Seguir a Cristo cuesta, tiene un precio, tiene un costo. Aunque, como decía un amigo, no cuesta mucho. Solo cuesta todo.
Seguir a Cristo es una decisión que no solo involucra tu destino eterno, sino que define un nuevo “quién sos”, un nuevo “qué creés”, un nuevo “qué hacés” y para qué estás.
Es, en definitiva, un cambio de vida que te lleva, como solemos decir, a vivir de otra manera, porque con Cristo se puede vivir de otra manera.
Ahora… ¿entendiste? De “otra” manera.
Seguir a Cristo no cuesta mucho, seguir a Cristo cuesta todo, decía mi amigo, y si bien suena un poco drástico… (lo es), es la mejor opción para un “empezar de nuevo”.
(Sin mencionar que este año nos tocó lo de las “decisiones drásticas”).
Hay un concepto espiritual complejo para entender. ¿Te animás?
Si empiezo a transitar una vida nueva, lo cotidiano de mis viejas costumbres, formas, rutinas y criterios se convierten en eso: “cosas viejas”, cosas de la vieja vida.
Pero vos empezaste una vida nueva.
Pedro estaba inquieto. Jesús les terminaba de decir que es muy difícil, imposible si querés, entrar al reino de los cielos (Marcos 10:24). Pedro y los demás entendieron con eso que nadie podía obtener salvación (Marcos 10:26). ¡Imaginate la tensión! “¿Quién podrá entonces salvarse?”, preguntó él (Marcos 10:26), ya que… “hemos dejado todo y te hemos seguido” (Marcos 10:28).
¿Frustración? ¿Temor? ¿Sensación de fracaso? ¿De tiempo perdido?
Entre líneas y para sus adentros, Pedro le está gritando a Jesús: “¿Me estás diciendo que dejé todo en vano, para nada?”, “¡Jesús, me estás cargando!”.
Ya estaría pensando en volver a la pesca… (el problema es que cuando Jesús te marca… no podés volver atrás…).
Y Jesús responde con una de las patas del “precio del discipulado” (la otra es tomar la cruz):
“Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el evangelio haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, recibirá ahora en la vida presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones; y en la vida venidera recibirá la vida eterna.” (Marcos 10:29–30)
Seguir a Cristo tiene un precio. No te pide mucho, te pide todo.
Pero cuando le das todo, Él no te responde con migajas.
Jesús no pide mucho, pero da mucho; y tampoco da mucho: da todo.
El puente entre una cosa y la otra es el proceso: desprenderte para alcanzar, dar para recibir, morir para renacer, dejar… para tener.
La clave es el proceso: el que duele, el que confronta, el que molesta… pero el que te lleva a la transformación.
¿Qué te está pidiendo?
¿Qué le estás negando?
¿Qué le estás entregando?
¿Qué le estás mezquinando?
Todo lo que se siembra se cosecha…
Y la cosecha…
Siempre es mayor que la siembra.
