La “miopía espiritual”, como la miopía natural, consiste en tener una visión borrosa de lo que está más allá y un claro enfoque de lo cercano: lo que está al alcance de la mano, lo que tampoco requiere mucho esfuerzo por alcanzar.
Cuando un bebé nace, por bastante tiempo es “miope”. No, no tiene problemas de visión, pero su enfoque tiene un alcance máximo de unos 20 cm, el necesario y suficiente para que vea el rostro de la madre mientras esta lo amamanta. Mientras succiona, su mirada está concentrada en los ojos de la mamá, lo que tiene un valiosísimo efecto en la generación del vínculo, en la seguridad personal y en alcanzar su “momentánea” plenitud.
Pero, como dijo Pablo (y ya conocés el texto): “cuando dejamos de ser niños dejamos atrás las cosas de niño” (1 Corintios 13:11). Cuando cruzamos el umbral de la adultez, natural o espiritual, hay cosas que se pasan “de castaño a oscuro”, diría mi abuela, que están desubicadas y ya no son productivas.
Por eso pasa con los bebés que, en un determinado momento, siguen con el pezón en su boca pero la mirada perdida en cualquier otra cosa, distraídos por el mundo que los rodea, enfocados en alguna otra cosa más. ¿Qué pasó? ¿No tiene hambre? No, mamá: ya es tiempo de ir preparando otro tipo de alimentación…
Así, hasta que no despeguemos la vista hacia lo que está un poco más allá, nos acostumbramos a lo cercano, a lo fácil, a lo placentero… aunque sea momentáneo, eventual y pasajero.
Dicen los que dicen que saben que lo que hace la diferencia entre los ricos y los pobres es que “los pobres quieren vivir como ricos y los ricos viven como pobres”. Sé que es una definición muy básica y debatible, pero a grandes rasgos tiene mucho de verdad. El pobre con miopía espiritual (o podríamos agregar emocional) se gasta con orgullo los pocos pesos que ganó para “darse un gustito” porque, después de todo, “se lo merece”.
Así vemos personas viviendo en la pobreza, teniendo tal vez posibilidades y recursos, pero gastando en tecnología, ropa de marca o en las entradas para el influencer de moda. ¿Está mal que se den esos “gustitos”? No, para nada, si es que cubriste ya otras áreas de tu vida (y ni que hablar si también tenés una familia que sostener).
Salomón decía con sabiduría que “primero prepares tus campos, después organices la siembra y recién entonces te pongas a edificar tu casa” (Proverbios 24:27); o, como también dijo: “todo tiene su tiempo” (Eclesiastés 3:1).
Pero hoy vemos una generación que prioriza el placer momentáneo, el disfrute, el descanso y las vacaciones antes que el esfuerzo, el progreso y la previsión. ¿Sueno a viejo? Dejame con mi criterio “anticuado”; quedate con tu disfrute momentáneo, y en unos años charlamos…
Israel venía de Egipto. Todos los que salieron jamás habían conocido la libertad (bueno, todos menos Moisés). Nacieron esclavos, se criaron esclavos, formaron familia siendo esclavos, se hicieron adultos siendo esclavos y algunos ya eran ancianos esperando morir… y esclavos. ¡Por primera vez tenían autoridad sobre sus propias decisiones! ¡Por primera vez podían decidir! Y cuando uno no está muy entrenado en algo, no siempre hace las cosas bien. Por lo menos, hasta aprender.
El desierto era cansador, la caminata se hacía pesada (se ve que hacer ladrillos era más relajante) y encima ¡no podían comer los ajos y cebollas de Egipto! ¡Pero qué barbaridad! ¡Pero qué atrevimiento!
Y entonces reclaman por un catering mejor. Dios escucha, Dios los mira de reojo, Dios los analiza, Dios responde (con un poquito de fastidio) y les da lo que piden. “¿Así que querían carne? ¡Van a tener carne! Tanta carne que les va a salir por la nariz” (Números 11:20).
A veces tenés que tener cuidado con lo que pedís, no sea cosa que te lo den…
Hasta que entonces fue tanto, y tan de repente, y tan abundante, y tan desubicado que… “allí enterraron a los que solo pensaban en comer.” (Números 11:34)
La miopía espiritual, enfocarte en lo momentáneo, conformarte con el placer pasajero… puede llevarte a la muerte. No digo que sea la muerte física (según cuál sea tu “placer pasajero”), pero sí seguramente a una muerte espiritual y, con total seguridad, a no vivir una vida próspera y plena.
Los que se quejaron, los que no vieron más allá, los que se conformaron… no vieron las delicias de la nueva tierra.
Los que se cansan, los que pierden su tiempo, los que no se quieren esforzar, terminan sus días en un ciclo de mediocridad que tampoco les da felicidad.
“Lo que vale, cuesta”, dicen por ahí, y es una gran verdad. Jesús mismo lo dijo con estas palabras:
“Les aseguro que cualquiera que por mi causa y por aceptar el evangelio haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos, o terrenos, recibirá ahora en la vida presente cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos…” (Marcos 10:29–30)
¿En qué te estás enfocando?
¿Qué estás mirando?
¿Qué estás valorando más? ¿El esfuerzo? ¿La inversión? ¿O la meta? ¿O el resultado?
Tengo que volver a uno de mis versículos favoritos:
“Poné la mirada en lo que está por delante, poné tus ojos en lo que está por venir” (adaptación libre de Proverbios 4:25).
