¿Viste cuando dicen: “¡Muy buena pregunta!”? Algo que es muy común en las entrevistas… o cuando te dicen: “¡Qué pregunta!”, porque se sintieron sorprendidos o tal vez incómodos por la misma pregunta.
Son momentos de confrontación, a veces interna, a veces hacia otro, que no quedan así; no pueden quedar así. Te llevan a una reflexión o a una respuesta.
Imaginate los discípulos cuando Jesús preguntó: “¿Y ustedes quién dicen que soy?” (Mateo 16:15).
Se habrán mirado unos a otros; alguno habrá bajado la cabeza, otro miró al cielo y se puso a silbar; uno más se acordó que dejó la leche en el fuego, y Pedro (siempre Pedro) respondió.
¿Podés dejar esa pregunta sin responder? Después de esos minutos de profundo análisis interior… ¿vas a hablar de otra cosa, al mejor estilo “samaritana”?
Hay preguntas que te incomodan, hay preguntas que te confrontan, hay preguntas que te despiertan, hay preguntas que te obligan a tomar una decisión…
Como David, en uno de sus cánticos más populares, se hace una fuerte pregunta introspectiva: “¿Por qué debo andar acongojado y sufrir por la opresión del enemigo?” (Salmos 43:2).
Y yo agrego: ¡Eso! ¿Por qué?
¿Por qué a veces toleramos lo intolerable?
¿Por qué soportamos lo que resta?
¿Por qué creemos que “tomar la cruz” es cargar con un problema crónico, que Dios nos puso y que debemos aguantar?
Eso, en todo caso, sería lo del “aguijón en la carne” (2 Corintios 12:7–9), pero fue una situación muy específica, de una persona muy específica y con características específicas. Dios no le dijo eso a Pedro ni a Santiago ni a Juan; solo a Pablo.
¿Por qué aceptamos situaciones que no deberían suceder?
¿Por qué nos acostumbramos a la agresión, la burla, la humillación o el menosprecio?
¿Por qué nos enredamos en situaciones o nos dejamos atar por ellas sin hacer nada al respecto?
Hay momentos en la vida en los que hay que tomar una decisión; y si bien esto suena a frase hecha y dicha muchas veces… hay momentos en la vida en los que hay que tomar una decisión.
Esperamos que Dios haga, pero Dios espera tu decisión.
Esperamos que Dios actúe, prospere, provea; pero Dios espera una decisión.
Esperamos que Dios nos transforme… ¡pero Él espera nuestra decisión! Como dice Romanos 12:2: “…dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar.” (NTV)
¿Por qué permitís que el diablo te engañe?
¿Por qué le hacés caso a sus mentiras?
¿Por qué le creés que “no podés”?
¿Por qué no hacés algo?
¿Por qué no tomás una decisión?
David se dijo a sí mismo: “Espera en Dios, porque aún debo alabarlo. ¡Él es mi Dios! ¡Él es mi salvador!” (Salmos 43:5), poniendo su confianza y esperanza en que Dios lo iba a sacar de esa situación de opresión. ¡Al menos hizo algo! Confió y esperó.
Jesús le dijo al padre del muchacho epiléptico: “¡Todo es posible para el que cree!” (Marcos 9:23).
No hagas caso a las mentiras, los engaños y las manipulaciones.
No creas que no sos lo que Dios dijo que sos.
¡Dios te creó! Nadie mejor que Él sabe qué y quién sos.
Callá las voces que digan lo contrario; no mires ni escuches a los que te aturden. Dios les dijo a los discípulos que se juntaron con Jesús en su momento de transfiguración que “ni a Moisés ni a Elías presten atención” (análisis personal que hago de la situación), sino: “Este es mi Hijo amado: escúchenlo” (Marcos 9:7).
¿A quién vas a escuchar, sino?
¿A quién vas a creer?
¡Qué buena pregunta, che!
