Percepción

¡Es importado! Y la percepción cambiaba…

En los 80/90 vivimos la “fiebre de lo importado”, como consecuencia de políticas de apertura económica que, al no aplicarse correctamente, provocaron más daño que beneficio.

Siempre tuvimos esa “obsesión/predilección” por lo importado. Ser siempre tercermundistas nos ponía en la posición de que “lo de afuera es mejor”, al punto de que, sin prestar atención a la calidad o a las consecuencias, pensábamos: “si es importado, es mejor.”

Es como pasaba en otra época con las noticias, la información. Si “la tele lo dice”, era confiable. Después pasó a “lo leí en internet” y ahora, “me lo dijo el ChatGPT”.

Siempre tenemos la tendencia a descalificar lo propio, lo familiar, lo cotidiano, considerando que lo nuestro no vale. Tal vez por una falta de identidad, tal vez porque se nos inculcó esa idea, o tal vez solo porque miramos las cosas desde distintas ópticas, y a lo extranjero o ajeno lo vemos a distancia, sin notar sus defectos; mientras que lo propio está tan cerca que solo vemos sus defectos, sin notar su resplandor.

Es como cuando nos comparamos con otros: ponemos a la misma altura lo que vemos de los demás con lo que sabemos de nosotros mismos. No es una competencia justa. Siempre la comparación dará un resultado negativo. Salvo… que seamos tan tontos de buscar personas que nos hagan sentir superiores.

Eso les pasó a los parientes de Jesús, y a sus vecinos cercanos o conocidos. Directamente no aceptaban que, primero: “¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?” (Juan 1:46); segundo: “¿No es este el hijo del carpintero? ¿Y no se llaman su madre y sus hermanos tal y tal y tal (Mateo 13:55 -versión propia-). Terminando con un: “…el profeta no tiene honra en su propia tierra” (Juan 4:44), lo que “Jesús mismo hizo constar.”

La familiaridad, la costumbre, la falta de identidad, el desconocimiento… son piedra de tropiezo para valorar lo que Dios hizo, lo que Dios hace, lo que Dios puso. Sí, lo que Dios puso, porque si él “repartió dones a los hombres”, ¿por qué el del otro debería ser mejor? Si Dios da a cada uno según su capacidad, y da a todos sin medida, ¿por qué creer que me dio menos?

De memoria se decía: “nadie es profeta en su tierra”, lo que pone la responsabilidad en el profeta. Pero el texto dice otra cosa: “en su tierra, el profeta no recibe honra” (paráfrasis).

No juzgues según tus falencias, tampoco desde tus miserias. No compares desde tus creencias, tampoco desde tu abundancia.
No opines desde tu falta de visión, o de identidad.

El profeta tiene honra, solo debés cambiar tu forma de mirar.

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