En esta época suena algo extraño. No porque hayan cambiado los valores o las costumbres, sino porque es algo que está cada vez más lejos de las posibilidades sociales. Hoy, tener la casa propia es casi una utopía o un sueño real (de los que vivís cuando estás dormido); pero no hace muchos años atrás era la meta natural de cualquier pareja al pensar en casarse.
Hoy, los gurúes financieros dicen que eso siempre fue un error: que tener una casa propia es acumular pasivos que solo generan gastos y, por eso, los millonarios actualmente suelen alquilar sus viviendas, para no desvalorizar su capital.
No lo termino de entender del todo… pero es lo que hay.
Como sea, tengas tu casa propia o no la tengas, tu vivienda, el lugar donde vive tu familia, el lugar donde te criaste, se están criando o se criaron tus hijos, es un lugar importante. Juega lo emotivo, los recuerdos, las historias vividas. Y juega la tranquilidad del arraigo, lo establecido: que no te van a echar de “tu casa” de la noche a la mañana solo porque a alguien se le ocurrió.
Y no estoy hablando de casas…
Sino de aquellas cosas que Dios puso en tus manos.
De aquellas cosas que están bajo tu responsabilidad.
De aquellas que sí (sin que aparezca Afec) están bajo tu control.
En la Biblia, la casa tiene varias aplicaciones:
Es tu casa.
Es tu familia e hijos.
Es tu linaje.
Es tu herencia.
Es tu legado.
Es también la habitación espiritual de Dios.
¿Te acordás que Hageo reclamaba que “dejen de ocuparse de sus casas y empiecen a ocuparse de la casa de Dios” (Hageo 1:4)?
Es tiempo de cuidar la casa, la casa de Dios.
¿Cómo están los cimientos?
¿Cómo viene de pintura?
¿Qué tal los techos? ¿Hay goteras?
¿Son seguras las puertas?
¿Hay buenas cerraduras?
¿Tenés algún sistema de protección?
Dijo Salomón: “Al que descuida su casa, nada le queda; el necio siempre será esclavo del sabio.” (Proverbios 11:29)
¡Y encima te compara con el necio!
Es tiempo de cuidar tu casa…
Es tiempo de cuidar la casa de Dios…
