La Higuera… ¿Maldita?”

Estoy empezando a ordenar mis notas para comenzar la nueva serie de mensajes “Rompiendo Maldiciones Generacionales” y me encuentro hoy con una maldición que sale de la boca de Jesús. No entra en el formato de “Maldiciones Generacionales”, pero es una maldición al fin. Es raro, porque uno se imagina que de la boca de Jesús no puede salir una maldición sino solamente bendición. ¿No dice acaso Santiago que “Toda buena dádiva y toda perfecta bendición descienden de lo alto,…” (Santiago 1:17) y que “no debe salir de una misma boca bendición y maldición” (Santiago 3:10)? Termina afirmando Santiago que una misma fuente “no puede dar agua amarga y agua dulce” (Santiago 3:12)

A veces le damos un poder demasiado místico o mágico a las maldiciones. No se trata de un conjuro de Voldemort o de la Bruja Cachavacha, sino que en realidad es algo mucho más simple que eso: es una declaración que contiene un deseo de que algo suceda. ¡Lo mismo que la bendición! Claro, la diferencia está en el “ben…” y el “mal…”, que nos lleva a entender entonces que nos encontramos ante un “decir el bien” o “decir el mal”.

Pedro fue el que hizo mención de la maldición de Jesús (Pedro, siempre Pedro). En Marcos 11:21 le dice: “Mira, Maestro! ¡La higuera que maldijiste se ha secado!” Falta el ‘meme’ diciendo “¡no me quemés…!” porque en realidad, delante de todos, Pedro está escrachando a Jesús por algo que él no hizo. Te repito: “no debe salir de una misma boca bendición y maldición”.

¿Pero no dice la Biblia que Jesús maldijo la higuera? No, la Biblia no dice que Jesús maldijo la higuera, lo que la Biblia dice es que Jesús, molesto con la higuera, le dijo: “¡Nadie vuelva jamás a comer fruto de ti!” (Marcos 11:14), lo que obviamente Pedro tomó como una maldición.

No quiero adelantarme a la serie de “Maldiciones Generacionales” ni hacer un tratado en pocas líneas sobre el efecto de la bendición y la maldición, pero hay algunas cosas que esta historia me enseña:

  1. Las apariencias no surten efecto delante de Dios: Jesús se había acercado a la higuera a buscar higos porque tenía hambre… y porque vio que la higuera estaba llena de hojas (Marcos 11:12-13). Cuando queremos mostrar lo que no somos, cuando queremos aparentar dar lo que no damos o tener lo que no tenemos: no se consigue el resultado esperado, quedamos expuestos y provocamos la reacción de Dios.
  2. Lo que Dios dice, eso pasa: Isaías dice que “si Dios lo planeó, se cumplirá; si lo decidió, se realizará; que lo que él determina nadie puede impedirlo y que su mano extendida no podrá ser detenida” (Isaías 14:24,27).
  3. Lo que no da fruto se muere: El fruto es la vida de la planta. Es su semilla. Es su continuidad. Una planta sin fruto está condenada a desaparecer. Así, el cristiano que no da fruto…. ya entendiste. Dijo Jesús “Toda rama que en mí no da fruto, mi padre la cortará” (Juan 15:2)
  4. La única manera de frenar un propósito o una visión es impidiendo que dé fruto: Un cristiano arraigado está destinado a dar fruto. No solo dar sino “llevar” mucho fruto (Juan 15:8 RV60). Necesitamos estar arraigados en “buena tierra” y en el lugar apropiado para dar fruto y fruto abundante (¿qué hace una higuera en un viñedo? Lucas 13:6-7)
  5. Jesús no maldijo la higuera, solo dijo que nadie volvería a comer su fruto.

Jesús no maldijo la higuera, la higuera dejó de dar fruto.
Jesús no maldijo la higuera, la higuera dejó de cumplir su propósito.
Jesús no maldijo la higuera, la higuera decidió morir.

¿Te pregunto? Te pregunto: ¿Estás dando fruto?

¡Ah! ¿Pensabas que el tema venía por las maldiciones? No, no te voy a servir en bandeja la excusa para que culpes a otro por tus propios errores.

¿Estás dando fruto?
¿O estás aparentando?

No te dejes llevar por las apariencias de nadie, ni siquiera por las tuyas.
No te ocupes tanto de la imagen que das, si no va acompañada de una transformación genuina.
No descanses en lo que otros ven, enfocate en lo que Dios ve.
No pretendas esconder lo que realmente sos, Dios bendice la sinceridad.

Cuando estás arraigado en buena tierra, cuando estás en el lugar correcto, cuando estás “echando raíces”, sin que nadie sepa como, sin esfuerzo ni desgaste, “la tierra da fruto por sí sola…” (Marcos 4:28).

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