Ya es casi de público conocimiento mi rechazo a la espera. Sí, lo confieso, soy un impaciente sin remedio (mentira) que no tolera esperar. (Eso no es mentira).
Sé que en algunas ocasiones tendría que relajarme y esperar. Es más, lo hago. Conté que hace unos días tuve que amoldarme a un hombre que ¡literalmente! se tomó su tiempo para atenderme en su negocio. Está bien, lo entiendo: es su negocio y yo el interesado. Si hubiera tenido otra opción, me iba, pero no la había. Una vez más, gana la ley del mercado.
Pero hay otras… ¡pará! No soy yo, sos vos… (¿o era al revés?). No podés dejarme esperando media hora para recién venir a tomarme un pedido… ¡paráá! Obviamente, hice lo que corresponde: me levanté y me fui.
¿Viste esos que no te contestan en los grupos de trabajo y te clavan el visto? ¿Qué se hace con esa gente? Bueno, así.
Y así mismo actuamos con Dios. Seguimos el envión que nos da la vida diaria y las corridas habituales, y pretendemos actuar de la misma manera con Él. Antes se decía “síndrome de microondas”, donde todo lo querés servido en el momento. Pero aún el microondas requiere, a veces, de un tiempo prolongado de cocción. Un huevo duro te lo hace en 45 segundos (a mitad de potencia, ojo), pero hervir una calabaza lleva no menos de 20 minutos.
O irte de vacaciones… ¿qué le pasa a esa gente que sale a la ruta a las 4 a.m.? ¡¿Tan desesperado de playa estás?! No pueden esperar para salir y después se tienen que “comer” ocho horas en una ruta colapsada.
Hablando de ocho horas… es lo que demora un viaje a Córdoba. ¿Para qué te vas a apurar?
Creo que las vacaciones comienzan al salir de tu casa, así que si no le bajás un cambio a la ansiedad no vas a disfrutar nada y, por el contrario, vas a ir y volver quejándote de todo. (¡Holaaa!).
A veces me pinta el modo zen y suscribo a la idea de que la felicidad no es una meta, o que “alcanzar” la felicidad no existe, sino que es la suma de pequeños (o grandes) momentos felices a lo largo de tu día a día.
Así también el viaje de las vacaciones o la salida a cenar: una suma de buenos momentos, disfrutando el paisaje y la compañía…
Ah, lo dejé a Dios renglones arriba… ¿por qué actuamos de la misma manera con Dios? Mi primera experiencia con la paciencia no fue muy positiva. Tenía muy poco de convertido y ya le había tomado el gusto a la lectura y al estudio de la Biblia. Tenía la necesidad de aprender (en realidad, tenía la necesidad de confirmar que estaba en el camino correcto) y quise comprar una Biblia de Estudio.
Era el año 1992 (sí, el siglo pasado) y lo más grande en Biblia de Estudio era una Scofield o una Thompson. Entre ambas elegí la segunda, pero las dos eran muy caras para comprar. Tal vez perdés noción de los tiempos; para que te ubiques bien: ¡no existía internet! ¿Te imaginás vivir hoy sin internet? Bueno, yo crecí así. (¡Y soporté, eh…!).
Tampoco había, casi, computadoras. Las había, pero no era nada fácil tener una. ¡Ah! ¿Celular? Tampoco existían…
Años después apareció la famosa enciclopedia e-Sword, una variante cristiana de la popular Encarta, que tenía muchísimos recursos. Pero todavía tenían que pasar casi diez años. Así que, sí o sí, al papel.
Como era muy costoso comprarla, le pedí al Señor que me la diera. Sí, le pedí que alguien me regalara la Biblia Thompson (lo pienso hoy y me da vergüenza ajena). Esperé una semana y… la compré en cuotas en la librería de la iglesia.
No, la paciencia nunca fue lo mío.
Cuando hablamos de la manera en que Dios obra y las cosas que hace, nos agarramos bien fuerte de Santiago 1:17, que dice que “Dios no cambia”, y de Hebreos 13:8, que dice que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos”. Nos conviene que sea así y que se comporte con nosotros de la misma manera que lo hizo en la historia bíblica.
Pero cuando se trata de los tiempos… querríamos que Dios fuera más rápido.
¡Che, Dios, amoldate a los tiempos que corren!
Pero, otra vez: Dios no cambia.
¿Te acordás de Abraham? Tuvo que esperar 25 años el cumplimiento de la promesa de Dios.
¿E Israel en Egipto? Un poquito más… esperaron 430 años la liberación.
No digo que esperemos lo mismo, pero… Dios no cambia.
Moisés fue llamado por Dios al monte. Tenían que conversar, tener un tiempo de intimidad. Moisés tenía que ser “reformado” después de pasar de esclavo a príncipe, de príncipe a desterrado, de desterrado a libertador, y ahora iba a ser líder, juez y gobernador. Era necesario pasar tiempo con Dios para recibir la instrucción.
Entonces Dios le dice:
“Sube al monte, donde yo estoy, y espérame allí, pues voy a darte unas tablas de piedra en las que he escrito la ley y los mandamientos para instruir a los israelitas” (Éxodo 24:12).
Dios no cambia. Él sigue haciendo las cosas a su manera. Imaginate que cuando luego le manda construir el tabernáculo y sus elementos le dice: “…pon tu atención en hacerlos iguales a los modelos que se te mostraron en el monte” (Éxodo 25:40).
Dios tiene una manera, y debe ser respetada.
Y su manera incluye sus tiempos. No es según los nuestros, ni mucho menos según nuestra ansiedad. Dice Pedro que “para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día” (2 Pedro 3:8), así que sus tiempos —como sus formas, sus pensamientos y sus caminos— son muy distintos de los nuestros.
“Subí al monte, donde yo estoy, y esperame ahí…”.
Salí de tu situación, de tu comodidad, subí a donde yo estoy… y esperame.
Y Moisés subió y esperó. ¿Viste cuando te dicen “esperá sentado”? Bueno… así.
Pasó un día. Moisés esperaba.
Pasó otro día. Moisés esperaba.
Pasó el tercero. Moisés seguía esperando.
¿Qué hacés si en tres días no pasa nada? Me imagino que Moisés ya estaría aburrido. Daría vueltas contando piedritas en el suelo y cuántos escarabajos pasaban por hora. Encima… ¡ya se quedó sin batería en el celular!
Pasó otro día, ya eran cuatro.
Otro más, cinco.
¡Y uno más!
Ya pasaron seis días y todo seguía igual. O peor.
Pasó otro día…
“Al séptimo día el Señor llamó a Moisés desde la nube” (Éxodo 24:16).
¡Qué manía que tiene Dios con el siete! (Dios hace las cosas a su manera).
¿Entendés que lo hizo esperar una semana después de haberlo convocado?
¿Acaso Dios no sabía que Moisés estaba ocupado y tenía “cosas importantes” que hacer?
¿Cómo lo deja plantado una semana?
Más allá de entender que hay procesos que debemos pasar, que Dios tiene que probarnos y moldearnos, que se va a tomar el tiempo que sea necesario (¡que Moisés agradezca que no fueron 25 años!) y que “nuestros tiempos están en sus manos” (Salmos 31:15); más allá de todo eso, te dije: Dios se mueve a su manera y en sus tiempos.
¿Y por casa? ¿Cómo va tu paciencia?
¿Cuántos escarabajos vas contando?
¿Te quedaste sin batería?
Cuando Santiago dice que “la paciencia tenga su obra completa” (Santiago 1:4), es porque, con el diario del lunes, él ya sabía que lo mejor era esperar y aprender a esperar.
No apresures los tiempos de Dios ni abandones antes de llegar a la meta.
No te ciegues con los resultados: aprendé a valorar el proceso.
No reniegues de las pruebas ni le tengas miedo a la espera…
Si “el que ha de venir, vendrá y no tardará” (Hebreos 10:37), el que dijo que lo iba a hacer, lo hará.
