¿Cómo te presentás delante de Dios?
Obviamente no me refiero a la posición física. Creo que ya quedó en el pasado esa idea de que había que estar de rodillas o con las manos entrelazadas…
Para hablar con Dios podés hacerlo acostado, sentado, arrodillado, en cuclillas, de pie; con los ojos cerrados o abiertos; con las manos levantadas, a los costados o hacia abajo… ¡o como se te ocurra!
Me refiero a la “postura del corazón”.
Viene a mi mente una vieja anécdota sobre la relación padres/hijos adolescentes. Este hijo era bastante rebeldón (como todo adolescente) y tenía enfrentamientos constantes con sus padres. Un día, en medio de una conversación/discusión, el hijo se pone de pie confrontando a su padre. La respuesta inmediata fue: “¡Sentate!”, y después de dos o tres intentos, el muchacho se sienta… pero dice: “me siento, pero por dentro estoy parado”.
Es algo casi grotesco. Esa respuesta por sí sola era candidata a un tremendo sopapo, pero más allá de las consecuencias de esta anécdota… ¿no hacemos lo mismo con Dios?
No digo que enfrentamos a Dios (o tal vez sí), sino que vuelvo a la pregunta: ¿cómo nos presentamos delante de él?
A veces vamos a Dios en forma mecánica, como los que recitan un mantra de memoria. ¿Hacías la “oración a la bandera” en la escuela? Si la hacías, ¿entendías lo que decías? ¿O era una simple repetición?
¿Y el Himno Nacional? ¿Entendías lo que cantabas? ¿Eras consciente del peso de esas palabras? (¿lo sos hoy?) ¿Entendías el significado de “oíd el ruido de rotas cadenas” o del “… y los libres del mundo responden al gran pueblo argentino ¡salud!”?
Cuando hablás con Dios, ¿sos consciente de que hablás con Dios? ¿O simplemente repetís palabras al mejor estilo del “abracadabra” o “sana, sana, colita de rana…”?
Cuando te presentás delante de Dios, ¿con qué postura lo hacés?
Ya son muchas, demasiadas preguntas, pero todas me llevan a la reflexión. Creo que no hay mejor manera que autopreguntarme diferentes cosas para realmente ser confrontado con mi realidad, con la palabra de Dios y con Dios.
A veces solo oramos sin “discernir” su soberanía y hablamos como si fuera algún fulano conocido.
A veces oramos como haciendo un trámite y esperando el sellado de la ventanilla.
A veces oramos para ser escuchados, no por Dios, sino por quienes nos rodean y digan… ¡Cómo ora!
Aunque no se trate de la postura física, la Biblia sí habla de una manera de presentarnos ante el Señor:
El Salmo 15 da una lista de características: “el que anda en integridad, hace justicia, habla verdad” (v. 2); “el que no calumnia, no hace mal al prójimo ni admite reproches contra su vecino” (v. 3); “el que menosprecia al vil pero honra al que teme a Dios” (v. 4); “el que no cambia sus palabras cuando las condiciones cambian” (v. 4); “el que no presta dinero a intereses, el que no se deja coimear” (v. 5).
Juan dice que debemos “adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4:24), con integridad, no con dos caras ni doble ánimo; en adoración, no solo palabrería; desde lo profundo del ser y no solamente de palabras…
Y Salmos 51:17 dice que debemos tener un “corazón contrito y humillado”. ¿Sabías qué significa “contrito” al leerlo? Que debemos reconocer nuestra condición y también nuestra posición, darnos cuenta de quiénes somos y quién es él, y con arrepentimiento en el corazón.
Me gusta este salmo en la versión “popular”, la DHH, porque dice: “un corazón hecho pedazos” (no, no, el corazón con agujeritos no).
¿Cómo te presentás delante de Dios? ¿Muy entero en tu postura? ¿Muy firme en tus pensamientos? ¿Muy dueño de vos mismo? ¿Acaso “firme como una estatua”, inquebrantable, inamovible? ¿O “hecho pedazos”?
Levítico describe el sistema legal y de sacrificios del pueblo de Dios. Parece un decreto de regulación de una ley. Sí, aburrido, denso, pesado, difícil de leer. Sí, de esos libros que pasás tus ojos por las letras pero no quedan grabadas en tu mente. Pero tiene riquezas como esta:
“…luego se cortará el animal en pedazos, y el sacerdote pondrá los pedazos cortados sobre la leña que arde en el altar, junto con la cabeza y la grasa de los intestinos.” (Levítico 1:12)
No podés presentarte con arrogancia delante de Dios. No podés creerte tan entero y no necesitar de él. Se necesita un corazón quebrantado, roto, “en pedazos”.
Dios obra en tu ser, pero también en cada área de tu vida.
Él trata con tu alma, con tu mente, con tu cuerpo, con tu espíritu. Él recibe tu adoración cuando viene de alguien “necesitado” de él.
¿Cómo te presentás delante de Dios?
Sí, es verdad, podés “acercarte confiadamente” (Hebreos 4:16), pero para ser aceptado y que ese encuentro dé fruto, hacelo con un corazón contrito… “hecho pedazos”.
