Monedas

Solo los accesorios metálicos (específicamente plata) que se necesitaron para la construcción del santuario que Moisés levantó en el desierto para ofrecer culto a Dios costaron, a valores de hoy, unos USD 7.750.000 (siete millones setecientos cincuenta mil dólares).

Para alguna gran corporación de esas a las que estamos acostumbrados en estos tiempos, es apenas una inversión. Se dice que el nuevo templo de una famosa iglesia argentina del interior del país, una de las más grandes actualmente (o la más grande…), tuvo un costo de entre 50 y 100 millones de dólares. Esos siete y pico no hubieran hecho gran diferencia.

Pero para un grupo de ex esclavos devenidos en pueblo libre, sin bienes, sin lujos, sin riquezas, era más que una fortuna. Me atrevo a decir que era algo inalcanzable.

Pienso en nuestro caso, que hace mucho tiempo estamos ahorrando y buscando un lugar para mudarnos, pero ninguno baja de los 200/250 mil, una cifra que es casi una utopía (pero que para Dios es apenas una moneda… ¡ojo!).
¿Cómo hicieron un grupo de esclavos para juntar semejante cantidad? Teniendo en cuenta, repito, que solo hablamos de algunos herrajes, ganchos, etc.

Estos días hablamos de la disposición y de los dones, también del servicio y la plenitud. Cosas que hacen un todo a la hora de servir a Dios y ser parte de un pueblo, una comunidad, una visión… una iglesia.

Me gusta la referencia que hace Pedro de la iglesia, diciendo que somos “…como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual” (1 Pedro 2:5). Una casa no se hace con una piedra, ni tampoco con dos. Se necesitaban algunos cientos de ellas, así como hoy necesitamos varios miles para poder construir.

Sí, es cierto que “donde dos o tres se reúnan” en el nombre del Señor él está presente (Mateo 18:20). Pero eso no es una casa espiritual, es solo un pacto de oración.

Hablando ayer de los dones te decía que “Dios repartió a todos” (1 Corintios 12:7), que todos tenemos algo que recibimos de Dios y algo para darle a Dios. El problema no radica en tener o no tener, sino en qué hacemos con lo que tenemos (y aparece otra vez el tercero de Mateo 25).

Algunos tienen muchos dones, otros muchos menos. Pero todos tienen al menos uno. ¿Le sobra al que tiene mucho? ¿Le falta al que tiene uno? No, sino que fueron repartidos según la capacidad de cada uno para servir a Dios, a su pueblo y a su casa; sí, porque los dones no son para usarlos a tu antojo y mucho menos para la propia gloria, sino para el servicio de la casa y del pueblo de Dios (Efesios 4:12; 1 Corintios 14:12).

Me llamó mucho la atención un texto de la lectura de Proverbios de hoy que dice que “El necio está satisfecho de su conducta; el hombre bueno lo está de sus acciones.” (Proverbios 14:14 DHH), de donde extraigo esta enseñanza: “lo que soy determina lo que hago; lo que hago muestra qué o quién soy; por eso no alcanza con ser, es necesario hacer, y que ese hacer deje un resultado”.

No alcanza con tener una determinada actitud ni siquiera “ser buena persona”; hay que hacer las cosas que hacen las buenas personas para demostrar que lo soy. El necio está satisfecho con ser; el hombre de Dios… con hacer.

Los dones son para el servicio a Dios, a su pueblo y a su casa.

Tal vez parece poco lo que tengo. Pero eso poco que tengo puede hacer una gran diferencia. A veces un “pequeño fusible” de 1 cm de ancho y largo puede hacer que el motor funcione o no. Antiguamente, “un filamento” de los viejos “tapones” podía hacer que hubiera luz en la casa o no.

No es cuánto tengas sino qué hacés con lo que tenés (¡y no hablo de plata!… no solamente).
No es cuánto sepas, sino qué hacés con lo que sabés.
No es tampoco cuánto hables, sino qué tenés para decir.

Tu pequeño talento, como el fusible, como el filamento, puede ser la clave para el funcionamiento de una gran maquinaria espiritual.

¡Ah! No te dije… la clave para juntar los casi ocho millones de dólares fue que… “Todos los empadronados mayores de veinte años fueron seiscientas tres mil quinientas cincuenta personas, y cada uno de ellos dio cinco gramos y medio de plata…” (Éxodo 38:26). Eran muchos, no demasiados: los suficientes para hacer la obra.

Eran muchos, más de seiscientos mil… y por eso cada uno puso “apenas” 5,5 gramos de plata. ¿Sabés cuánto es eso hoy? Menos de $20.000 (veinte mil pesos). ¿Sabés cuánto me quisieron cobrar una mermelada regional en Córdoba? $18.000 (¡por supuesto que no la compré!).

Menos de 20 mil… ¿Cuántas veces gastás eso y mucho más en cosas que, en realidad, son pasajeras? ¿Cuánto pagás por una hamburguesa en alguna cadena conocida? (Mejor comprá en Friend’s Burger).

No te limites creyendo que tenés poco.
No creas que lo tuyo no sirve.
No pienses que no tenés dones para dar a Dios.

La clave es la unidad.
La clave es la disposición.
Lo poco de muchos es mucho y tu valor no depende de lo que tengas sino de qué hacés y cuán dispuesto estás a hacer… con lo que tengas.

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