Lo practico desde hace muchos años. No digo que siempre lo haya hecho bien. Me fui “perfeccionando” con el tiempo. Creo que la edad ayuda (y mucho).
Lo enseño hace casi el mismo tiempo. Fui variando la manera de decirlo, pero la esencia es la misma: “A veces la mejor respuesta es el silencio”.
Es muy apropiado para esos momentos incómodos en los que no se sabe qué decir. Si no sabés qué decir, entonces no digas nada.
Es lo mejor, irremplazable para los momentos de duelo. ¿Por qué el cristiano cree que “tiene que decir algo” cuando acompaña a una persona en duelo? Estás en el funeral, velatorio o entierro y te sentís “en la obligación” de ser políticamente correcto: “Dios es soberano”, “Dejó de sufrir”, “No entendemos cómo obra Dios”, “Dios se lleva a los mejores”, “Dios recogió la flor más hermosa de su jardín”… o los peores, ¡ni se te ocurra!: “No somos nada” y “Del polvo venimos y al polvo volvemos”.
¿Sabés cuál es el mejor comentario que podés hacer? ¡Ninguno! Lo ideal es quedarte callado, acompañando el dolor de una persona que no tiene ganas de escuchar prédicas vacías de espíritu, contenido y amor.
¿Y cuando te acusan? Parece una locura, pero también lo mejor es no responder.
Sí, ya sé que está la sentencia: “El que calla otorga”. Sé que normalmente, cuando alguien es culpable, se queda sin excusas y no tiene respuestas, y por eso queremos cubrir ese bache.
No sirve. No lo intentes. No digas nada.
¿Te vas a dejar humillar? ¿Te vas a dejar avergonzar? ¡Eso es de poco hombre (o mujer)! Y ahí aparece el enano del orgullo: no te estás defendiendo de una acusación, estás resguardando tu honor.
Te cuento que tu honor ya quedó manchado y, por más que hables… solo vas a hacer que la mancha se extienda y quede una aureola amarillenta en el aire.
Literalmente, mi consejo siempre fue: “No te defiendas, dejá que Dios pelee por vos. No te defiendas, que el fruto de tus obras hable por vos”. ¿Es fácil? Para nada. A veces son cosas pasajeras, pero otras veces son un torbellino que te arrastra a la peor condición.
Pero, como cristianos, también tenemos esa costumbre tan elegante de decir, cuando damos un consejo a alguien (es más fácil cuando le pasa a otro): ¿Qué hubiera hecho Jesús? Y ahí estamos fritos.
No tengo dudas de que Dios usa todas las cosas para beneficio de quienes son llamados según su plan y propósito (Romanos 8:28) y de que la mejor manera de ser procesados es siendo probados. Digo, probado nuestro temple, temperamento y carácter, y la reacción que tenemos ante estas situaciones.
¿Qué hubiera hecho Jesús?
Para empezar, Pablo exhorta (faaa… me salió re evangélico eso). Bueno, anima, pide, desafía a ser como él: “Haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo” (Filipenses 2:5). ¿Cuál sentir? “…se humilló a sí mismo…” (Filipenses 2:8).
¿Qué hubiera hecho Jesús?
Pedro también tiene algo para decir al respecto: “No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan…” (1 Pedro 3:9).
¿Qué hubiera hecho Jesús?
“Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra…” (Lucas 6:29).
¿Qué hubiera hecho Jesús?
“Dichosos serán ustedes cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias. Alégrense y llénense de júbilo…” (Mateo 5:11-12).
¿Qué hubiera hecho Jesús? Callarse la boca…
“Pilato volvió a preguntarle: —¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te están acusando. Pero Jesús no le contestó; de manera que Pilato se quedó muy extrañado.” (Marcos 15:4-5).
Cuando leemos estas cosas, cuando repaso los evangelios cada vez… siento que el cachetazo me lo da el mismo Señor. No en vano creo y digo que “el evangelio es una confrontación constante”.
¿Pensás que Jesús fue “poco hombre”?
¿Pensás que fue un “hombre débil”?
¿Creés que “no supo defenderse”? Incluso cuando Pedro lo quiso defender, él salió a solucionar la situación (Mateo 26:51–53).
Si estás de acuerdo conmigo en que Jesús es “el” modelo de hombre, ¿por qué ponés tu orgullo en primer lugar?
“Haya en ustedes (en nosotros) el mismo sentir que hubo en Jesús”… bla, bla, bla. Queda re lindo decirlo, es re doloroso hacerlo. Pero termina bien, porque Pablo dice que gracias a eso “Dios lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9).
Así que puedo decir que… vale la pena callarse la boca, es beneficioso bajar la cabeza.
¿Y por casa?
¿Sos de los que se callan o de los que reaccionan?
¿Te catalogan como “leche hervida” o “pocas pulgas”?
¿Sos de “pararte de mano” ante cualquier situación?
¿Sos de los que “no se dejan tocar…”?
¡Ay, Pablo! Hay algunas cosas que no tendría que haber escrito… pero las escribió:
“Imítenme a mí”, dijo, “como yo imito a Cristo” (1 Corintios 11:1). O sea que, por regla de tres simple: imitá a Jesús.
Y algo más: “hasta que todos lleguemos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…” (Efesios 4:13). ¿Tenés alguna duda de que el “varón perfecto” es Jesús?
Santiago fue sabio en esto. Nos desafía a aprender a cerrar la boca (Santiago 1:19; 3:2–10) o, al menos, a cuidar lo que decimos. Después de todo, nuestra boca tiene poder para edificar y para destruir.
No hables de más.
No quieras tener siempre algo que decir.
No busques quedar como inteligente.
No te defiendas, no busques justicia. Dejá que sea Dios y que sean tus obras las que hablen por vos.
