Hoy me voy a poner quisquilloso. Voy a rascar un poco en nuestro “racismo ministerial” para ser confrontado (y para que seas confrontado).
Ayer te hablé acerca de los mentores y las coberturas, básicamente de bajo quién te colocás, entendiendo que es la persona que va a formar tu criterio, pensamiento y ministerio.
Entendiendo también que “el discípulo no es más que su maestro” (Lucas 6:40), y por lo tanto tu techo ministerial va a estar dado por la altura espiritual de esa persona.
Por lo tanto, te decía, tenés que fijarte bien a quién elegís y evaluar “sus frutos”, que son la manera de reconocer su verdadera capacidad y condición.
Pero (y acá viene lo “quisquilloso”), hacer eso puede ponerte en una postura muy exigente, tal vez muy “exquisita”, y pretender que, si no es Dante Gebel o Cash Luna, no están “a tu altura” para ser ministrado.
A eso llamo “racismo ministerial”. No tenés conflictos de raza (espero) o de sexo (supongo). Tal vez (ojalá así sea) no tengas problemas con el nivel social, cultural o económico; después de todo, Dios no mira cuánto tenemos o dónde vivimos ni cómo, sino que Dios realmente mira el corazón, la entrega y la disposición.
¡Cuántas veces encontraste ministros que a tus ojos no reunían las condiciones mínimas… pero en cuanto se pusieron a orar o predicar te cerraron la boca de un sopapo! (sopapo espiritual, claro).
Tal vez conociste a la persona, o conocés su origen o familia… y por eso no le das crédito.
¡Cuidado! Lo mismo hicieron con Jesús: no creían en Él porque “era el hijo del carpintero y conocían a sus hermanos y hermanas” (Mateo 13:55–57).
En esa ocasión eso provocó el asombro de Jesús y su desconcierto, de tal manera que “no hizo allí muchos milagros” (Mateo 13:58).
Tal vez no te guste su manera. Te entiendo, algunos gritan y se zamarrean de tal modo que ¡parecen endemoniados! O usan palabras o un léxico incomprensible, o cerrado, o denso, o anticuado… ¡que no te dan ganas de escucharlos!
¡Cuidado! También se lo hicieron a Jesús. Tanto que llegaron a decirle: “Demonio tiene” (Juan 10:20).
O tal vez, simplemente “no te cae”, “no te cierra”, “te desagrada”… sin darte cuenta de que Dios llamó “a lo vil y menospreciado para avergonzar a lo sabio y entendido” (1 Corintios 1:28).
Como sea, el punto es simple: ¿Por qué censuramos el mensaje por culpa del mensajero?
Es cierto que el mensajero tiene mucho que ver. Juega un rol importantísimo en la propagación del mensaje. Vos primero aceptás al comunicador y entonces recibís sus palabras.
Es un tema delicado. Alguna vez dije que el mensajero es más importante que el mensaje, y justamente por esto: porque el mensaje es más importante que él, y si no procura ser recibido y escuchado, impide que ese mensaje sea recibido y aceptado.
Pero cuidar la manera de presentación del mensajero no habilita censurarlo.
¿Y si había algo interesante para ser escuchado?
¿Y si Dios estaba usando un burro?
¿Y si Jesús venía montado sobre un asna?
Así le pasó a Juan el Bautista. No era, digamos, un predicador VIP. No usaba ropa de marca ni zapatos de suela roja. No se movía en alta gama ni exigía agua mineral importada. No dormía en cinco estrellas ni quería asistente personal. ¡Era un croto! Pero con un mensaje confrontador, revelador y lleno del poder de Dios.
Los que “sabían” no lo aceptaban. No lo querían. Les molestaba.
No tuvieron ningún problema, cuando la situación lo permitió, de meterlo en la cárcel y abrir la puerta para que fuera sentenciado a muerte.
Pero no querían saber nada de lo que él tenía para decir y de lo que eso iba a traer en consecuencia.
“…los fariseos y los maestros de la ley no se hicieron bautizar por Juan, despreciando de este modo lo que Dios había querido hacer en favor de ellos.” (Lucas 7:30)
Tremendo Lucas: “…despreciando de este modo lo que Dios había querido hacer en favor de ellos.”
En eso fue más sabio Gamaliel, el que fue en algún momento maestro de Pablo (bueno, de Saulo): “Olvídense de estos hombres. Déjenlos. Porque si esto que hacen es de carácter humano, se desvanecerá; pero si es de Dios, no lo podrán destruir. ¡No vaya a ser que ustedes se encuentren luchando contra Dios!” (Hechos 5:38–39), permitiendo así que los apóstoles fueran liberados y siguieran predicando el evangelio.
Viene un predicador invitado a la iglesia. ¿Qué hacés?
¿Te predisponés para recibir la palabra que Dios manda por medio del predicador?
¿O rechazás la palabra que Dios quiere dar, porque viene por ese predicador?
¡Che! No sea cosa que “estés luchando contra Dios”…
Te entiendo, créeme que te entiendo, te comprendo, te acompaño y te banco.
Pero Dios nos manda “sacar lo precioso de entre lo vil” (Jeremías 15:19) y a “examinarlo todo y retener lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Después de todo, ¿quién soy yo para juzgar al mensajero?
Aprendamos a recibir lo que Dios tiene para decirnos.
Aprendamos a “abstraernos” y escuchar la palabra en medio de, tal vez, gritos y formas raras.
Aprendamos a reconocer que Dios puede usar a un burro, que capaz es más burro que vos… o tal vez vos lo superás en “burradas”.
Estos fariseos se perdieron lo que Dios quería hacer en ellos.
No se pueden hacer suposiciones sobre cosas ya pasadas, pero… tal vez… su historia habría sido diferente…
