Cuando me dijeron hace unos días: “¡estás picante, eh!”, yo respondí que es Dios el que está picante conmigo.
Este año la cosa vino así… fuerte, confrontativa. Es un año de decisiones drásticas, decisiones determinadas y determinantes que provoquen un cambio y crecimiento como consecuencia.
Pensaba hoy temprano que el inicio de la declaración 2026 dice “año del crecimiento potencial”, y “potencial” significa “con capacidad de…”.
Me hizo acordar a esa frase de Myles Munroe sobre el propósito: “el cementerio es un depósito de potenciales que nunca vieron la luz”.
¡Ay!
Crecimiento potencial es que tenemos la capacidad para crecer, los medios para crecer, la oportunidad de crecer… pero podemos enterrar todo eso y seguir como estamos.
Ahora me lleva a pensar en Mateo 25. Pobre muchacho, siempre lo pongo de ejemplo. De mal ejemplo. O de un buen ejemplo de una mala actitud y una oportunidad desperdiciada:
“El jefe le contestó: Tú eres un empleado malo y perezoso… deberías haber llevado mi dinero al banco, y yo, al volver, habría recibido mi dinero más los intereses.” (Mateo 25:26-27)
Y remata con esa frase tan fuerte:
“Quítenle las mil monedas y dénselas al que tiene diez mil.” (Mateo 25:28)
¿Cómo evitamos escuchar esas palabras?
Con disciplina, con renuevo, con confrontación, con un cambio de posición… con madurez…
Cuando Dios le da a Moisés las instrucciones para instituir el servicio sacerdotal, le da detalles bien específicos: la ropa, la consagración, el incienso, el ritual y el proceso de iniciación. (Para Dios, los detalles son importantes).
“Tanto a Aarón como a ellos les ajustarás el cinturón y les acomodarás el turbante. De esta manera les darás plena autoridad, y su sacerdocio será una ley permanente.” (Éxodo 29:9)
Al mejor estilo valet victoriano, había que “ajustar” el cinturón y el turbante. En caso de no hacerlo, parece que eso afectaba la autoridad del sacerdote para ministrar.
Parece que, como te dije ayer sobre la investidura, hay que cuidar la manera en que nos mostramos, y para eso necesitás a alguien que te ayude, que vea lo que no ves, que tenga una vara alta, que respete los códigos de conducta e investidura.
Es un tiempo de ajustes. De revisar que el cinturón esté derecho y bien puesto. Que el turbante esté centrado, derecho, alineado, prolijo.
Que tus “pensamientos” estén cubiertos con tu investidura. Que tu llamado y ministerio te den el marco para no correrte de ahí. Que tu mente esté alineada a la Palabra de Dios y al propósito de Dios con vos. Que los vientos no desordenen tu cabeza.
Que el cinturón se mantenga firme, que la verdad sea tu columna, que tus movimientos estén resguardados por la misma Palabra de Dios y que permanezcas como la palmera: firme, hacia arriba, y sin romperte por las tormentas de cada día.
¡Ay, Moisés! El dolor de cabeza que te habrán dado Aarón, Nadab y Abihú, y Eleazar e Itamar… (los hijos de Aarón).
¿Cómo está tu uniforme?
¿Qué tal el cinto? ¿Y la túnica? ¿Y el turbante? ¿Y los calzoncillos de lino?
¿Te ajustaron hoy la ropa?
