Alturas

Lo más bajo de Dios es más alto que lo más alto del hombre. Seguramente no sea ninguna revelación; es más, huele a obviedad. Solo que, a veces, nos olvidamos de esas diferencias.

Vivimos en algo que la teología llama “dispensación de la gracia”. Es un tiempo cronológico real que arrancó en la cruz y va a terminar en el arrebatamiento (¿tendré que tratar estos temas?), durante el cual Dios pone “un paraguas” sobre su ley para relacionarse con el hombre.

También podemos llamar a este tiempo “pacto de la gracia”. Un pacto es propuesto por una parte, firmado por ambas, con derechos y obligaciones para cada uno. Los pactos espirituales siempre los propone Dios, y siempre son a continuación de un pacto roto… por el hombre.

Dios hizo un pacto con Israel por medio de las tablas de los diez mandamientos, que se conoce como “pacto mosaico” (no, no es una baldosa, es por Moisés), que tenía una cantidad de leyes, mandatos y preceptos a cumplir… los que no fueron (ni pudieron ser) cumplidos.

Ahí es donde Dios envía a Jesús a presentar este nuevo pacto, cuyos únicos requisitos eran fe y entrega. Todo lo demás quedaba en suspenso, aunque volverá a estar vigente durante la tribulación.

La gracia trae relajación; la relajación puede traer indiferencia o, por lo menos, falta de reverencia. La falta de reverencia trae un nivel de confianza que… mal encarado… nos lleva a tratar a Dios casi de igual a igual.

Es cierto que Pablo dijo que podemos llamar a Dios “papá” (Romanos 8:15), y que Jesús dijo que “ya no nos llamaría siervos, sino amigos” (Juan 15:15). Pero también es cierto que “Dios sigue siendo Dios” (Deuteronomio 7:9).

Termino de escribir recién otra reflexión acerca de los “aislamientos” a los que Dios nos provoca cuando quiere hablarnos. Necesita sacarnos de nuestro entorno para no ser influenciados ni manejados por sentimientos ni emociones, sino ser guiados por Él y su Palabra. Pero normalmente no alcanza con sacarnos del entorno, sino que nos lleva a otro lugar, a un lugar más alto.

¿Dónde se encontró con Moisés? En el monte.
¿Dónde fue Jesús con sus discípulos a mostrarles su gloria? Al monte.
¿Dónde se apartó con ellos a orar? En el monte.
¿De dónde dice el profeta que saldrá la instrucción del Señor? Del monte Sion (Isaías 2:3).

¿No dice también Isaías que Dios “se encuentra en las alturas con los de corazón quebrantado” (Isaías 57:15)? Esas alturas, a las que Dios nos invita, siguen siendo lo más bajo de Dios.

El Salmo 24 pregunta: “¿Quién subirá al monte de Dios?” (Salmos 24:3), y cuando leés las opciones, te das cuenta de que no encajás ni a palos. ¡Gracias que Jesús nos hace justos! Si no, jamás podríamos subir a su presencia.

Cuando Dios quiso hablar con Moisés, dice Éxodo que “el Señor bajó a la parte más alta del monte Sinaí, y le pidió a Moisés que subiera a ese mismo lugar” (Éxodo 19:20).

“El Señor bajó a lo más alto”. No sé si es un oxímoron o una hipérbole, pero lo que sí sé es que, para llegar al punto más alto posible de la tierra, Dios tuvo que descender.

Como Jesús…

Lo más bajo de Dios es más alto que lo más alto del hombre. Y aun así tuvo que habilitar a Moisés y hacerlo subir.
Como hizo Jesús…

No tenés mérito para acercarte a Dios, pero Jesús lo hizo posible.
No tenés manera de llegar a su presencia si Él no desciende. Y Él lo hizo.
Y, por mucho que te acerques… Dios sigue siendo Dios.

¿Cuánto te esforzás por subir?
¿A qué altura sos capaz de llegar?
¿Te afecta la altura?

La gracia no nos iguala a Dios, nos habilita a acercarnos.
No nos baja el monte, nos llama a subir.
Y subir siempre implica dejar peso, dejar orgullo, dejar control.

No es una cuestión de mérito, es una cuestión de respuesta.
Dios desciende.
Jesús abre el camino.
Pero la subida… sigue siendo nuestra decisión.

Porque lo más bajo de Dios sigue siendo infinitamente más alto que lo mejor del hombre.
Y aun así, Él nos llama a subir.

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