Entendimiento y Revelación

¡Qué importante es la revelación! Sos muy chico, seguramente, y casi no vas a saber cómo era la experiencia del revelado de fotos. No hablo del proceso técnico (y químico) de pasar una imagen del negativo al papel, sino de la parte del consumidor: tomar las fotos (máximo 36 por rollo), llevarlas al local de revelado, pagar la seña, volver a los tres días, o dos… o al día siguiente, como fue las últimas veces.

Y lo mejor… ir a retirarlas: entre la ansiedad por ver cómo salían y la frustración por las que salieron mal… toda una experiencia.

En medio de eso aparecieron esas de autorrevelado. Las instantáneas. ¡Malísimas! Eran muy chicas, cuadradas, siempre con un marco blanco… y a los meses empezaban a decolorarse. Un intento fallido de modernidad que desapareció junto con tantas otras cosas que la tecnología arrasó.

El revelado tenía esa cuota de misterio. Mirando el negativo podías reconocer la foto final. A veces no reconocías los rostros o, más aún, jugabas con las extrañas expresiones que resultaban de los opuestos. Por algo se llamaba “negativo”: las sombras se veían iluminadas y las luces, oscuras.
Hoy es un filtro en las aplicaciones o programas de edición de imagen.
Allá lejos y hace tiempo… era el día a día. Lo habitual.

Creo que a eso se refería Pablo cuando hablaba de la revelación de Cristo: “Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara.” (1 Corintios 13:12). Es más, termina diciendo: “Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido”, hablando de un cambio total en cuanto al entendimiento de Dios y de mí mismo.
“Conocer como soy conocido” es verme como Dios me ve, así como “ver cara a cara” es tener un pleno entendimiento de quién es Jesús, de quién es Dios.

Puedo entender a los israelitas en época de Moisés, que venían de un paganismo politeísta total, que aun sabiendo que existía un solo Dios, se contagiaran del culto a las deidades egipcias. Puedo entender, en ese contexto, que Moisés tuviera que repetirles una y otra vez: “Conozcan que Dios es Dios” (Deuteronomio 7:9), en esa mezcla de absurdo y razón con la que les pedía que se dieran cuenta debajo de quién estaban y quién realmente los había liberado de la esclavitud y opresión.

Puedo entender el interés de Jesús, preguntando a sus discípulos acerca de la opinión que la gente tenía de Él (Lucas 9:18), y que reciba todo tipo de respuestas u opiniones distintas. Se trataba de “la gente”… y “la gente”… es gente.

Pero no puedo entender lo mismo respecto de ellos, de los discípulos, de aquellos que llevaban tres años a su lado.
Sí, ok, ahí Pedro habló y dio cátedra con su respuesta. Jesús mismo lo felicitó cuando él dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Lucas 9:20), y justamente menciona la revelación.

Pero tan solo un rato antes, antes de sentarse al fogón, antes de cruzar al otro lado (seguramente fue por eso), cuando había terminado el culto/congreso/seminario ante cinco mil hombres… ellos le dicen:

“—Despide a la gente, para que vayan a descansar y a buscar comida por las aldeas y los campos cercanos, porque en este lugar no hay nada.” (Lucas 9:12)

“…en este lugar no hay nada…” ¡Qué frustración! ¡Con razón Jesús en más de una ocasión les dijo: “¡Hasta cuándo os tendré que soportar!” (Mateo 17:17). Y a los demás llegar a decirles: “Esta generación perversa demanda señal…” (Mateo 12:39).

¿No les alcanzaban los milagros?
¿No era suficiente con las multitudes?

No, necesitaban revelación.

Solo sin revelación podés enfocarte en lo que te falta sin ver lo que tenés a la mano.

Solo sin revelación podés creer que, en otro lugar, podés encontrar o recibir el alimento que Él te puede dar, o que algún otro sería mejor que Él.

Solo sin revelación podés llegar a pensar que el que resucitó a un muerto, devolvió la vista a un ciego y el oído a un sordo, no tenía poder para, en el peor de los casos, hacer que se les pase el hambre a los que estuvieron a su alrededor.

¿Qué pasaba cuando no llevabas el negativo a revelar?
Te quedabas con el negativo. Lo guardabas para alguna futura ocasión. Jugabas con las luces y sombras. Pero nunca podías ver la imagen completa y en perfección.

Lo que no está revelado solo muestra una “imagen invertida” (en realidad, el negativo de esa imagen), y ves las cosas como lo que no son:

Medís la siembra en vez de valorar la cosecha.
Evaluás el esfuerzo en vez del resultado.
Te parece mucho lo que Dios te pide y decidís darle “a tu manera”.

E interpretás lo espiritual a la luz de lo natural, cuando lo espiritual “solo se discierne espiritualmente” (1 Corintios 2:14).
En vez de “transformarte por medio de la renovación de tu entendimiento”“te amoldás al mundo actual”, siguiendo sus criterios y principios, y entonces no llegás a “comprender la buena voluntad de Dios, que es agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

La revelación de Cristo, verlo como realmente es y como Dios dice que es, te abre las puertas del siguiente nivel y de empezar a vivir de otra manera.

¿En qué estás poniendo tu mirada?
¿Llegás a reconocer quién es Jesús?
¿Llegás a darte cuenta de que Dios es Dios?

¿Podés medir la magnitud de su poder?
¿Creés que necesitás algo más que a Cristo para sentirte pleno y ser feliz?
¿O sos de los que van por los campos buscando qué comer, porque delante de Él no encontrás nada?

¡Uhh… me dolió!

Tenemos que cambiar la manera de pensar…
Acerca de Dios.
Acerca del Evangelio.
Acerca de la Iglesia.
Acerca de la visión de la Iglesia.
Acerca de lo que Dios piensa y espera de nosotros, de vos, de mí.
Acerca de quién soy/sos delante de Dios.

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