Si yo te digo: “de tal manera…” ¿Cómo termina la frase?
Si fuiste formado con Reina Valera 60, o si sos vieja guardia y te hacían memorizar versículos (¡qué bien vendría reimplantar esa práctica!), o si sos nueva generación pero buen lector… tu mente te está gritando: “¡… amó Dios al mundo!”.
El amado y popularmente conocido Juan 3:16.
Lo que hace Juan con esas palabras, que han recorrido el mundo realmente, es comparar el sacrificio de Jesús con el amor de Dios y poner a este como medida. Es el parámetro con el que se miden ambas cosas, y una más: el sacrificio de Jesús, el amor de Dios y su entrega.
“De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo…” Es como decir: “Dios amó al mundo igual o más que a su Hijo, porque a este lo entregó en pago por aquel”. A lo que se agregaría: “Dios amó tanto, pero tanto al mundo, que dio lo que más amaba, lo más valioso, lo más preciado y lo único que es inigualable: su Hijo, para rescatar a ese mundo”.
¿No da para un “¡wow!”?
Es una comparación directa, para que tengas en cuenta que Dios mismo es el patrón de medida de lo que él hace… y lo que él pide…
Mirá lo que dice respecto de la santidad: “Dile a la comunidad israelita lo siguiente: Sean ustedes santos, pues yo, el Señor su Dios, soy santo.” (Levítico 19:2).
La regla de la exigencia de Dios, la medida del amor de Dios, es su propia vara.
Dios no te pide nada en función de tu capacidad, sino en función de su posición.
Tenés que ser santo… porque él lo es…
¡No! No quiere decir que las cosas que te pida excedan tu capacidad de dar. ¡Al contrario! Lo dije anoche y lo digo una y otra vez: Dios no te pide nada que no puedas dar, sino que él te pide según tu capacidad, la que él te dio, la que él puso en vos, y como él la puso en vos… está a la altura de su posición y su nivel de exigencia.
Por eso, el hecho de que Dios te pida algo, lo que sea, significa que tenés la capacidad para responder y hacer eso que él te pidió.
No, lo siento, no tenés excusas para responderle a Dios.
Así que, volviendo al punto inicial, cuando leemos “De tal manera…” nos pone ante una balanza, donde ambas partes (o ambos platillos) deben estar equilibrados: una cosa debe ser compatible y estar a la altura de la otra.
Entonces, ¿qué quiere decir Levítico 19:5?
“Cuando presenten al Señor sacrificios de reconciliación, háganlo de tal manera que Dios se los acepte.” (DHH).
¿Te dije alguna vez que “hay una manera” de presentarse ante Dios? Capaz que no; te lo digo ahora: “hay una manera de presentarte ante el Señor”. Y no, no tiene que ver con la posición, o las palabras o la vestimenta; no se trata de que vayas de pie, de rodillas o postrado; tampoco de que estés vestido de gala o en ropa interior (o desnudo); mucho menos de que entrelaces las manos o extiendas los brazos a los costados o te quedes con las manos en los bolsillos. Todo eso es irrelevante (lo que no es irrelevante es la actitud del corazón). Lo importante es que sea “a su manera” y “de tal manera que él lo acepte”.
¿Cómo saber cuál es esa manera? Esa es otra historia; tiene mucho que ver con la relación que vayas edificando con Dios. Él no te pide a vos lo mismo que a mí, ni a mí lo mismo que a vos. Es personal. La relación es personal. Pero debe hacerse “a su manera” y “de tal manera que él lo acepte”.
¿Cómo te estás acercando al Señor?
¿Cómo te estás presentando ante él?
¿Con qué actitud le hablás?
¿Con qué corazón le pedís?
¿Qué lugar ocupa en tu relación con él la adoración?
Esa adoración, ¿es en espíritu y en verdad?
Ya no te preocupes por las formas, tampoco por las palabras. Ya no te inquietes por lo que otros te digan o la manera en que te juzguen; acercate a Dios, presentate ante él, adorá al Señor… “de tal manera que él lo acepte”.
