Hoy tardé en empezar a escribir. No porque no tuviera qué escribir o Dios no me haya hablado; todo lo contrario, tenía (tengo) seis pasajes con los cuales podría hacer seis devocionales distintos… ¡y eso me estresa!
Bueno, no, no me estresa, pero me pone en una posición incómoda y compleja donde estoy preguntando a Dios cuál de todos esos es el que, además de ser para mí, es para edificación de la iglesia, de vos que estás del otro lado.
Normalmente con eso se terminaría el problema, pero no. De los seis me quedaron cinco, así que solo uno era exclusivamente para mí, y ya estoy tomando nota de algunas decisiones que tengo que tomar y cambios que debo hacer.
Hasta que hace un rato me hicieron un comentario: “¡pobre fulano…!”, hablando de alguien que a veces tiene que enfrentar situaciones en el ministerio. Y dije: ¡acá está! Gracias, Señor…
“¡Pobre fulano!” Me dio un ataque alérgico de ira santa ministerial. Se me trabó la lengua y se me cruzaron los versículos entre las neuronas. Entiendo la intención con la que fue dicho y hasta casi puedo justificar el contexto… pero ¿pobre?
¿Pobre por tener que soportar alguna presión?
¿Pobre por tener que pasar por alguna prueba?
¿Pobre por ser incomprendido, juzgado o acusado?
¿Pobre por el estrés del ministerio?
¿Pobre por tener que “tolerar” gente compleja… o mediocre… o ineficiente… o irresponsable?
¿Pobre por tener que repetir las cosas una y otra vez?
¿Pobre por qué?
Al instante apareció en mi mente Hebreos 12:4: “…, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre…”, sin mencionar la pasada de lista del capítulo 11, donde se menciona a todos los que tuvieron que sufrir, soportar y entregar su vida por el evangelio y por Cristo.
Tras eso vino 1 Pedro 4:13: “…alégrense de ser partícipes de los sufrimientos de Cristo…”, y Mateo 5:11: “Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias.”
¡Ah! ¡Y 1 Pedro 2:20!: “…¿qué mérito hay en soportar malos tratos por hacer algo malo? Pero cuando se sufre por hacer el bien y se aguanta el castigo, entonces sí es meritorio ante Dios.”
¡Ay! ¡Pobre fulano que tuvo que soportar alguna molestia mientras estaba sirviendo al Señor…!
El servicio es plenitud. Ya lo hablamos varias veces. Servir al Señor ¡indudablemente es un honor! Ser “usado” por Dios es una honra que, no nos damos cuenta, no merecemos. Pero servir al Señor no es gratis, tiene sus requisitos, sus renunciamientos y su disciplina. Jesús dijo que quien quiera seguirlo debe tomar su cruz y negarse a sí mismo (Mateo 16:24; Marcos 8:34; Lucas 9:23). Obviamente no se trata de un suicidio masivo, sino de estar dispuesto a una entrega donde la razón, el criterio y la voluntad son de Dios y no nuestros.
¿Le dirías a un jefe en tu trabajo que vas a hacer las cosas a tu manera y no según la “política de la empresa”?
¿Te tomarías vacaciones cuando se te da la gana desatendiendo tus obligaciones?
¿Faltarías cuando se te ocurre, sin dar explicaciones y sin aceptar reprimendas?
Servir a Cristo es un honor y da plenitud, pero tiene su exigencia y sus obligaciones.
Mirá a Aarón. ¿Vos creés que era un tipo digno? Dios lo puso en funciones no por su excelencia moral o su virtud, sino porque sabía hablar y Moisés no se animó a tomar la carga del llamado. Aun así, ser sacerdote le trajo algunas incomodidades:
“…y no se alejen de la entrada de la tienda del encuentro durante siete días, que es lo que dura el período de su consagración.” (Levítico 8:33)
“Por lo tanto, ustedes deberán quedarse día y noche a la entrada de la tienda del encuentro, durante siete días. Respeten la orden del Señor y no morirán, pues esa es la orden que recibí.” (Levítico 8:35)
Sí. Era el final del proceso de ordenación sin el cual no podrían (Aarón y sus hijos) ejercer el sacerdocio. Recibían una honra única. Nadie se comparaba a ellos. Ningún otro podía ofrecer sacrificios, quemar incienso y acercarse a Dios, solo ellos. Los que se tuvieron que quedar una semana, siete días de pie, a la puerta del santuario sin moverse, sin “mosquearse” (¿exagero?), sin parpadear.
¿Viste a los guardias del palacio de Buckingham? Bueno… así.
Lo que no te dicen, o no prestás atención, es en qué condiciones debieron quedarse parados toda la semana ¡sin dormir!, a la puerta del santuario:
- Les chorreaba aceite por la cabeza, pasando por su rostro, empapando la ropa y llegando hasta el suelo (Levítico 8:12).
- Tenían sangre seca pegada en el lóbulo de la oreja, el pulgar derecho y el dedo gordo del pie derecho (Levítico 8:23).
- Luego, por las dudas, los volvieron a salpicar de aceite, todo el cuerpo y toda la ropa (Levítico 8:30).
- Y repito: “sin dormir” (“deberán quedarse día y noche” – 8:35)
¿Te imaginás el olor a aceite rancio, el pegote y el mosquerío que los rodeaba… durante siete días?
Toda honra divina viene con incomodidad humana.
No hay llamado sin costo.
Servir a Dios es un honor, es impagable… pero hay un precio que pagar.
¿Cuánto estás sufriendo y soportando?
¿De cuántas cosas te estás quejando?
¿Cuántas injusticias estás padeciendo?
(¡Y eso que ni hablé de la cruz…!)
Sí… la verdad que… ¡pobre fulano!
