Creo que si hay una expresión popularmente reconocida es el “¡Arriba las manos!” Por supuesto que no es la única en esa categoría, podría mencionarte “¿Qué gusto tiene la sal?” y obviamente ya sabés la respuesta, o si te digo “¡Hola Don Pepito!” ¿Qué contestás? Pero desde tiempos inimaginables “arriba las manos” nos hace correr un frío por la espalda, ya sea viniendo de un policía, un ladrón ¡o una broma!
Es una invitación a estar preparados para cualquier cosa, es directamente un acto de rendición, es estar entregados a un futuro cercano incierto. Es, precisamente, incertidumbre y temor. Hay un poco de humillación, puede haber resistencia o reacción, pero no podemos negar que nos está poniendo al descubierto y desprotegidos en un acto de entrega total.
Es como el perro. ¿Viste cuando se pone panza arriba para que lo acaricies o juegues con él? Te está diciendo “me expongo a ser atacado, te entrego mi parte más vulnerable, confío y dependo totalmente de vos”. Guaauuu… tremenda lealtad del mejor amigo del hombre. No en vano la palabra que el Nuevo Testamento traduce “adoración” es la palabra griega “proskuneo” que define una actitud de sometimiento, prostración y rendición como la de un perro con su amo. Una rendición total.
Es muy llamativo (o no) que en nuestras reuniones, o incluso en nuestro devocional personal, en nuestro tiempo de adoración, “levantemos las manos a Dios” en señal de, precisamente, reverencia. No solo eso, ¿cuántas canciones de alabanza o adoración te invitan a “levantar las manos”? Además ¿cuántas veces el ministro de alabanza de turno se suma a la movida y ¡te obliga! a levantar las manos? ¿Será que nos va a robar?
¿O será que, sencillamente, nos invita a esa rendición y entrega total? Muchas veces decimos que “hay poder en la alabanza”, pero ¿dónde radica ese poder? ¿en los gritos, bailes, vueltas y vueltas? ¿en los cánticos y las armonías? ¿O en el acto de rendirnos ante Dios, dándole honra, gloria, alabanza y todo el control?
Dice Éxodo 17:11 que “Mientras Moisés mantenía la mano en alto, los israelitas vencían; pero cuando bajaba la mano, vencía Amalec.”
Sí, realmente hay poder en la alabanza y la adoración, el poder de humillarse delante del Señor, de ponerlo a él en primer lugar y corrernos un poco del centro de atención. ¿No es acaso lo que hizo Juan el Bautista? “Es necesario que yo mengüe para que el crezca” (Juan 3:30) lo que, sinceramente, siempre lo ví un poco soberbio… a ver, Juan, pará un poquito… ¿quién te creés que sos para ponerte a la altura de Jesús? Y aún así, en su -tal vez- error, reconocer que es necesario humillarnos, postrarnos, rebajarnos ante él.
¿Estás ante una lucha? Arriba las manos
¿Estás siendo atacado? ¡Arriba las manos!
¿Te sentís derrotado? Arriba las manos
No tengas miedo a humillarte. No permitas que la soberbia y el orgullo impidan que te conviertas en una persona victoriosa. No te avergüences por bajar la cabeza. Pero nunca, nunca, nunca… bajes los brazos.
