Estructuras

Las estructuras son necesarias. En todos los aspectos de la vida hace falta tener una estructura. En la naturaleza, en la biología, en la mecánica, en la geografía… en todo se necesita una estructura.

A veces son esas mega obras impresionantes que nos sorprenden en documentales europeos o norteamericanos. Monstruos de hierro que se levantan para dar funcionamiento a maquinarias, represas, etc.; asombrosas obras de ingeniería.

A veces son tan simples como el armazón de 3 o 4 palitos que ponemos para sostener al árbol recién plantado.

A veces son estructuras abstractas, como las legales, que dan un marco de contención y comportamiento.
Cuando Rousseau estableció en papel los principios del Estado de derecho allá por el siglo XVIII, su intención era esa: sentar principios de convivencia y una regulación de las actividades civiles, religiosas y gubernamentales. ¿Se habría imaginado que ese “librito” iba a generar semejante revolución? Tal vez lo hizo a propósito…

Pero cuando esa regulación se convierte en autoritarismo dictatorial, ya no es para la convivencia, sino para el enriquecimiento del poder de turno.

Las estructuras necesitan ser modulares y adaptables. Si ese mismo armazón que le pusiste al árbol lo hiciste para una planta de tomates o frutillas (necesitan una estructura que las sostenga para no arrastrar por el suelo), se pueden convertir al mismo tiempo en una cárcel, impidiendo su crecimiento.

Ahí aparecen las famosas “coberturas”. No voy a hablar de eso hoy, tal vez en otro momento, si es que a alguien le interesa, si es que Dios me mueve en esa dirección. Hoy vamos por otro lado, pero es muy cercano: las “coberturas” se convierten en un techo limitante cuando están fuera del plan de Dios.

Las estructuras tienen que ser modulares y adaptables (¿ya lo dije?); deben permitirse correcciones y modificaciones para mejorar su propósito.

De todas las que te mencioné, las únicas no adaptables son las de, por ejemplo, un edificio. Debe ser así; está bien que así sea porque la construcción debe permanecer por largo tiempo tal como fue hecha.
Por eso siguen de pie a través de los siglos monumentos como las pirámides de Egipto o el Coliseo romano.
Las estructuras rígidas sirven para una función, sin modificaciones.

Pero las demás necesitan ser maleables, movibles, adaptables. (Sí, ya lo dije.)

La mente tiene una estructura: una red innumerable de circuitos conectados entre sí que dan vida a los pensamientos, la razón, la lógica, la inteligencia. Una estructura que sostiene al “ser”, pero que se adapta constantemente.
Atarnos a una vieja estructura de pensamientos nos condena al estancamiento. No aceptar un pensamiento nuevo o distinto limita nuestro llamado, propósito y función.

La iglesia tiene una estructura. Jesús mismo diseñó una estructura para la iglesia. No fue casual lo de los doce apóstoles. Pero esa estructura debe remodelarse para seguir ejerciendo su función y propósito.
Jesús mismo fue un transgresor al sistema religioso reinante y pionero en estructuras adaptables al enfrentar a los que exaltaban la rigidez del judaísmo. Y fue condenado por eso.

Él mismo dijo: “El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.” (Marcos 2:27), mostrando que un ritual no es más importante que la obra de Dios y que un hijo de Dios está por encima de una tradición impuesta.
Los religiosos mostraron la hilacha cuando buscaron condenarlo solo porque “estaba sanando a un enfermo un día sábado” (Marcos 3:2). Pusieron sus tradiciones y estructuras por encima de Dios, la voluntad de Dios e incluso la palabra de Dios.

La mentalidad religiosa no busca dar la gloria a Dios sino solo exaltar el sistema. No ama a los perdidos, sino que los usa como ejemplo y advertencia de lo que puede pasar. Disfruta condenando al que piensa distinto (hablo de religión, no de política —aunque son lo mismo—) y no acepta moverse de su trono de poder.

Cuando nos atamos a nuestras ideas, formas, tradiciones, costumbres y rituales, hacemos lo mismo que los fariseos, saduceos, escribas y maestros de la ley de la época de Jesús. ¡Qué loco! Eran “maestros de la ley”, pero vivían en contra de ella.

No sé si te lo había dicho, pero tenemos que cambiar la manera de pensar respecto de Dios, el evangelio, la iglesia, lo que Dios pide y espera de mí y mi posición delante de Dios.
Si insistimos en ver y entender a Dios a nuestra manera, si lo metemos dentro de nuestra estructura, si no nos atrevemos a cambiar para recibir lo que él quiere hacer… hay un solo resultado:

“Nadie arregla un vestido viejo con un remiendo de tela nueva, porque el remiendo nuevo encoge y rompe el vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor.” (Marcos 2:21)
“Ni tampoco se echa vino nuevo en cueros viejos, porque el vino nuevo hace que se revienten los cueros, y se pierden tanto el vino como los cueros. Por eso hay que echar el vino nuevo en cueros nuevos.” (Marcos 2:22)

Tanto el vestido como el recipiente se rompen y pierden si no son adaptados. El problema no es la estructura, sino cuando la estructura reemplaza el propósito.

Si aun lo nuevo se va a adaptar (“…el remiendo nuevo encoge…”), ¿por qué no podés cambiar vos?

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