“En todas partes se cuecen habas”, expresión muy vieja, por cierto, que suena antigua y anacrónica, pero vigente y real.
¿Te explico?
Cocinar habas da olor. Hay que hervirlas mucho tiempo y dan un olor fuerte, como el repollo o el brócoli.
Cuando surgió esa frase, las habas eran un alimento común que todas las familias consumían.
En resumen: “en todas las casas hay algún mal olor”. Es como la otra, tal vez más popular: “todos tienen un caballo muerto en el ropero.”
Porque la corrupción, el nepotismo, el acomodo político, etc., no sucede únicamente en nuestros queridos países latinoamericanos ni en el siglo XXI, sino que es algo que está en el corazón humano: donde hay gente… pasan esas cosas.
Porque, pregunto: ¿no era que los leprosos no podían tener contacto con la gente? ¿No era que tenían que vivir aislados? ¿No es que eran gente “inmunda”?
Y entonces, ¿cómo se explica que un “leproso” organice una comida a la que, ¡encima!, asiste Jesús?
“Jesús había ido a Betania, a casa de Simón, al que llamaban el leproso…” (Marcos 14:3).
Lo único que me queda por pensar es que era algún comerciante, algún hombre prominente o rico de la ciudad, al que… ¿cómo le vas a decir que se tiene que ir a un gueto?
Por eso, repito, es algo inherente a la condición humana. Somos todos iguales, pero algunos son más iguales que otros.
Pero ¿Jesús?
Al final, los cristianos que hacen diferencias y favoritismos tienen a quién salir… ¡si hasta Jesús hacía lo mismo!
¿Hacía lo mismo?
Precisamente todo lo contrario. Jesús no cumplía la ley de la lepra, pero sí cumplía la ley de la igualdad: “Dios no hace favoritismos (Hechos 10:34; Romanos 2:11) ni hace diferencias entre una persona y otra” (aunque sí hace diferencias de fe).
Dios no rechaza al que se acerca, y mucho menos al que lo invita a su casa, al que abre la puerta de su intimidad, al que lo sienta a su mesa, sea leproso, prostituta, delincuente o estafador.
Jesús no se inmutó por el leproso de Betania ni por la “mujer pecadora” que se arrodilló a ungir sus pies. Pero recibió la honra y la adoración de dos personas que lo reconocieron, lo recibieron y buscaron estar con él.
A Dios no le importa tu condición, solo tu posición; y no tu posición económica, sino tu posición lejos o cerca de él.
¿Cuál es tu condición?
¿Qué tan fuera de foco estás?
¿Cuán “pecador” sos o te dicen que sos?
¿Qué te descalifica?
¿Qué te margina o estigmatiza?
¿Cuán lejos o cuán cerca estás de Jesús?
No te condiciones por tu condición.
Aferrate a tu posición.
Si le abriste la puerta de tu corazón, no estás lejos: estás cerca de él.
