Elegidos

¿Qué cosas estarías dispuesto a hacer para ser elegido?
O tal vez debería decir: ¡lo que no habrás hecho con tal de ser aceptado o elegido!

Más o menos, mal o bien, todos pasamos por lo mismo. Sí, ya sé, seguro vos no. Tu personalidad está por encima y eras de los que “aceptaban” a los demás (pero bien que te vestías o arreglabas de manera tal de causar una mayor impresión).

¿Sabías que el conflicto de la aceptación (en realidad, el rechazo) nació en el Edén?
Todos arrastramos, junto con el famoso “pecado original” y el eslabón perdido de Carlitos Balá, la necesidad de aceptación y pertenencia como consecuencia de la separación de Dios.

Sí, enterate, te bancás a la o el tóxico porque te falta volver a la intimidad con Dios (Ufff…).

Seguimos las modas, los estilos y colores. Usamos los mismos peinados o cortes de pelo (aunque el mío es exclusivo). Escuchamos los mismos estilos y ambientamos nuestros espacios siguiendo los mismos parámetros.
¿Viste cuántas casas hay actualmente en combinación de grises y negro?

No. No se copiaron de vos. Ojo, tampoco vos te copiaste de nadie. ¡Te captó el sistema!

La contraparte de este conflicto aceptación/elección/rechazo es que, cuando te ves distinto, cuando creés que no encajás, cuando no seguís los estereotipos requeridos en ese momento o cuando sabés que tu vida no cumple con algunos requisitos, te dejás envolver por el otro sistema: el de la frustración, la decepción, la marginalidad… y vivís tu vida como pidiendo permiso, luchando constantemente con el fantasma del fracaso.

Sí, también está el otro: el justiciero, el rebelde, el transgresor, que no le importa nada y rompe con ese sistema y lo enfrenta para ponerse por encima.
¿Sabés por qué? (diría mi hijo a los tres años). Por exactamente lo mismo: destruir aquello que lo hace sentir distinto.

Los israelitas no estaban exentos a este sentimiento. Eran el pueblo elegido. Eran la luz a las naciones. Eran el linaje de Abraham.

Pero tenían que cumplir ¡613 preceptos! para encajar en el sistema. Imaginate que, si tuviste la mala suerte de tener un accidente o nacer con algún defecto, ya ni podías entrar al templo…
¡Re discriminadores los moishes!

También, como los cristianos, después surgieron diferencias doctrinales: los fariseos no se juntaban con los saduceos, ni estos con los esenios.
¿Te suenan las divisiones entre pentecostales, bautistas, renovados, presbiterianos, libres, calvinistas, luteranos, ortodoxos, cuadrangulares, metodistas, apostólico-proféticos, etc.?

¿Y entre denominaciones? Ya no decimos “yo soy de Apolos, yo soy de Pablo” (1 Corintios 1:12), pero decimos: “yo soy de la Asamblea, yo de la Unión, yo Iglesia de Dios…”.

Y para la época de Jesús, bajo la dominación del imperio, había otra división y otro motivo para acusar…

Aparecieron los traidores colaboracionistas con el imperio, buchones y alcahuetes que de israelitas solo tenían el pasaporte, porque les importaba poco y nada la nación, el templo y la liberación. ¡Los zelotes los odiaban!

¡Ah! También estaban los zelotes. Grupos revolucionarios que hoy serían una guerrilla anarquista que se infiltraba para combatir al imperio.

Entre los traidores estaban los publicanos. Estos eran emprendedores independientes. Tenían pymes financieras que se hacían cargo de la privatización de impuestos.
Ellos pagaban al Estado lo que este quería de impuestos y después cobraban al pueblo… y todo lo que pudieran sacar era ganancia para ellos. ¡Imaginate!
Nottingham… un poroto.

A esta altura ya te habrás dado cuenta de que la gente mucho no los quería. Muchas veces vemos menciones en la Biblia a los publicanos, o en otras versiones directamente como “cobradores de impuestos”, en contraste con los “justos”.

Y a uno de estos Jesús eligió. Sí, al traidor, al colaboracionista, al antipatria, al ateo, al señalado, al acusado, al rarito, a “Leví”… a Mateo.

“Jesús salió y se fijó en uno de los que cobraban impuestos para Roma. Se llamaba Leví y estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos. Jesús le dijo: —Sígueme.” (Lucas 5:27)

¡Mateo! ¿Te das cuenta? No sé si a vos te pasa. A mí me pasa. Como es el primero de los cuatro evangelios, como que es más importante, o lo recuerdo más, o le presto mayor atención.

¡Mateo! El mejor Sermón del monte, las más claras Bienaventuranzas, la revelación del reino, el evangelio a los judíos… escrito por un maldito traidor

Sí. Dios no mira ni mide ideologías, sino corazones. Dios no juzga denominaciones o doctrinas, Dios recibe adoradores.

Dios no lleva una lista de cuántos pecados cometiste y cuántas veces fuiste acusado (ah, eso sí, presta atención a los marginados), pero lleva cuenta de tus oraciones y tus sacrificios vivos derramados delante de Él.

¡Cuántos Mateos andamos dando vueltas por la vida creyendo que no somos aceptados y entonces abandonados a lo que venga!

¡Cuántos Mateos todavía están siendo buscados por los ojos de Jesús… para ser elegidos… para ser usados!

Lucas dice que “Jesús… se fijó…” en Leví (Mateo). Jesús lo miró, Jesús le prestó atención. Jesús lo vio. Y no vio su traición, o sí, la vio, pero no la miró… se fijó en su corazón.

¡Qué cosas no harías para ser aceptado!
No sé qué “no harías” hoy, pero sé qué sí podés hacer:

No te aísles.
No te encierres.
No te dejes silenciar por los que buscan tu error.
No te dejes cubrir por las voces de acusación.
No hagas caso a los que buscan tu mal.
No les creas a los que te dicen… que Dios te rechazó…

Abrí tu corazón, escuchá la voz de Jesús diciendo, como a Mateo:
“¡Seguime!”
Y, como Mateo, “dejalo todo y seguilo a Él” (Lucas 5:28).

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