Si le pidiera a un predicador expositivo, un maestro de la Palabra, aun a un evangelista que analizara lo que voy a escribir hoy, sin muchos rodeos va a decir que estoy malinterpretando un texto bíblico o sacándolo de su contexto.
Ya muchos conocemos el viejo lema: “todo texto fuera de contexto es un pretexto”, y es la base principal sobre la que se apoyan las sectas y herejías.
Bueno, tengo que reconocer que yo estaría de acuerdo. En malinterpretar, no; pero en sacar de contexto, sí. Pero muchas veces enseñé (a esta altura de mi vida, dejame decir que puedo enseñar) que un devocional no es un tratado doctrinal ni un escrito de teología bíblica y sistemática. Un devocional es “lo que Dios te habla” por medio de un texto, aunque esté fuera de contexto.
Sí, repito por si no quedó claro: “aunque esté fuera de contexto”. Ya escucho a los fariseos, religiosos y haters en general levantar su voz y su dedo acusador. ¡Recién nomás uno me dijo que predicar a media luz (en nuestro caso, luces cálidas) es convertir lo santo en inmundo!
¡Ay, Dios! Estos no sacan de contexto, hacen de un texto toda una doctrina…
¿Acaso nunca usaste Filipenses 4:13 para hablar de capacidad, potencial y que podés hacer todo lo que te propongas porque Dios está con vos? Seguramente que sí, y lo hiciste, ¡sacaste al texto de su contexto! Y nadie se murió… ¿no?
En Lucas 3 vemos a Juan el Bautista en pleno ejercicio de su ministerio. Hoy, por primera vez, me llamó la atención la introducción de ese capítulo (no, ese no es el devocional sacado de contexto). Lucas empieza a dar un marco histórico y dice:
“Era el año quince del gobierno del emperador Tiberio, y Poncio Pilato era gobernador de Judea. Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo gobernaba en Iturea y Traconítide, y Lisanias gobernaba en Abilene. Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes…” (Lucas 3:1-2)
¡Todo era un gran desorden! Ya lo dicen los manuales de liderazgo: “donde todos mandan, nadie manda” (más que manual de liderazgo, es la vida misma). Una mezcla de gobernantes, algunos enfrentados entre sí, y lo más curioso de todo: “dos” sumos sacerdotes. ¿Cómo puede haber “dos” cabezas? Si “sumo” es como decir “máximo”, ¿eran dos máximos?
Parece la época de los dos papas en el catolicismo: Francisco y Benedicto… ¿cuál mandaba de verdad? (dejemos que los católicos se encarguen de los católicos).
El ministerio de Juan, el trabajo que Dios le encomendó, era dual: por un lado tenía que “preparar el camino del Señor” (Isaías 40:3; ver también Lucas 3:4-6) y, por otro lado, provocar un despertar espiritual haciendo que la gente se vuelva nuevamente a Dios (Lucas 3:3).
Sí, te dije que todo era un caos. Literalmente era el momento indicado para la manifestación de Jesús: todo estaba “patas para arriba”.
Cuando ejercés la función para la que fuiste creado, cuando te movés en tu asignación y caminás en tu propósito, hay resultados. No digo que si no ves resultados es que no hay ministerio; pero si hay ministerio, hay resultados. ¿100%? Por supuesto que no. ¿Acaso el 100% de los judíos aceptaron a Jesús como su Mesías?
No midas el fruto de tu ministerio solo con una estadística numérica.
Sigamos…
Y el resultado del ministerio de Juan fue que la gente empezaba a agolparse. Como moscas a la miel, iban en bandadas a pedirle las herramientas para entrar al cielo. Se asustaron, le creyeron lo de la “ira venidera”. No querían pasar una eternidad en el infierno y buscaban su salvación.
Pero Juan se enojó. Dicen que era medio Jonás. No sé, yo no estaba ahí…
Y les dice (acá sí va lo fuera de contexto): “Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor…” (Lucas 3:8).
Para que los teólogos no se indigesten, para que los maestros no sufran un infarto, él les está diciendo que se arrepientan, que no sea solo buscar salvación, sino un cambio de vida, volviéndose al Señor. “Produzcan frutos dignos de arrepentimiento…”, diría la RV, pero este énfasis, el de la DHH, me habla mucho de la importancia del comportamiento, la manera de pensar, la conducta, la actitud… la metanoia, “cambiar la manera de pensar”.
Ayer te hablaba de las motivaciones, la posición, el cambio… todo eso apunta a esto mismo: un comportamiento distinto al que habitualmente teníamos, una forma distinta de relacionarnos con Dios, romper la estructura de la rutina religiosa y pegar el salto a un genuino encuentro con Dios que genere transformación y se deje ver.
Tengo que volver a mi viejo “caballito de batalla”: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16).
Nuestro comportamiento tiene que mostrar a Dios.
Nuestra actitud tiene que decirles a los demás que seguimos a Cristo.
Nuestra manera de pensar tiene que ser un reflejo de una vida transformada.
Nuestras palabras, nuestras formas, nuestro caminar tienen que ser el “testimonio silencioso” que hable de Dios en nosotros y atraiga a los otros a Dios.
¿Qué estás mostrando?
¿Qué ven los demás en vos?
¿Qué mensaje da tu comportamiento y actitud?
Ya no te saco de contexto, pero… “portate de tal modo que se vea claramente que estás siguiendo al Señor…”
