En mi cabeza resuena el caballito de batalla del experto evangélico repitiendo: “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34)
Las versiones modernas lo presentan de otra manera, pero sigue siendo la misma verdad: “Dios no tiene favoritismos” o “trata a todos por igual”. Una verdad transversal en la vida cristiana que impacta a todos y en todas circunstancias: “todos somos iguales ante Dios”.
Sí, es cierto, a veces parece que hubiera diferencias o favoritismos. Sí, es verdad, a veces nos da la sensación de que algunos corren con ventaja; y aunque hay un poco de verdad en ello, otra vez, la realidad es que Dios no hace diferencias.
Como sucede en todos los niveles de la vida, las diferencias vienen por otro lado: no es que me traten distinto, sino que yo me comporto diferente y eso, como consecuencia, hace que reciba distinto trato.
Si “las brujas no existen, pero las hay”, también “no hay diferencias, pero las hay”.
Algunos quieren suavizar el asunto y dicen (decimos): “Dios no hace acepción de personas, pero sí de fe”, lo que también es verdad, pero no termina ahí.
Como sucede en todo lo relativo al reino de los cielos, en su relación con vos, tus metas, tu propósito, las promesas y aun tu ministerio, se requiere de tu intervención.
No somos espectadores de lo que pasa con nuestra vida, sino, en todo, protagonistas.
Dios no hace diferencias, somos todos iguales, nos pone delante de las mismas oportunidades, pero… no todos respondemos de la misma manera, no tenemos el mismo comportamiento ni la misma actitud.
“…muchos son llamados, pero pocos escogidos” (Mateo 22:14), reza también el evangélico para señalar a aquel que se quedó fuera del ministerio, creyendo (ignorante o inocentemente) que el único llamado es a servir a Dios, a ser predicador, pastor, profeta o lo que sea que sueñes alcanzar u ostentes ahora. Pero ese llamamiento no era originalmente al servicio, sino a la salvación.
“…muchos son llamados, pero pocos escogidos”, dijo Jesús. ¿Y a quiénes llama? ¿Y a quiénes escoge?
No podés evitar pensar en una suerte de elitismo.
No podés evitar mirarlo como diferencias o favoritismo.
No podés evitar creer que “algunos son estrella y otros estrellados”, o que algunos pertenecen a la plebe y otros a la nobleza.
¿Hay una sección VIP en el evangelio?
Dios llama a todos a la salvación. Dice que “quiere que todos sean salvos” (1 Timoteo 2:4), que “la gracia de Dios es para todos” (Tito 2:11), que “no quiere que nadie se pierda, sino que todos se arrepientan” (2 Pedro 3:9) y el infaltable e inefable “…de tal manera amó Dios ¡al mundo!” (Juan 3:16); no a unos pocos, sino al mundo.
Pero aunque llama a todos a la salvación, solo escoge a los que responden a ese llamado: “a los que creyeron, a los que lo recibieron” (Juan 1:12).
Otra vez, Dios no hace diferencias.
Otra vez, la diferencia la marcamos nosotros; la hacés vos, la hago yo.
Incluso aun entre quienes respondemos, Dios hace diferencias (¡que no, que las hacemos nosotros!). Y la diferencia sigue estando en nuestro comportamiento y actitud. Como ese que, habiendo sido invitado a la fiesta de casamiento, se presentó con ropa de trabajo, creyendo que era lo mismo, que podía seguir haciendo las cosas que hacía y, al mismo tiempo, disfrutar del banquete. (Mateo 22:12)
¿Sabés cómo llamaría Jesús a esto?
“Que tu sí sea sí, y tu no sea no” (Mateo 5:37); o peor aún…
“Ninguno que, habiendo puesto su mano en el arado, mira hacia atrás es apto para el reino de Dios” (Lucas 9:62).
Dios no hace diferencias. ¿O sí? Bueno… no. ¿O sí?
Dios tiene un “dress code” para la eternidad y algunos requisitos para ser parte.
Dios es amplio para recibir, pero celoso para seleccionar.
¿En qué categoría estás?
¡Seguramente fuiste y sos un llamado!
¿Sos un escogido?
Si lo sos… ¿estás vestido para la ocasión?
Es tiempo de cambiar nuestra manera de pensar.
Es tiempo de dejar que Él renueve nuestra mente.
Es tiempo de dejar de mirar atrás y extrañar los ajos y cebollas de Egipto.
Es tiempo… de madurar.
