La duda de la fe

Hoy temprano me hicieron una pregunta acerca de la fe. Por un instante (muy chiquitito) me sentí Jesús, cuando sus discípulos le pidieron que les aumentara la fe (Lucas 17:5).

La fe es un “elemento abstracto”, que, sin embargo, se puede ver, aunque no tocar. La fe tiene la particularidad de moverse en la ambigüedad de los planos divinos y humanos al mismo tiempo. Obviamente no es algo que venga de nosotros; viene de Dios, pero él la puso en nosotros y los encargados de “usarla” (no es peyorativo) somos nosotros.

La fe no depende de la vista. Pablo lo dice bien claro: que “por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7), y el autor de Hebreos (¡espero en el cielo enterarme de quién lo escribió!) dice que la fe es “…la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).
Por lo tanto, repito, no depende de la vista… pero los que nos movemos en fe también tenemos ojos.

Ayer hablamos de eso. Hablamos de los tiempos y las maneras de Dios. Que, cuando parece tardarse, la fe empieza a ser desplazada por la duda, la que, si gana ese lugar, ¡se prende como garrapata y no quiere entregar el control!

A veces Dios obra en forma milagrosa, otras por medio de la ciencia; otras más por el entrenamiento al que nos somete, aprendiendo a seguir su voluntad.

A veces responde u obra en el acto; otras veces se tarda; otras más usa un método progresivo… va por partes, de a poquito, hasta alcanzar la “pleroma”, la plenitud.

Me lleva otra vez a pensar en Abraham, quien batallaba entre la duda y la fe (sí, Abraham, el padre de la fe también dudaba). Menos mal que, previendo la situación, Dios le dio un “fetiche” (alerta religiosos), un conector con la promesa para recargar las baterías de su fe.

Cuando se descargaba, miraba al cielo… y ahí su corazón le recordaba: “si podés contar las estrellas… así será tu descendencia” (Génesis 15:5).

No hay dudas de que Dios conoce nuestra mente y, con ella, nuestras dudas. Dice, claramente, que “conoce que somos polvo” (Salmo 103:14) y que “conoce nuestras debilidades” (Hebreos 4:15).
Y, como nos conoce, nos recuerda, nos repite, nos asegura…

“Sí, el Señor tu Dios te bendecirá, tal como te lo ha prometido,…” (Deuteronomio 15:6).

Sí, Dios va a cumplir lo que prometió. Sí, él va a hacer lo que dijo que iba a hacer.
No, no lo va a hacer cuando vos quieras. Sí, lo va a hacer en el momento apropiado, en el momento oportuno, para que tenga un resultado… perfecto.

¿Qué estás esperando?
¿Qué te prometió?
¿Cuál respuesta no llega?

“La certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve.

Sí, ciertamente… “…el Señor tu Dios te bendecirá, tal como te lo ha prometido,…”

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