Hay un momento… ¡en que hay que tomar una decisión!
Así terminé el mensaje el sábado, y es una instrucción recurrente en este año. Definitivamente, entramos en un año de cambios que nos lleva a un tiempo de madurez. Estamos entrando en esa madurez y… como les pasa a algunas especies animales… madurar cuesta.
Le pasa a las serpientes, le pasa a los escorpiones, le pasa a alguna especie de araña, le pasa a algún otro “artrópodo”, como algunos escarabajos: necesitan arrancarse la piel o romper el esqueleto exterior para poder crecer; si no, quedan atrapados en lo mismo que les dio protección hasta ese momento.
Es como las armaduras medievales. Tenían cierto grado importante de protección ante los ataques… pero, si no les hacías el mantenimiento obligado, impedían tu movilidad, frenaban tu andar y podía complicarse el proceso de “desarmado”: ¡quedabas encerrado! (¿Te imaginás ante una descompostura?).
Por eso, repito, crecer cuesta, madurar cuesta. O tenías que pasar horas encerando la chapa, o los animales que te conté hacerse ese autosacrificio para poder crecer.
Así nos pasa con nuestras rutinas. Nos pasa con nuestra forma de vida. En este tiempo en el que el Señor nos empuja a “cruzar al otro lado”, empezás a ver lo lindo que es estar de “este lado”. Te da un poco de melancolía, para qué negarlo. Es cómodo seguir haciendo lo mismo sin necesidad de tener que aprender lo nuevo.
Cuando los zapatos se amoldan a tu caminar, ya no duelen. Cuando el recorrido diario es el mismo, ya no tenés que pensar en qué calle doblar. Tengo que admitirlo: la rutina tiene sus beneficios, y la cuota apropiada de rutina es un remedio antiestrés, ya que resuelve algunas situaciones de antemano.
¡Si hasta las computadoras y los celulares incorporan rutinas de actividad para acelerar su funcionamiento!
Dejar el lugar acostumbrado requiere un nuevo acostumbramiento. Y no siempre estamos preparados.
Dejar lo viejo y avanzar al siguiente nivel requiere adaptación, y adaptarse es, en sí mismo, una adaptación: a la forma, al ambiente, al entorno, a la gente.
Si viajás, por ejemplo, de Buenos Aires a Quito, estás subiendo unos 3000 metros por encima de lo acostumbrado… necesitás adaptación y soportar el apunamiento.
Hasta la física te lo dice: que “todo cuerpo en movimiento tiende a permanecer en el estado en que se encontraba” (ley de inercia o primera ley de Newton).
Eso le pasó a Israel. Habían tenido una mala experiencia. Se subieron al caballo de su soberbia y creyeron que podían actuar independientes de Dios. Se “comieron un garrón” y Dios los limitó a no pasar de la base del monte (Números 14:40–45). Entendieron y se cuidaron. Dicen que el hombre es el único animal que cae dos veces en el mismo pozo, pero cuando la caída es fuerte… evitás pasar cerca.
Obedecieron.
Pero se acostumbraron… y perdieron el foco. Tenían un llamado. Tenían que avanzar sobre la tierra, conquistarla, poseerla, dar fruto. Pero se quedaron alrededor del monte. Hasta que Dios se cansó. (Cuidado: no sabemos cuándo, pero Dios también se cansa).
“Ustedes han estado ya mucho tiempo en este monte.” (Deuteronomio 1:6)
Decí que se movieron, si no, te apuesto que Dios les mandaba un terremoto… Cuando Dios quiere que hagas algo, Dios tiene los medios para que hagas ese algo.
Sí. Es cómodo quedarte en el lugar seguro y acostumbrado… pero puede convertirse en tu cárcel o incluso en tu sentencia de muerte. En definitiva… “Hay un momento en el que hay que tomar una decisión”.
El monte tal vez sea una limitación.
Pero el monte también puede ser tu mediocridad.
El monte puede ser tu pecado.
O el monte puede ser tu prosperidad.
El monte puede ser un impedimento.
Pero el monte puede ser tu imaginación.
Hay un momento en el que hay que tomar una decisión.
¿Qué estás esperando? ¿Qué te detiene? ¿Qué te ata? ¿Qué impide que salgas de tu limitación?
Si ya hace mucho tiempo que estás en esa condición, o la condición que sea, tomá una decisión.
Alguien dijo alguna vez: movete, no sos un árbol…
Hay un momento… en el que hay que tomar… una decisión.
