Palabras y dialectos

Pedro, el apóstol, no era ni parecido a Pablo. Mirando en retrospectiva, es fácil entender las diferencias que tenían entre sí.
No hubo rivalidad, pero por alguna razón tomaron caminos separados y distanciados, al mejor estilo Jacob y Esaú.

Pablo (Saulo) era un tipo instruido. Fue discípulo del gran Gamaliel (Hechos 22:3), que es como decir que estudió en la mejor universidad.
Era constructor de tiendas (carpas), pero su profesión era resguardar la ley de Moisés. Necesitaba su trabajo porque era su medio de subsistencia, pero su llamado era ser siervo de Dios.

Pedro (Simón) era pescador. Se encargaba, junto a su hermano, de una pequeña empresa familiar. Criado para eso, no tenía estudios más que el saber tirar redes y lavarlas, y conocer los secretos del mar. Dice Hechos que era “sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13) y, por lo tanto, su conversación, su léxico, sus formas y palabras no serían las de un académico sino… las de un pescador.

No es discriminar decir que a la gente se la puede identificar (no encasillar) por su manera de hablar.
Las palabras que usa, el tono en que habla, incluso su acento o entonación, te dan un mayor marco de referencia.

Dejando de lado el fuerte “acento” local que tienen cordobeses, tucumanos, riojanos y correntinos, podés saber si es profesional, si se crió en la calle, si tuvo “malas juntas”, qué tipo de música escucha o qué lugares frecuenta.

Tu forma de hablar no te define, pero te identifica.

Jesús estaba siendo enjuiciado (decir “juzgado” no representa lo que fue ese “juicio”). Algunos esperaban tener noticias sobre lo que pasaba puertas adentro, mientras otros se escondían con temor.

¿Es cuestionable? No sabés cómo vas a actuar hasta que te encuentres en la situación.

Era tarde, noche fría. La gente se agrupaba en fogones y comentaba lo que pasaba.
En uno de esos grupos estaba Pedro…

Una mujer lo reconoció. Otros…
“…se acercaron a Pedro y le dijeron: —Seguro que tú también eres uno de ellos. Hasta en tu manera de hablar se te nota.” (Mateo 26:73)

Pedro se quiso despegar de la situación; no le convenía que lo reconocieran, cambió su postura, maldijo (insultó)… y el gallo cantó (Mateo 26:74–75).
Todo porque su manera de hablar lo “deschavó”.

No puedo esquivar la pregunta obvia. Ahora estoy de vacaciones, estoy en Córdoba. Nadie duda de que no soy de acá; muchos se darán cuenta de que soy de Buenos Aires, y lo mismo a la inversa… Enseguida te daaas cuenta si haaablás con un cordooobés.

¿Qué dice tu forma de hablar?
¿Qué pueden saber de vos los que te escuchan hablar?
¿Necesitás forzar tus palabras para pasar por otra cosa?

¿Se ve y se escucha al cristiano en vos?
¿Se ve y se escucha al ministro en vos?

Ayer hablamos de las reacciones. Pero además de eso… tus palabras, tu forma de hablar, tu tono y comportamiento, ¿te identifican como cristiano, como hijo de Dios?

No vivimos de apariencias… pero la imagen habla…

¿Qué imagen da tu forma de hablar… de vos?

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