Buenas Intenciones

No. La “intención” no es lo que cuenta.
No. Las “buenas intenciones” no son suficientes.
No. Con la “buena intención” no alcanza.

Este es un tema recurrente y una situación a la que tendremos que acostumbrarnos a vivir y… tolerar: cada vez hay menos compromiso, cada vez menos consagración, cada vez menos preparación y dedicación.

Es un mal generalizado: se ve en todos los niveles. El ingreso a la universidad es una crisis por la falta de formación del secundario. También la deformación por las fake news, que avanzan como un río, porque como no se lee ni se estudia, se cree todo lo que circula.

Estarás pensando posiblemente: “¿qué tiene que ver esto con las buenas intenciones?”. Y tiene que ver en que todo lo hacemos así… a medias, más o menos, “para lo que ve la suegra”, “para tapar el agujero”, “atado con alambre”, convencidos de que “lo que vale es la intención”.

Así, con ese nivel de mediocridad, nos presentamos delante de Dios, vivimos el evangelio y servimos a Dios.

Seguramente los hijos de Aarón, el nuevo sacerdote de Israel, tenían buenas intenciones. Después de todo, ellos también fueron ungidos por Moisés y esperaron los siete días a la puerta del tabernáculo. Dios les dijo que eran distintos al resto, que eran especiales, que le pertenecían y debían permanecer ahí.
Y me parece que se agrandaron un poquito.

Los sacerdotes tenían muchas tareas importantes, más que importantes, vitales para el funcionamiento del santuario y la adoración a Dios. Algunas de ellas eran encender lámparas, tener todos los elementos listos para ser usados, poner los panes sobre la mesa, mantener limpio el altar, eliminar los restos de animales, etc. Y entre esas, preparar incienso para ser quemado en el altar, en la manera y ocasión que Dios determinaba.

En la manera y ocasión que Dios determinara…

Pero ellos se creían más, o no lo creían tan importante. O pensaban que ya “estaban de vuelta”, o creían que no eran necesarios tantos requisitos. Después de todo, ¡era solo incienso! Después de todo… ¡ellos ya tenían experiencia!

Pero no, otra vez: con las buenas intenciones no basta; las buenas intenciones no son suficientes:

“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, pusieron en ellos fuego y añadieron incienso, y ofrecieron delante del Señor fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante del Señor y los quemó, y murieron delante del Señor.” (Levítico 10:1–2)

Parece que Dios se lo tomó muy en serio y no se detuvo a pensar en que ellos habían tenido una buena intención.
Porque a Dios no se lo conforma con intenciones. O peor aún, será que él conoce las intenciones del corazón (1 Samuel 16:7; Jeremías 17:10; Hebreos 4:12–13).

A veces, con “buenas intenciones” podemos esconder arrogancia y soberbia.
A veces, con “buenas intenciones” justificamos la mediocridad o la falta de respeto.
A veces, con “buenas intenciones” solo queremos quedar bien delante de quienes confían y creen en esas “buenas intenciones”.
Pero, otra vez, Dios conoce el corazón (Proverbios 16:2; Lucas 16:15).

Debe ser el único caso donde la intención tiene un peso: al ser desnudada por Dios y dejada a la luz para saber con qué intenciones le estamos sirviendo (1 Corintios 3:12–15).

¿Cómo te presentás delante de Dios?
¿Cómo te preparás para servirlo?
¿Cuánto honrás a Dios al servirlo?
¿Cómo te comportás en la iglesia?
¿Cómo recibís la palabra?
¿Qué actitud tenés al adorar?

No, con las buenas intenciones no basta.

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