Confrontados

“Después de la transformación viene la confrontación”

Es increíble cómo Dios nos habla. Increíble, no porque no lo pueda creer, sino porque me sigue sorprendiendo cada día.

Tené en cuenta que no soy alguien fácil de sorprender. Imaginate que para mi último cumpleaños, como todos sabían que no me iban a poder sorprender, me dijeron: “Te vamos a armar una fiesta sorpresa, así que no aparezcas hasta que se te diga” (¡son de terror!). Pero aun así hay pequeñas cosas que me sorprenden y enamoran.

¡Ni los milagros me sorprenden! Y creo que no está del todo bien eso. Pero como ¡yo creo! que Dios puede hacer cosas “increíbles”, no me sorprende cuando las veo realizadas… pero… pero… las pequeñas cosas de Dios me enloquecen (¿serán tan pequeñas?).

Bueno, todo para decirte que estoy sorprendido con Lucas 4:1, un texto que leí cientos de veces y enseñé o prediqué otros cientos más (bueno, no tanto, obviamente):

“Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del río Jordán, y el Espíritu lo llevó al desierto.” (Lucas 4:1)

Siempre me detuve en decir que, si estar en un desierto fuera consecuencia de pecado, entonces Jesús debería estar en pecado, porque fue llevado “por el Espíritu” al desierto. Además, esto mismo demuestra que el diablo (¡pobre diablo!) no es tan responsable de las cosas que nos pasan como a veces nos lo quieren mostrar, sino que muchas, pero muchas veces, solo es testigo de:

  1. dónde nos metemos
  2. dónde Dios nos mete

Una cosa es verdad: el diablo estaba en ese desierto, y no porque viviera ahí, sino porque tenía un plan estratégico que no le funcionó. Lucas 4:2 dice que “Allí [en el desierto, Jesús…] estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo”. Estaba ahí, pero fue Dios quien llevó a Jesús.

Así que no sigas culpando al diablo por tus desiertos cuando, posiblemente (otra vez):

  1. te metiste solito
  2. Dios te llevó de las narices

Pero con lo que me quedo hoy no es con eso. Bueno, sí… pero no tanto. Me golpeó la segunda frase del versículo: “… volvió del río Jordán…”.

El Jordán representa la transformación. Es el paso de la niñez espiritual a la adultez. Es el salto de la vida “carnal” a la vida “espiritual”.

Así como el mar Rojo representa la salvación, el río Jordán representa la transformación, esa que se menciona en Romanos 12:2 y que debería ser el himno del crecimiento espiritual: “…sean transformados mediante la renovación de su mente…”. Ese proceso se realiza en el desierto, para poder salir del mismo.

El desierto no es un lugar de habitación. El desierto es un lugar de paso. El desierto es un lugar de transición. Es el lugar donde somos probados, confrontados, presionados, tal vez “aplastados”… para dar lugar al nuevo hombre, la nueva mujer.

El desierto es el lugar del proceso, donde dejás de ser quién eras y empezás a ser lo que Dios dijo que eras, lo que Él había creado y lo que Dios había formado para ocupar el lugar para el cual fuiste diseñado. No, creeme que no es el diablo el que te mete en el desierto, porque justamente es lo que no quiere: que te encuentres con “tu verdadero yo”.

¡Por eso fue al desierto a visitar, seducir y embaucar a Jesús! Si lo hubiera reclutado en ese momento para sus filas, la historia de la humanidad hubiera sido algo totalmente diferente (sí, se podría estar peor). Menos mal que Jesús conocía tanto su propósito, que no se dejó enredar, soportó hambre y sed, y se enfocó solamente en la tarea que debía realizar.

Cuando Jesús “volvió del Jordán”, o sea, cuando fue bautizado; o sea, cuando hizo su declaración pública de una vida nueva; o sea, cuando enterró al hijo de María y empezó a caminar como el Hijo de Dios… fue confrontado…

“Después de la transformación viene la confrontación”.

Me sigo sorprendiendo y doy gracias a Dios, porque al mismo tiempo esto confirma lo que voy a predicar mañana (alerta spoiler). Y aunque no te voy a dar ninguna pista sobre eso, ya sabés qué pasa por acá: “Después de la transformación viene la confrontación”.

Llegaste a Cristo o tal vez naciste en el Señor. Sea cual sea tu caso, un día tuviste (espero) un encuentro con Dios. Si naciste en la iglesia, es ese día en que dejás de ser nieto y pasás a ser hijo; si llegaste ya grande o al menos con entendimiento, es el día en que encontraste la puerta para salir de la vida sin sentido a una vida con propósito; cuando te diste cuenta de que ¡para algo estás! y no solamente, como decía Altavista“trabajás, te cansás… ¿qué ganás?”

Y en ese momento empiezan los ataques, los conflictos, la oposición —dirían algunos—, las pruebas —dicen otros—. Es el momento en que algunos creen que “servir a Dios es empezar a tener problemas” o en el que otros piensan que “si voy a la iglesia pierdo todo”. Pero no se trata ni de problemas ni de pérdidas; se trata de transformación, de confrontación, de tomar una decisión.

Que seguramente no será solo una decisión. La vida cristiana, como la vida natural, es una vida de decisiones. A diferencia de la vida sin Cristo, la vida cristiana te lleva a tomar decisiones que te edifiquen, potencien, acerquen cada vez más a Él. Decisiones drásticas, determinadas, determinantes… tal vez antipáticas.

(Te aviso que no fui yo el que dijo: “…he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia”. (Mateo 10:35-36))

“Después de la transformación viene la confrontación”. Una confrontación que no es para que quedes expuesto o seas avergonzado, que no es para que te sientas o estés presionado; es una confrontación que te lleva a liberar tu verdadero potencial, a que puedas identificar y ver de qué sos capaz y todo lo que podés alcanzar.

Una confrontación para resultar reposicionado al nivel que está a la altura de lo que Dios hizo y puso en vos.

Termino con esto (sí, ya sé que me extendí demasiado): si la transformación lleva a la confrontación, si no estás siendo confrontado, es que estás evitando la transformación

(¡chan!)

Si no estás siendo confrontado… ¿será que todavía estás en Egipto?

Decía hace un par de días: no le escapes al proceso, a la poda y a la prueba, que no son para destrucción sino para edificación. No le escapes entonces a la confrontación; es la herramienta para tu promoción.

¿Estás siendo confrontado?
Estás en el camino de la transformación.

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