“No existen los desiertos”, decían algunos; “Estás en pecado”, decían otros; “Es una prueba”, era la respuesta más simple (e ignorante); “Es parte del proceso”, me gusta pensar y decir a mi, porque creo con total convicción que “No hay bendición sin transformación, no hay transformación sin proceso”. Podría decir, uniendo las ideas, que “el desierto es el lugar donde somos procesados”.
