Hace muchos, muchos años —tantos que ni siquiera me había convertido al evangelio (siempre me parece mucho decir “conocer al Señor”)— tuve la oportunidad de conocer a un ingeniero en telecomunicaciones.
Era un tipo con todas las luces, uno de esos que parece personaje de película de ficción y que, para completarla, usaba un peinado que lo hacía parecido a Einstein (o a Larry, de Los Tres Chiflados, que sería casi lo mismo).
Este hombre estaba trabajando en investigar nuevas tecnologías para la vieja ENTel (la empresa de telecomunicaciones del Estado que luego se vendió y se convirtió en Telefónica de Argentina —hoy Movistar— y Telecom).
Para que te ubiques, todavía no existían los celulares ni, mucho menos, Internet; apenas un intento muy rudimentario de red bancaria que conectaba a las empresas con los bancos por medio de una computadora y un teléfono. Se llamaba ARPAC y era muy mala y lenta, pero servía para consultar saldos de cuentas bancarias.
En esa conversación que tuve con este “personaje”, me entero que el sistema existente hasta ese momento para las telecomunicaciones, se llamaba “de anillo”. Eran círculos que conectaban puntos, y luego cada círculo tenía una vía de conexión con el siguiente.
¿Contras? Se cortaba una línea y se caía todo el sistema.
La propuesta de esta empresa era instalar un sistema de “redes”, inspirado en las redes de pesca (de ahí sale el actual nombre de “red, redes e Internet” –net es red en inglés-).
La ventaja de este sistema era que todo se conectaría por puntos uniendo líneas en cruz; cada “cuadrado” de cuatro puntos se conectaba con su vecino y así sucesivamente, hasta formar esa famosa “red”.
¿Contras? Tirar todo lo viejo y empezar de cero con algo nuevo.
¿Pros? Si un punto se cortara, el resto de la red seguiría funcionando sin problemas, porque cada punto tiene otros cuatro a su alrededor, circulando datos e información.
¿Aburrido? ¿Complicado? Sí, así se me hizo intentar explicar este lío. Es que descubrí que así mismo obra Dios. No es casualidad que algunos llamen “redes” a los métodos de discipulado, formación y crecimiento espiritual, porque básicamente funcionan de esa manera.
Dios es el que hace todas las cosas. Dios es el que obra, bendice, restaura, sana y hace todo tipo de milagros; pero nunca se mueve solo, sino que actúa “por medio de”.
Dios obra en nosotros, con nosotros y por medio de nosotros, y el concepto de “servir a Dios” tiene que ver con ser un “nodo” de la red que extiende el evangelio y el poder de Dios sobre la tierra. (¡Alerta religiosos y haters!)
Dice Hebreos que Dios hablaba al principio por los profetas y después por el Hijo (Hebreos 1:1-2). Pero también dice que envía a sus ángeles para ministrar (servir) a su pueblo (Hebreos 1:14); y también dice que “la iglesia” somos sus “colaboradores” activos y no solo beneficiarios pasivos para hacer su obra en la tierra (1 Corintios 3:9; Colosenses 1:28; Mateo 5:14-16).
Dios usa agentes e intermediarios para hacer su obra, y se le antojó que ese agente seas vos. Es más: Pablo dice que aun el mundo espiritual va a conocer el poder de Dios “por medio de la iglesia” (Efesios 3:10).
Lo bueno —muy bueno— es que, siendo nodo de esa red y parte de esa transmisión de “datos”, somos bendecidos y bendecimos a otros constantemente, en el ir y venir del poder de Dios que obra en nosotros y por medio de nosotros.
Lo bueno y muy bueno, pero un poco malo, es que si un nodo se cae (o sea: si no hacés tu parte), no afectás al resto, que sigue fluyendo, dando y recibiendo; y solo vos quedás fuera.
Sí, ya sé: es bueno para el sistema y la red, es bueno para el que recibe… no tanto para vos.
Somos una parte vital del sistema de Dios, pero nunca, jamás, imprescindibles. Antes de que vos nacieras, la iglesia ya existía y después de que mueras, si Cristo no viene, va a seguir existiendo.
Lo que Dios no pueda hacer a través tuyo o por medio tuyo, lo va a hacer con, por medio y a través de otro. ¡Chan!
Dios envió las langostas a Egipto, y las otras plagas, para mostrar su poder a Faraón. ¿Cómo lo hizo? Dice Éxodo 10:13 que:
“…el Señor hizo venir un viento del este que sopló sobre el país todo el día y toda la noche. Al día siguiente, el viento del este había traído las langostas”.
El viento trajo a las langostas.
¿Y cómo apareció ese viento?
“Moisés extendió su brazo sobre Egipto…” (10:13), porque “el Señor le dijo a Moisés: —Extiende tu brazo sobre Egipto, para que vengan las langostas…” (10:12).
Moisés trajo el viento, el viento trajo a las langostas.
Pero en casi todos los casos, a veces era Moisés, a veces era Aarón el que activaba el milagro. Así que: Dios hablaba a Moisés, Moisés le daba la orden a Aarón, Aarón levantaba la vara, el milagro se activaba, la plaga se manifestaba… Dios mostró su gloria a Egipto.
Dios usa agentes e intermediarios. Sos ese agente, llamado para servirlo y para estar en esa posición tan alta que es la más baja… o tan baja que es la más alta, no sé.
Jesús lo advirtió: “…el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás.” (Mateo 20:26)
El problema —realmente, el problema— es cuando, en vez de servirlo a Él, queremos servirnos a nosotros mismos; o cuando nos creemos tan sabios como para decirle a Él que no nos puede usar.
¿Sabés lo que le dijo Dios a Moisés cuando este le refutó que no sabía hablar?
“¿Quién decide que una persona hable o no hable, que oiga o no oiga, que vea o no vea? ¿Acaso no soy yo, el Señor?” (Éxodo 4:11)
Somos herramientas, somos nodos, somos la conexión del cielo con la tierra, somos cristianos.
No abandones tu lugar, no menosprecies tu llamado.
No te creas tan importante como si todo dependiera de vos ni tan insignificante como si no pudieras hacer la obra de Dios.
Somos llamados
Somos escogidos
Somos hijos
Somos reyes
Somos sacerdotes
Somos luz (bueno, ponele)
¡Somos iglesia!
