Desde adolescente tengo atracción por la tecnología y, por lo tanto, por las computadoras. Creo que debe ser por mi misma fascinación por la ciencia ficción futurista. Recuerdo cuando me compraron mi primer “reloj digital” (no era adolescente, tenía 10); estaba más eufórico que uno de hoy con una PlayStation. O cuando, al fin, pude tener una computadora (ya era adulto, ya estaba casado). ¡Era como manejar una nave espacial!
Fui siempre un autodidacta. Aprendí a usar programas de todo tipo y un poquito a programar en el antiquísimo Basic y, posteriormente, en Lotus 123. Eran programas que corrían sobre DOS (lo más probable es que ni sepas de qué se trata), y así aprendí al mismo tiempo toda clase de trucos y atajos de teclado, que hasta hoy sigo usando.
Hoy ya no uso Lotus; lo reemplacé primeramente por Excel y ahora por la Hoja de Cálculo de Google, que es súper potente, mucho más de lo que era aquel viejo programa. Y lo uso para todo. Eso sí, con muchísimas limitaciones: uso lo que necesito, y lo que no necesito ni lo sé hacer. Sé que esto suena a mediocridad, pero para lo que necesito, estoy más que hecho.
Ahora, el tema está con la IA y el ChatGPT. ¡Estoy fascinado! Es una tremenda herramienta de trabajo para todo… con un secreto: tenés que saber usarla. Si no, me pasaría como con el Lotus, el Basic o las Hojas de Cálculo: limitaría su potencial. A veces veo personas que se vuelven locas para resolver algunos problemas de trabajo, administrativos, contables o de otras áreas, que serían fácilmente solucionados con “apretar un par de teclas”. Claro, tenés que saber qué teclas tocar… como si, en vez de multiplicar 2×10, hicieras 2+2+2+2+2+2+2+2+2+2=20.
La tecnología, la informática, tienen el potencial de simplificarte la vida y resolverte problemas. Pero hay que conocer ese potencial y su funcionamiento.
Como si tuvieras la oportunidad de hablar con Dios. O más: de tener un encuentro cercano con Dios. ¿Qué le dirías? ¿Qué le pedirías? ¿Sos consciente de su potencial? ¿Entendés realmente que “nada hay imposible para Dios”? (Lucas 1:37)
Imaginate estar pasando un problema, una crisis, tal vez un fracaso o una decepción. Capaz un problema económico o un conflicto matrimonial, o te quedaste sin trabajo, o te sentís perdido, sin rumbo, sin salida… y tenés “al alcance de la mano” (o al alcance de tu fe) al que te puede sacar de ese lugar y llevarte a andar “en lugares deleitosos” (Salmos 16:6).
Imaginate lo que sería, en ese contexto, poder contar con quien te saque “del lodo cenagoso” (Salmo 40), “te cubra con sus alas” (Salmo 91), o vuele desde el cielo solamente “para librarte” (Salmo 18).
¿No sería fascinante? Casi como el reloj digital, o la compu, o el ChatGPT…
Capaz por eso es que Jesús le dijo a esa mujer de Samaria: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.» (Juan 4:10)
“Si conocieras…” Obviamente, esta mujer en crisis por su situación moral en la sociedad no tenía ni idea de lo que Dios era capaz de hacer. Por supuesto que mucho menos sabía que delante de ella estaba “el Verbo que se hizo carne” (Juan 1), hasta que un rato después él mismo le dijo que era “el Mesías”.
Ella no sabía, ella no entendía…
¿Vos entendés? ¿Llegás a darte cuenta de la capacidad, el poder y el potencial que Dios puede desplegar? Tal vez sí. ¿Y entonces? ¿Por qué seguís actuando como si no supieras?
La revelación de Dios transforma la vida. Cuando Cristo es revelado, ya no podemos seguir siendo los mismos. Pero, aun así, tenemos que empezar a mirarlo como quien verdaderamente es.
No es el nazareno, no es el crucificado, no es el Dios de la historia ni un viejo enojado de barba blanca. No es Zeus, ni Poseidón, ni Júpiter ni Alá… es Dios, el que Deuteronomio te pide: “Conoce, pues, que Dios es Dios” (Deuteronomio 7:9).
Tenemos que cambiar la manera de pensar respecto de Dios, de quién es y de lo que es.
Tenemos que cambiar la manera de pensar respecto de nuestra relación con él.
Tenemos que animarnos a conocer “el don de Dios”.
¿Cómo estás mirando a Dios? Hagamos como la canción que cantamos taaantas veces: “¡Revela a Cristo en mi…!
