¡Ay Dios! Tenía apenas unos pocos meses formando parte de un equipo de liderazgo juvenil en una iglesia cristiana. Es más, tenía menos de un año de convertirme al evangelio así que todo, en todo, era nuevo para mí.
Siempre fue una persona visible. Siempre estuve “en medio de”. Siempre sobresalí por algo. Pero siempre fui tímido, vergonzoso e inseguro de mí mismo. Creo que algunas cosas en las que me esforcé para sobresalir fueron solamente para esconder esas inseguridades. Crecí y me formé con miedo a las burlas y a fracasar, por lo tanto nunca fue fácil para mí tomar la iniciativa y mucho menos la exposición.
Como te dije, tenía unos pocos meses liderando y en una actividad juvenil, el grupo estaba representando una obra teatral que, obviamente, dejaba un mensaje de edificación. El punto era que siempre que había una representación o sketch o lección objetiva o juegos aún, que tuvieran un propósito aplicable, era necesario “cerrar” la actividad con una conclusión. O sea… alguien tenía que hacer esa conclusión.
Entonces cuando ya estaban en los últimos minutos, todos observábamos tras bambalinas esperando el final y yo, el nuevo, esperando a ver quien cerraba. Pero nadie avanzaba. Ya casi sobre el final, la líder me dice: “vas vos” a lo que yo respondo: “ni loco”. La líder repite: “vas vos”. Repito: “ni pienso”. En ese ínterin e intercambio de palabras termina la obra. Había que pasar al frente…
Entonces la líder no tuvo mejor idea (hoy le doy gracias) que darme un empujón bien fuerte, detrás del telón, de tal manera que aparecí en escena tropezando, trastabillando y parado como un tonto delante de la gente. ¿Qué pensás que hice? Te la hago muy simple: Era más la vergüenza por volver atrás que por empezar a hablar, así que…. ¡empecé a hablar!
Y así me convertí en predicador y ahora, en intento de escritor.
Gracias a la que no dudó. Gracias por la vergüenza. Fue el puntapié (casi literal) necesario para comenzar mi ministerio.
