Muchas veces hablo acerca de las modas de la iglesia. Tengo unos cuantos años en el evangelio, y aunque no son tantos mirando desde una perspectiva histórica, en menos de 35 años vi pasar varias de ellas.
Pero más allá de las modas están los estilos y la “evolución de las creencias”. Realmente no sé qué es peor, si la risa, el oro y la alabanza; demonizar la batería, las luces y banderas; o la discusión sobre qué es más importante: la alabanza, la palabra, la oración o el evangelismo.
Claro, de golpe me acuerdo que toda institución conformada por personas suele tener sus diferencias y la iglesia no deja de ser, acá en la tierra, una institución conformada por personas.
Entonces aparece la doctrina de los (supuestos, engañosos y fuera de contexto) “cinco ministerios”, donde “el apóstol es el primero”, pero “el evangelista es el dedo mayor”, ah pero “el profeta es el que señala el error!” Falta nada más que te digan que el maestro es más importante porque “el meñique limpia el oído!!”
Pero con el tiempo y la madurez (tiempo solo no alcanza) te das cuenta que ni una cosa ni la otra son la más importante sino que todo es parte de un gran mecanismo espiritual que, también, incluye a la gente. Si. A esa misma gente que genera las divisiones. Ahora bien, ¿vos pensás que esto es cosa de los últimos 30 años?
Jesús también se topó con las divisiones. No solo entre judíos y romanos, no solo entre santos y pecadores, no solo entre pescadores y soldados, sino entre las distintas maneras de entender a Dios, la fe y el judaismo: los fariseos y saduceos.
Se encontró en medio de una discusión sobre la resurrección, eso incluía la existencia o no de los ángeles; todo eso decantó en la cuestión de tiempos finales y eternidad. Pero él lo resolvió. A su manera, corta, simple, directa, determinada y sin vueltas: “El error de ustedes es que no conocen las Escrituras ni el poder de Dios” (San Mateo 22:29)
Ni la teología, ni las posiciones, ni los ángeles, ni las autoridades, ni la batería, ni la alabanza, ni la risa, ni la denominación. “Las escrituras y el poder de Dios”
1ra lectura que hago: el evangelio se sostiene solamente sobre la palabra de Dios y el poder de Dios. Pablo ya lo dijo: “el reino de los cielos consiste en Poder“.
2da lectura que hago: la Palabra y el Poder están a la misma altura, al mismo nivel, a la par, un “tête à tête” (o “cabeza a cabeza” como diría Discépolo).
Y ambos se sostienen sobre la fe: creer en la Palabra, creer en el Poder.
¿A qué diferencias le prestas atención?
¿Qué diferencias alimentás?
¿En qué debates o discusiones te enganchás?
¿En qué “perdés tiempo” sin edificar?
Procurá pararte, arraigarte, desarrollarte y crecer… en la Palabra de Dios, y en su Poder.
