Ayer se dio una situación en la que, sin quererlo, me encontré mirando un programa infantil. Me trasladó a la época de mis hijos siendo pequeños, donde a través de los años fuimos experimentando la evolución de ese tipo de programas.
Muy lejos en el tiempo quedaron los dibujos animados de Anteojito y Super Hijitus , así como Firulete, Cañito , la Bruja Cachavacha y el Hada Patricia.
Después vinieron, claro, Patolandia , Xuxa , La Ola Verde y, con ellos, toda una serie de dibujos animados, algunos educativos y otros bastante… dejalo ahí… que atrapaban a los “peques”.
¿La clave? Una emanación de colores en movimiento que captaban su atención y atraían todos sus sentidos (o, por lo menos, vista y oído), generando un cono de aislamiento gracias al cual los papis tenían un rato de silencio y tranquilidad (¿catarsis?).
Pasaron los años y las generaciones y, sin darnos cuenta (¿o sí?), estamos viviendo en un gran programa infantil. No sé si sea porque somos una raza de inmaduros o porque se han perfeccionado las técnicas de manipulación y control (hoy y mañana vamos a tocar estos temas); pero cada vez tenemos más señuelos que atraen nuestra atención y nos meten en esos conos de aislamiento.
Las redes sociales, que nacieron con la idea de conectar grupos y gente, hoy son una suerte de cárceles virtuales que mantienen “presos” a esos grupos y a esa gente. Para potenciar esto, constantemente se van modificando los sistemas de captación, de manera que no podamos escapar de su atracción y, al mismo tiempo, nos hacen consumidores y generadores de lo mismo.
Estas y también los programas de streaming (confrontación para mí) no buscan generar conciencia, formar o capacitar a la audiencia, brindar herramientas sociales o educar… sino solo y únicamente captar seguidores y nada más.
En la posguerra, los medios de comunicación brindaban herramientas de superación y tratamiento de los conflictos de la misma. Por ejemplo, no puedo olvidar el famoso caso de Popeye o Dr. Kildare : la primera en dibujos animados y la segunda en formato novela televisiva, que buscaban fomentar la alimentación de los chicos —viendo que la espinaca te daba superpoderes— y mostrar un médico atractivo, seductor, para que muchos estudiaran medicina (ya que había carencia de médicos).
Hoy… solo se ofrece lo que a la audiencia le gusta, bajando cada vez más el nivel de producción y calidad, ofreciendo un contenido cada vez más chabacano, grosero, procaz, promiscuo y casi… pornográfico (es más importante saber quién se acostó con quién, cómo lo pasó y con quién más, que aprender ciencia, artes, cultura y tecnología).
Lo importante solo es captar seguidores.
Creo que los cristianos estamos en falta en esto. Creo que vamos un paso atrás, y no pisando los talones precisamente, sino hasta en contramano.
Por un lado están los que se dejan atrapar por esto mismo, entrando en la misma movida… generando contenido para no desentonar.
Por otro lado están los que se quieren diferenciar de esto y siguen empuñando megáfonos, creyendo que es la manera santa de predicar.
Por supuesto que ni uno ni otro. Debemos pedir a Dios dirección, sabiduría y discernimiento para colocarnos en la posición correcta para impactar. Después de todo, hay una instrucción de Jesús que sigue estando vigente: “Que su luz alumbre ante los hombres para que vean sus buenas obras y así se acerquen y conozcan a Dios” (Versión libre de Mateo 5:16).
Yo sigo convencido de que si Jesús estuviera hoy predicando por las calles… tendría Instagram y todas las redes sociales para meterse en las “tribus” sociales y, desde ahí, impactar. Pero no lo veo haciendo “trends” , sino marcando la diferencia con altura, con vuelo, con nivel.
Creo, con tristeza, que muchos cristianos creen que “la religión” (ese es el problema) no tiene nada que ofrecer al mundo y entonces necesitamos disfrazarnos de mundo. Nada que ver: todo lo contrario. Cristo sigue siendo la única fuente de agua viva en un mundo cada vez más seco y deshidratado.
La atención no debe estar puesta en cuántos seguidores o likes alcanzamos, ni cuánto conseguimos monetizando contenido, sino que, como dijo Jesús en Lucas: “Ustedes pongan su atención en el reino de Dios, y recibirán también estas cosas” (Lucas 12:31), donde precisamente “estas cosas” se refiere a las cosas que la gente busca. La manera de alcanzarlas, también, es “poniendo la atención en el reino de Dios”.
Sé que es difícil caminar contra la corriente.
Sé que navegar cuesta arriba agota.
Sé que ir a contramano de la sociedad te hace chocar y podés salir dañado…
Pero el mandato sigue siendo el mismo: “sean luz”.
¿Dónde está puesta tu atención?
Ah… ¿dónde está tu corazón? Porque Jesús dijo que “donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón” (Lucas 12:34), por lo tanto, para saber cuál es nuestro tesoro… fijate dónde está tu corazón.
Sí. El evangelio es… una confrontación constante.
