La Biblia es un libro (no es un libro) de principios. Un principio es un enunciado que funciona como fundamento, como una columna sobre la cual se edifica el resto, incluso una ideología. Un principio es una verdad irrefutable que no puede ser alterada, y cuando eso sucede, en la práctica estás edificando sobre otros “principios”; o sea, estás construyendo algo nuevo.
Hoy se los llama de otra manera, o por lo menos a la idea en general. Hoy, cuando decís algo que es determinado o determinante, cuando revelás una verdad, cuando decís o compartís algo que puede resultar impactante, te dicen que “tirás factos”: afirmaciones o verdades absolutas, irrefutables o hechos evidentes que no pueden ser negados. (Sí, es necesario “aggiornar” nuestro léxico para no quedar afuera de las nuevas formas y generaciones).
En ese sentido, en la Biblia, este libro (no es un libro) de principios… Jesús era un gran “tira factos”. Tenía esa capacidad, habilidad y profundidad de decir cosas que se convertían en principios, que, por supuesto, han trascendido los siglos y, aún más allá de la fe, siguen circulando en nuestro día a día.
¿Nunca escuchaste el famoso “Al que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”?
¿O “Por sus frutos los conoceréis”?
¿O “Den al César lo que es del César”?
Esos son “factos”. Esos son principios que se convierten en principio espiritual, y un principio espiritual es como una ley física: se cumple.
¿Le preocupará a la ley de gravedad que vos no la aceptes o no creas en ella? ¡Para nada! Aunque no le tengas fe, si abrís la ventana del primer piso para caminar en el aire, te vas a caer…
Hay un gran “facto” en Lucas 6, que revela una advertencia también en el mismo capítulo:
“Cada árbol se conoce por su fruto: no se cosechan higos de los espinos, ni se recogen uvas de las zarzas.” (Lucas 6:44)
¡Facto! ¡Revelador! ¡Clarísimo!
Lo que es una obviedad se convierte en un principio espiritual: el fruto de tu trabajo, la consecuencia de tus acciones, el nivel de quienes formaste hablan más de vos que de ellos mismos.
No podés dar lo que no tenés ni enseñar lo que no entendés.
No puede salir de vos lo que no está en vos, ni la esencia de lo que no sos.
Y acá viene la advertencia:
“Ningún discípulo es más que su maestro; cuando termine sus estudios, llegará a ser como su maestro.” (Lucas 6:40)
¿Quién es tu mentor?
¿Quién es tu “influencia”?
¿A quién seguís?
¿Quién te lidera?
¿Quién es tu “cobertura”?
¿Sos consciente de que no vas a poder ir más alto que la altura que tiene el que pusiste por cabeza?
¿Sos consciente de que no vas a poder subir más que tu guía/líder/mentor/cobertura?
¿Sos consciente de que se convierte en tu “limitante”?
Por eso, con más razón, dos cosas:
- Elegí bien debajo de quién te ponés.
- Evaluá sus frutos para saber quién es.
La Biblia es un libro (¡no es un libro!) de principios. Y estos principios son irrefutables.
Gritá, llorá, clamá, ayuná, orá… no van a ser alterados.
Porque los principios espirituales funcionan como las leyes de la física… ¡se cumplen!
