Si dentro de cien años… no, mejor mil… si dentro de mil años una expedición arqueológica en tu ciudad encuentra las ruinas de tu casa o tu oficina, ¿qué deducción sacarían de la persona que vivía o trabajaba ahí? (O sea, de vos).
Esta es una pregunta hipotética que se suele hacer para combatir la mentira de la identidad de género: que cuando encuentren tus restos, por la forma y genética de los huesos, se va a saber si eras hombre o mujer, sin importar la extraña idea sobre tu “autopercepción” y ese invento de “el género es un constructo social” (hasta la palabra “constructo” es un invento). Pero saliendo de la biología y los cromosomas XX o XY, ¿qué deducción sacarían sobre vos?
Actualmente, la arqueología es una herramienta de la historia. Son dos disciplinas independientes, pero trabajan muy ligadas entre sí. Gracias a la arqueología, se puede saber cómo vivían los antiguos, sus costumbres, su alimentación; incluso sus creencias religiosas. Es más, dejando la arqueología de lado, hay investigaciones de sociología o psicología social que, revisando tu basura…, pueden saber tu nivel económico y tu estado de salud (y después hablan de Gran Hermano o que el celu te espía…).
Entonces, si encuentran tu celular, tu computadora; si acceden a tu cuenta de email o bancaria; si ingresan en tus perfiles de plataformas de streaming o música online; si revisan tu biblioteca, tu ropero, los cajones de tu escritorio o encuentran tus escondites secretos donde guardás desde un ahorro hasta un paquete de galletitas para que no te las coman tus hijos… ¿qué deducción sacarían de vos?
No solo mis palabras hablan de mí. Mis costumbres, mis prioridades, mis gustos hablan de mí. Mi casa habla de mí. Proverbios dedica una sección al señor Perezoso… ¿Ah, no es el apellido? Pensaba que era un Pérez grandote. Bueno, del perezoso, Salomón dice: “Pasé por el campo del perezoso, por la viña del falto de juicio. Había espinas por todas partes; la hierba cubría el terreno y el lindero de piedras estaba en ruinas.” (Proverbios 24:30-31). Lo llama “falto de juicio” y lo califica por el aspecto de su terreno.
¿Qué pensás cuando pasás por una casa con los pastos altos o la vereda rota? Yo digo que ahí deberían intervenir los municipios. Deberían cobrar una multa o recargar la tasa municipal solo por el aspecto que “afea” el barrio. Menos mal que no soy intendente…
Tu casa habla de vos, tu lugar de trabajo habla de vos, tu escritorio habla de vos, la pantalla de tu celular y el escritorio de tu computadora… hablan de vos.
La gente que recibís en tu casa… habla de vos… Es más, tus amigos hablan de vos. Y no digo que tus amigos son chismosos y cuentan tus secretos, no; digo que el perfil de amigos que tenés habla acerca de vos: tu perfil, tu pensamiento, tu personalidad y tu visión.
Dice Deuteronomio 23:14: “Toma en cuenta que el Señor tu Dios anda en medio de tu campamento para librarte y para poner en tus manos a tus enemigos; por lo tanto, tu campamento tiene que ser un lugar santo; de lo contrario, si él ve en ti alguna inmundicia, dejará de acompañarte.”
Uff…
Tu lugar de “campamento” debe ser un lugar santo. ¿Qué es santo? No es que tenga un velo o una cruz, tampoco que esté pintado de blanco ni que tenga vitrales en las ventanas. No tenés que escuchar música sacra ni canto gregoriano, mucho menos a Stanislao Marino con “La Gran Tribulación”. Santo significa que es un lugar dedicado a Dios, que Él tenga el primer lugar y que se note; que el que frecuente tu casa o eventualmente la visite pueda percibir algo distinto, y que ese algo sea “una familia que honre a Dios”.
¡Ah! ¿Que sos el único cristiano de tu casa? No importa. Tu habitación, tu cama, tu escritorio, tu biblioteca… otra vez, tu celular y tu computadora. Que el pequeño lugar que ocupás en tu trabajo sea un lugar que se reconozca como dedicado al Señor.
¿Fanatismo? ¡Para nada! Al bombero se lo reconoce por su uniforme o por la autobomba, aunque no esté apagando un fuego; al médico, por su bata o por lo que muestra su consultorio; al abogado… por sus formas, su oficina, sus palabras; al verdulero, por las cebollas y los tomates; al zapatero, ¿por las sandías? No, porque vende o arregla zapatos. ¿Y a vos?
“Tu campamento debe ser un lugar santo.” Tu lugar habla de quién sos, y quién sos es más importante que lo que hacés o lo que decís. Jesús confrontó a los discípulos arrogantes que se dieron cuenta de que tenían autoridad sobre los demonios ¡como si fuera por ellos mismos! Les tuvo que decir: “…no se alegren de que los espíritus se les sujetan, sino de que los nombres de ustedes ya están escritos en los cielos.” (Lucas 10:20).
¿Escuchaste alguna vez esa frase… “El ruido de tus obras no me deja oír el sonido de tus palabras”? Bueno, así…
Revisá tu entorno, tu ambiente, tu habitación y tu lugar. Así como te examinás a vos mismo cada día, examiná qué dice de vos todo lo que te rodea. Si hay cosas que ya no representan quién sos en Cristo, desprendete de ellas. Así como la ropa sucia o la comida pasada dan mal olor, lo mismo pasa con las viejas costumbres y las mañas del pasado: contaminan tu vida espiritual.
No olvides esto: Dios anda en medio de tu campamento. Él no es un invitado ocasional, es el dueño de tu vida. Que todo lo que te rodea hable de quién sos en Él. Que tu casa, tu espacio, tu manera de vivir reflejen que pertenecés a Dios.
“Toma en cuenta que el Señor tu Dios anda en medio de tu campamento para librarte y para poner en tus manos a tus enemigos; por lo tanto, tu campamento tiene que ser un lugar santo; de lo contrario, si él ve en ti alguna inmundicia, dejará de acompañarte.” (Deuteronomio 23:14).
