Desiertos

Entre los mitos evangélicos está el del bautismo y desierto.
¿En serio no sabías que el evangelio tiene sus fábulas y mitos? ¡Ja! Hay unos cuantos y muchos giran en torno al bautismo.

Digo esto y aprovecho para dar un manto de tranquilidad sobre los que se van a bautizar en tan solo una semana: el bautismo es un paso de obediencia y fe que no trae ningún problema, sino mucha bendición.

¿Mitos? Que cuando sos sumergido quedan en el agua tus demonios y, si el que sigue no está en orden, se los carga sobre él. Nada que ver.

Que bautizarte te expone al ataque del diablo y entonces sos zarandeado para retroceder. Nada que ver.

¡Pero si eso le pasó a Jesús! Y justamente de eso quiero que charlemos…

Marcos cuenta que: “Después de esto [de ser bautizado], el Espíritu llevó a Jesús al desierto.” (Marcos 1:12)

1. No es el bautismo el que te mete al desierto, sino Dios.

El bautismo es un sello espiritual y una proclamación pública. Me gusta compararlo con la alianza matrimonial: muestra al mundo que tomaste la decisión de formalizar una pareja, en este caso con Dios.

Como en el matrimonio, al bautizarte les decís a los testigos (¡qué bueno que haya testigos!) que ya no estás disponible, que tenés una nueva vida, que lo viejo quedó atrás y que el sinvergüenza rebelde que conocían se murió.

Sí, el bautismo es una proclamación.

Entonces Dios empieza con vos un entrenamiento relacionado con el propósito para el que él te creó.

Si vas a trabajar a una fábrica de producción en serie, te hacen una capacitación para ocupar tu lugar en la línea y manejar la sección de maquinaria que te corresponde.

Si vas a trabajar en un punto de ventas o atención al cliente (normalmente un call center), te van a dar una capacitación para que aprendas a hablar en forma directiva, para dar respuestas apropiadas, para “llevar” a la gente a donde vos querés.

Si vas a trabajar de ¡mecánico de boxes!, no alcanza con tus conocimientos de mecánica: te van a entrenar para resolver problemas en equipo y a alta velocidad. No me imagino los boxes de Colapinto diciéndole: “A ver… poné en marcha… acelerá un poquito… pisá el embrague…”

Así, Dios te prepara, te entrena, te capacita para la tarea que tiene para vos.

La de Jesús no era nada sencilla. No hace falta que te diga las cosas que tendría que enfrentar y las personas con quienes se iba a relacionar… y tolerar. Si hablamos de haters, Jesús también en eso fue un pionero.

El verso siguiente dice que estuvo “40 días viviendo entre las fieras” (Marcos 1:13), y necesitaba ambientarse a eso. ¡Si eso no fue un entrenamiento…!

Dios te va a llevar al lugar que te prepare para tu asignación espiritual.

2. El desierto no es sinónimo de pecado.

Si así fuera, tendríamos que aceptar que Jesús tenía pecado o estaba en pecado, y vos y yo sabemos que eso no fue así.

Jesús fue llevado al desierto para su entrenamiento… y para sacar lo mejor de él.

Jesús no tenía pecado; se preparó para vencer al pecado.

3. El desierto no es un castigo: el desierto te fortalece.

Alguien dijo alguna vez que “no sabés de qué sos capaz hasta que no tenés que enfrentarte a eso”. Al mejor estilo David Banner, las circunstancias sacan al Hulk de vos y te enseñan facetas de tu vida y un potencial desconocidos hasta ese momento.

4. El desierto desarrolla tu dependencia de Dios.

¿Qué situaciones viviste o estás viviendo de las que solo la fe te pueda sacar?
¿Qué situaciones viviste o estás viviendo en las que la única salida es, como Josafat, mirar al cielo y esperar ayuda? (2 Crónicas 20)

Así como Pedro se hundió al caminar sobre el agua (Mateo 14:30); así como Elías se angustió cuando vio el peligro (1 Reyes 19:3–4), así los desiertos nos enseñan a no sacar la mirada del Señor o a poner nuestros ojos en él (Hebreos 12:2).

No le temas a los desiertos.
No te asustes por las pruebas.
No creas cualquier mito.

Da pasos de fe que te acerquen al propósito que Dios tiene con vos y a la función para la que te creó.

¿Ya saliste del desierto?
¿No entraste todavía?
No todos los desiertos son a causa del pecado…

Dios te está entrenando para que seas lo que él pensó para vos.

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