Tala

Si yo te digo “The End” vos sabés bien de qué se trata. ¿O no? No sé bien por qué pero estas dos palabras tienen definición propia porque desde siempre las hemos visto al final de las películas, ya sea en cine o en “la tele” en nuestra infancia. Sí, no lo vas a creer, antes se miraban películas en TV, en canal de aire… ¡Si me habré colgado en los “Sábados de Súper Acción” del 13 o el “Cine de Súper Acción” del 11 🤭.

Pero cuando miramos en retrospectiva (me encanta usar esa palabra) u objetivamente, The End (El Fin) nunca era el fin. A ver, la novela romántica terminaba cuando la parejita se unía a pesar de la oposición; las de acción, cuando el “muchachito” se convertía en héroe y también conquistaba a alguna “muchacha”; las de terror siempre te dejaban una puerta abierta; las históricas, te mostraban solo el lado vencedor. Pero todos sabemos que empezar una relación amorosa no es el fin, sino solo el inicio de una historia que comienza.

En el matrimonio, empieza la etapa de adaptación; en los romances, la de afirmación; y en cualquier otro “The End”, nos enfrentamos a una nueva etapa. Las historias no terminan hasta que estas no tengan un resultado, un resultado que vaya más allá de la foto, un “fruto que permanezca”.

Así dijo Jesús respecto de la iglesia, bueno, de los cristianos; que los que lo siguen (seguimos) deben (debemos) “llevar fruto”, un “fruto que permanezca” y que acompañe nuestro diario vivir. Que donde vayamos, ese fruto esté ahí; que pueda ser comprobable, visible, palpable. Que muestre que hemos sido transformados y tenemos un compromiso con el que nos salvó. Algo de eso hablábamos ayer: “No te olvides del que te sacó de la esclavitud” y la mejor manera de recordarlo es “dando fruto”.

También dijo Jesús que el fruto es el distintivo identificatorio, que así como en las guerras se llevaban banderas, uniformes o escarapelas; así como los equipos deportivos tienen distintas camisetas, así el fruto muestra quienes somos, o lo que somos. “Por sus frutos los conocerán”, dijo él, así que el fruto va por delante como una lámpara o un heraldo, anunciando quien viene detrás.

Tanta es la importancia (¿obsesión?) que Jesús le da al fruto, que hablando a los religiosos les dijo: “Por tanto les digo, que el reino de Dios les será quitado a ustedes, para dárselo a gente que produzca los frutos que debe dar” (Mateo 21:43). “Que produzca los frutos que debe dar” Simple, claro, directo. Es como cuando plantás un limonero, tiene que dar limones. O cuando ves un árbol que tiene limones, ¿a que no sabés? ¡Es un limonero! Lo que no da fruto debe ser cortado porque existe para dar fruto y si no cumple con su razón de existencia, ¿para qué está? O, también en palabras de Jesús, “¿para qué inutiliza también la tierra?” (Lucas 13:7)

“Que produzca los frutos que debe dar”

¿Viene la pregunta? ¡Viene la pregunta! (El evangelio es una confrontación constante)

¿Estás dando fruto?
¿Estás llevando fruto donde sea que vas?
¿Estás generando un fruto que permanece?
¿Estás dando el fruto que debés dar?
¿Se puede ver el fruto que das?
¿Te reconocen por tu fruto? (¿o por no tenerlo?)

¡Ay!

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