Las investigaciones forenses tienen la capacidad (¡me fascina lo que pueden descubrir!) de resolver causales de muerte, a veces solo por la observación. Que cómo murió, que cuándo murió, que si fue muerte natural, accidental u homicidio. Lo que seguramente no van a poder decir es si un muerto está más muerto que otro.
Parece tonto, ¿no? Pero, a pesar de lo tonto, a veces actuamos así. Si el cadáver está a medio metro de la superficie, es una cosa, pero si está cuatro metros bajo el agua ¡es otra! No. Ambos están igual de muertos.
Sí. Lo hacemos. Lo hacemos con el pecado, esa tradición ancestral de “pecados capitales y pecados veniales” (graves, de muerte o perdición, y no tanto, “pecaditos”, como la famosa “mentirita piadosa”).
Bueno, no. Tampoco. Ambos están ¡igual de muertos! Los del agua digo, eh…
Hay cosas que no tienen una medida. Son o no son. Si estás vivo, estás vivo, no medio vivo. Si estás muerto, estás muerto, no medio muerto. Podés estar más o menos cansado, podés estar más o menos acalorado, podés estar más o menos ¡harto! de algo, podés ser mejor o peor estudiante… pero si estás vivo, si estás muerto, si sos varón, si sos mujer, si sos niño, si sos anciano… como diría Sandra Mihanovich, “sos lo que sos”.
Entonces digo: ¿por qué nos creemos más o menos cristianos? ¿Más o menos salvos? ¿Más o menos bendecidos? ¿Por qué pensamos que Dios ama más a unos que a otros? Que escucha a unos más que a otros… que a unos les da más de su Espíritu que a otros…
¿Por qué juzgamos a Dios con la vara del comportamiento humano? ¿Por qué analizamos el juicio de Dios según la mente carnal? ¿Acaso no dice la Biblia —y en más de una ocasión— que Dios “no hace acepción de personas”? ¿Acaso no dice Juan 3:34 que “Dios no da el Espíritu por medida”?
Sí. Dice eso: “Dios no da el Espíritu por medida.”
Si estás vivo, estás vivo. Si estás muerto, estás muerto. Si tenés el Espíritu de Dios… a que no sabés… ¡tenés el Espíritu de Dios!
Obviamente puede estar más o menos activo, y puede ser que le des más o menos lugar. Que lo escuches o lo ignores, que lo sigas o disimules, que le hagas caso o te hagas el tonto. Pero que lo tenés, lo tenés.
Esto debería ser de aliento, pero me parece que está siendo confrontativo. Porque, como dice Romanos, “no tenés excusa”. Es más fácil echar responsabilidades y culpas al otro, pero “en todo lo que tiene que ver con lo que esperás de Dios, o Dios espera de vos, se requiere tu intervención.”
“¿Qué, pues, diremos?” —dice también Romanos—. ¿Qué, pues, haremos? digo yo. ¿Seguiremos pidiendo al otro, porque tiene más Espíritu que yo? ¿Seguiremos culpando al otro, de que crece más que yo? ¿Seguiremos mirando desde abajo, porque no tengo las mismas oportunidades? ¿O tomaremos la decisión de levantarnos, porque tenemos ¡todo! de parte de Dios?
¿Querés más? No creo. Pero ahí te va: ¿Sabías (sí, sabías) que “el mismo Espíritu que levantó a Jesús de entre los muertos habita en vos”? (Romanos 8:11)
No pongas más excusas. Lo que Dios da, lo da por completo. Dio a su Hijo por vos, “¿cómo no te dará con él todas las cosas?”
“Dios no da su Espíritu por medida…”
