Las cosas de Dios son simples, sencillas, claras. Las cosas de Dios no tienen mucha vuelta ni requieren mucha explicación.
Durante siglos han aparecido los que se “autopercibían” como los “exégetas” de Dios: los únicos con autoridad para interpretar su palabra y convertirse, de esa manera, en “guardianes de la sana doctrina”. ¡Qué arrogancia! ¿Vos de verdad pensás que Dios necesita que lo defiendan?
Por lo que leo hoy de sus palabras en Deuteronomio, parece ser al revés: somos nosotros, esta humanidad caída, los que necesitamos de él; que nos defienda de aquello que nos provoca temor y, además, que nos lo recuerde una y otra vez, porque somos muy propensos a dejarnos llevar por lo que nuestros ojos ven (Deuteronomio 20:1-4).
No. Dios no necesita defensores ni intérpretes que nos salven de las conspiraciones diabólicas que pervierten la doctrina.
Desde Elena de White hasta Russel y Rutherford; desde Joseph Smith hasta la Santa Inquisición, han querido anular la profunda simpleza de la palabra de Dios, la que fue pensada para ser recibida, leída, entendida y llevada a la práctica por los creyentes de todos los tiempos, épocas y razas.
No. Las cosas de Dios no tienen mucha vuelta ni requieren mucha explicación, ni son difíciles de aplicar.
El problema está en nuestra humanidad.
El problema radica en evitar la confrontación.
El problema se encuentra en la voluntad: aceptar o no aceptar, obedecer o no obedecer lo que Dios pide y manda hacer.
¿Cómo evitamos un conflicto?
No entres en el conflicto.
No des motivos para que te involucren en el conflicto.
¿Cómo evitamos “quedar pegados” en los líos de los demás?
No te enredes en los líos de los demás ni te mezcles con ellos (Deuteronomio 18:9).
¿Por qué cuesta tanto decir que no?
Porque te cuesta quedar expuesto, mostrarte distinto, romper el molde, que te vean diferente a los demás (Éxodo 19:5).
¡Sería tan fácil si tan solo dijeras “no”!
Salomón se lo enseñó así a su hijo: “Si los pecadores quieren engañarte, ¡no se lo permitas, hijo mío!” (Proverbios 1:10).
¡Re sencillo!
Pero qué difícil…
Además, se suma otro factor: para no ser engañado tenés que ser despierto, entendido y observador… lo que se logra también:
“Dichos de Salomón, hijo de David, rey de Israel, que tienen como propósito: comunicar sabiduría e instrucción, ayudar a comprender palabras llenas de sentido, adquirir instrucción, prudencia, justicia, rectitud y equilibrio; hacer sagaces a los jóvenes inexpertos y darles conocimiento y reflexión.” (Proverbios 1:1-4).
Sí. Las herramientas están a tu disposición. Solo que, otra vez, el problema radica en la voluntad.
Tampoco se soluciona mirando para otro lado. Mucho menos creyendo que no te va a afectar. Porque… “A los inexpertos los mata su falta de experiencia, y a los necios los destruye su despreocupación.” (Proverbios 1:32).
¿Cómo estás con la influencia de tu entorno?
¿Sos de los que marcan la diferencia o de los que se dejan influenciar?
Las cosas de Dios son claras, sencillas, fáciles. Lo difícil es romper la voluntad.
