israel en Gosén en tiempos de Moisés, cuando las plagas no los tocaron, mientras que Egipto casi desaparece. El principio espiritual de la tierra de Gosén es lo que muestra la diferencia y que invita a todos a compartirla, vivirla, experimentarla. Somos distintos: Dios nos tomó por pueblo e hizo de nosotros una raza y nación especial.
Justamente, hablando de los de la tierra de Gosén, los hebreos eran distintos a los egipcios. Tenían distinta cultura, distintas creencias, distinto desarrollo social. Pero, más allá de eso, distinta identidad y esencia espiritual.
Así le mandó decir Dios a faraón: “Haré distinción entre mi pueblo y el tuyo.” (Éxodo 8:23)
Dios mismo se encargó de marcar una diferencia. Dios mismo les puso un distintivo que los hacía propios. Les dio no solo identidad, sino también pertenencia. No solo pertenecían al pueblo de Dios, sino que pertenecían a Dios y ¡eran! el pueblo de Dios.
Todos pasaremos las mismas luchas, pero estamos del lado del ganador.
Todos viviremos problemas y aflicciones, pero con nosotros está un buen ayudador.
Todos tendremos que esforzarnos, pero ya tenemos una meta a alcanzar, con unos pasos a seguir y un camino a transitar.
No somos lo mismo, somos distintos. No sos lo mismo… ¡sos distinto!
¿Por qué entonces a veces luchamos por ser iguales?
¿Por qué te amoldás a sus maneras y principios?
¿Por qué rebajás tus propios principios para pertenecer?
Dios marca la diferencia.
No anheles la vida de muerte, sino mezclate para dar vida.
Adaptate… sin amoldarte…
para encajar y transformar.
