Los períodos de prueba de las aplicaciones de celular o plataformas web para usos específicos son una peligrosa trampa seductora. Te ofrecen normalmente 30 días (las más exigentes apenas 7) para probar sus funciones y beneficios, y al finalizar ese tiempo podés decidir quedarte o abandonarla. Claro, para quedarte tenés que pagar.
Algunas son realmente eficientes y económicas. Otras, la mayoría, son igual de eficientes pero bastante costosas. El problema está en que, una vez “probaste el dulce”, ¡querés seguir usando ese recurso! Pero no estás afiliado, suscripto ni sos miembro del plan.
Me hace acordar a Jeremías: “¡Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir!” (Jeremías 20:7). ¡Pobre Jeremías!, diría algún distraído, al no percatarse del “…y yo me dejé seducir!”, que es lo que ocurre en todos los niveles de la vida, desde las relaciones amorosas hasta las grandes promociones comerciales.
Jeremías se dejó seducir por Dios y ya nunca más, aunque quiso, pudo dejar de seguirlo y servirlo (20:9).
Hay ofertas que a veces chocan de lo graciosamente ridículo. Casi todos los meses recibo una ¡oportunidad increíble! para comprar la licencia del programa que utilizo para creación y edición de imágenes (ya casi no lo uso realmente, ahora hago mucho más en el celular) por el ¡regalo! de apenas $350.000. Sí, vivimos en realidades paralelas y lo que para otras latitudes es “una ganga”, para nuestra empobrecida economía es toda una fortuna.
Pero hay otras que valen la pena, valen la inversión. Esa app de celu que te menciono me cuesta apenas 10 dólares ¡al año!, o sea unos USD 0,85 por mes (menos de $1300 al día de hoy), y la uso constantemente haciendo valer ese gasto que no es gasto, sino, como dije, inversión.
A veces nos aferramos a las cosas, a los bienes. Siguiendo la costumbre bien “argento” de querer todo gratis, desmerecemos o rechazamos cualquier cosa que tenga un mínimo costo. Así perdemos oportunidades de mejora o de recibir beneficios.
¡Si te dieras cuenta de cuánto dinero gastás en cosas que no edifican, no dan fruto ni buen resultado…!
¿Cuándo vas a invertir en vos?
Seguramente no tenés problemas en gastar 4/5 mil pesos en una gaseosa; o $10/15 mil en una hamburguesa (ya sé que me quedo re corto…); o $20 mil en un pack de latas de cerveza… pero ¿$20 mil un libro? ¿Qué se piensa el autor, que se va a hacer rico conmigo?
Algo que puede llevar tu vida al siguiente nivel.
¿Y Dios? La salvación es gratis, obviamente. Ya escucho a “mis amados haters” acusándome de querer venderla. No, gracias. La salvación es gratis, pero requiere y lleva una inversión, una inversión de vida.
Jesús dijo: “si la semilla de trigo no cae en tierra y muere, se queda sola. Pero si muere, produce mucho fruto.” (Juan 12:24); y “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.” (Mateo 16:24); y “todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos recibirá cien veces más ahora en este tiempo; y en la edad venidera, la vida eterna.” (Marcos 10:29-30); y también “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará.” (Mateo 16:25).
Lo bueno requiere, exige, implica una inversión.
“El Señor les dijo a Moisés y Aarón: «Esta es la ley para la Pascua: Ningún extranjero podrá comer del animal sacrificado, pero el esclavo comprado por dinero sí podrá comer de él, si ha sido circuncidado antes».” (Éxodo 12:43-44)
Hay cosas a las que no todos pueden acceder.
Hay cosas a las que hay que pagar un precio para acceder.
Hay cosas a las que hay que tener pertenencia o membresía para acceder.
Hay cosas que exigen que seas parte, para poder acceder.
Hay cosas que no te corresponden, pero podés acceder si te presentás de la manera correcta.
Hay cosas que, no importa que seas rico o pobre, noble o plebeyo, amo o esclavo; hay cosas a las que no les importa tu condición, pero sí importa tu posición, que decidas pertenecer…
¿Qué serías capaz de darle a Dios?
¿Qué inversión estarías dispuesto a hacer?
¿Qué te animás a “dejar” por Él?
¿Qué te impide ser parte?
A veces son los fracasos, a veces las malas experiencias, a veces enfocarte en tus miserias, que te llevan a creer que es demasiado, que Dios pide mucho, que no podés, que es una inversión muy alta.
Pero Dios nunca te va a pedir lo que no esté a tu alcance dar.
Dios nunca te va a pedir más de lo que puedas dar.
La pregunta no es cuánto cuesta seguir a Dios.
La verdadera pregunta es:
¿cuánto te está costando no hacerlo?
