Aceptados

¡Ay, Deuteronomio! A pesar de que tenés nombre de remedio, tengo que admitirlo, tengo que confesarlo… sos uno de los mejores libros del Antiguo Testamento.

Digo “uno de…” y no “el mejor…” para no entrar en competencias o provocar grietas. Seguramente tendrás tu opinión personal y, es más, tal vez hasta sea el que más te aburre (no creo, Números se lleva todos los premios).

Si vamos a encuestas, nos encontraríamos con amantes de Isaías, otros de Salmos o Proverbios (amo Proverbios); Esdras y Nehemías no tienen desperdicio… Génesis, en definitiva, nos da el marco de contexto de la vida misma y el porqué del evangelio. Bueno, Éxodo no se queda atrás: es el mapa que explica la vida espiritual y la relación Dios/Iglesia/Creyentes.

Tal vez te gustan Samuel, Crónicas o Reyes. Sí, cada uno tiene su gustito especial. O sos team Jueces, con las vidas de Gedeón, Sansón y Débora… ¡wow! toda una película de acción.
¡Me estoy olvidando de Josué! Tremenda gesta conquistadora, que es el trasfondo de “Conquistando la Promesa”.

Pero Deuteronomio tiene “ese no sé qué…” diría Goyeneche… que me gusta tanto. Es una recopilación, en primera persona, de los acontecimientos más importantes de Éxodo, Levítico y Números. Es un “racconto” de las cosas que Dios hizo, mirándolas con “el diario del lunes” y mostrando así las consecuencias, tanto buenas como malas, de las buenas y malas decisiones de Israel.

Deuteronomio te hace recordar que no sos tan bueno como creías, que, a pesar de haber sido rescatado, perdonado y justificado, nada de lo que Dios hizo y hace es por mérito propio.

Que Dios me lleva a lugares de bendición y plenitud. Que me concede favores inimaginables. Que Él “suple todo lo que me falta”, pero nada de eso es por mi conducta, o mi trayectoria, o mi desempeño en cumplir su voluntad y propósito, sino que todo es porque así lo decidió.

Que tengo que tener siempre presente que “Él va al frente” y, gracias a eso, es que puedo “conquistar la tierra” y alcanzar mis sueños y metas (las que estén de acuerdo a su voluntad), y que nada es por mi propio esfuerzo, sino solo porque Él va adelante (pero que además requiere mi esfuerzo, porque, si no, no mueve un dedo).

Que lo que tengo proviene de Él, y si algo puedo hacer, es porque Él me dio esa capacidad. Que si hay algo bueno en mí (como me pasó anoche) proviene de Él, y que si en algo me estoy equivocando… ahí está mi mano metida (pero aun así me sigue tolerando).

Que todos los méritos que yo pueda hacer solo van a ser un aporte positivo, porque lo que Él hizo no lo hizo por mí, sino para cumplir su palabra y su promesa. Que (esto no es Deutero…, pero para que me entiendas) “siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

No me gusta hablar del diablo. Siempre siento que le estoy dando demasiada relevancia solo por el hecho de nombrarlo. Perdón, ni siquiera nombrarlo, porque no tiene nombre; tal vez… “mencionarlo”.
Pero este ser sin nombre tiene un punto a reconocer: es muy hábil para mentir.

¡Padre de mentiras!, lo llamó Jesús (Juan 8:44).

Y en su pack de mentiras, a veces logra convencerte (yo en esta no entro) de que no sos digno de presentarte delante de Dios (es verdad), que no merecés acercarte a Dios (es cierto), que te equivocaste, pecaste y fuiste “destituido de la gloria de Dios” (Romanos 3:23, totalmente).
Y que, por lo tanto, Dios te ignora, te rechaza, te da vuelta la cara y se aleja de vos.

¡Ah, cucaracha! ¡Ahí te agarré! Ese es el método diabólico: arma un engaño con un alto porcentaje de verdad y lo remata con una mentira (el “relato” de la política no lo inventó un hombre…).

Moisés estaba angustiado. Israel ¡se la había mandado! Hicieron realmente molestar a Dios. ¿Qué molestar? ¡Hicieron enojar a Dios! Y el enojo de Dios puede tener consecuencias… inesperadas… y nada agradables.

Preguntale a Noé si no…
O a Sodoma y Gomorra…
O a Jonás…
O a Ananías y Safira…
y tantos otros más…

Moisés oró. Habló con Dios. No esperaba respuesta ni resultado favorable. Pero dice 9:19 que… “Yo estaba asustado del enojo y furor que el Señor manifestó contra ustedes, hasta el punto de querer destruirlos; pero una vez más el Señor me escuchó.”

“…pero una vez más el Señor me escuchó.” (Deuteronomio 9:19)

Versículos más adelante vuelve a repetir lo mismo, diciendo que también Dios lo había escuchado (Deuteronomio 10:10), y podría rematarte esto con Romanos 8, que “nada ni nadie te puede separar del amor de Dios” (Romanos 8:38–39); Romanos 5, que ya mencioné, “que siendo pecadores…”; Ezequiel 16, diciendo que “cuando te perdone te va a restaurar” (Ezequiel 16:63); o el genial Hebreos 4, que sin muchas vueltas te invita a “acercarte confiadamente… para recibir gracia y misericordia” (Hebreos 4:16).

¿Te das cuenta de que si te invita a recibir “gracia y misericordia” es precisamente porque estás descalificado, no das la medida y no te lo merecés?

¡Ay, Deuteronomio…! Gracias, che…
Bueno, gracias a Moisés que lo escribió.
Bueno, gracias a Dios que lo inspiró…

No permitas que las mentiras de la ‘gran cucaracha’ te alejen de Dios.
No prestes tus oídos, tu corazón, tus ojos y tu mente a lo que te quiera separar de Él.
No hagas caso a la acusación que te corta los caminos y te cierra las puertas…

“Acercate ¡confiadamente…!”
Porque “una vez más…” el Señor te va a escuchar.

Dejar un comentario