Un Buen Nombre

Proverbios 22:1 dice que “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro”, algo debatible en nuestros tiempos, casi a la altura del valor de la palabra del que hablamos días atrás.

Es cierto que el “buen nombre”, una buena reputación, abre puertas que de otro modo permanecerían cerradas. Siempre lo digo: el capital más valioso de un hombre son los contactos, porque los contactos precisamente abren puertas prohibidas para uno y nos ponen en compañía de los grandes y poderosos. Y no es que anhele estar con grandes y poderosos, pero esa posición te permite cosas a las que, tal vez, ni el dinero te permitiría acceder.

Insisto: el buen nombre es más valioso que las riquezas. Y tal vez esto siga vigente por defecto: es tan difícil alcanzar una buena reputación que termina siendo valiosa como el oro. ¿Qué político o famoso no pagaría fortunas para borrar su historial? Nadie resiste un archivo, y como se suele decir: “todos tenemos un muerto en el ropero”.

Por eso Pedro y Juan actuaron tan confiados delante del paralítico de La Hermosa (una puerta del templo de Jerusalén). Este hombre estaba siempre a la hora de la oración, apelando a la misericordia de los que entraban o salían del lugar, porque, después de todo, eran gente creyente y con mayor posibilidad de ayudar a un necesitado (¿sí?). Entonces, cuando los ve pasar, extiende su mano pidiendo ayuda:

“…pero Pedro le dijo: «No tengo oro ni plata, pero de lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!»” (Hechos 3:6, RVC)

Otra vez el mismo principio y la misma puesta en práctica. El paralítico pide dinero, los apóstoles no tienen dinero; el paralítico necesita dinero, y no creo que le importe algo más que eso. Pero los apóstoles tenían algo más valioso que el dinero: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas…” El buen nombre suple la necesidad económica, poniendo al paralítico ante la posibilidad de una transformación de vida.

El buen nombre no te da dinero.
Pero el buen nombre te pone en posición de ser suplido.
El buen nombre no te da dinero.
Pero el buen nombre te acerca a quienes pueden dártelo.
El buen nombre no te da dinero.
Pero el buen nombre puede cambiar tu destino.

Y si tal vez tu reputación no alcanza… ni Pedro ni Juan hicieron gala de sus nombres. Ni Pedro le dijo: “Yo, el que llamaban Simón, al que le decían Cefas, pero me han puesto Petros” (bueno, Pedro); ni Juan le dijo: “ejemmm… yo soy el amado, el favorito, no me cambiaron el nombre porque se ve que Johannan era suficiente”. Sino que entre ambos invocaron otro nombre. El nombre que cambia vidas.

¡Pero más sorprendente todavía! Ellos le dijeron que “tenían” el nombre de Jesús. ¿? Sí, prestá atención a la declaración: “…de lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!” ¿Qué tenían Pedro y Juan? Tenían el acceso y la autorización de uso, tenían la contraseña que los habilitaba, tenían el permiso y la autoridad para “utilizar” el nombre de Jesús.

Anoche, en el primer día de la Cruzada de Cumplimiento de Promesas, hablamos acerca del poder que Dios pone a nuestra disposición. No un poder para saltar, hablar en lenguas o gritar, sino el poder transformador que nos hace “participantes de su naturaleza divina” (2 Pedro 1:4), para transformar el lugar a nuestro alrededor (Mateo 5:13-16). Y ese poder se activa por medio del nombre de Jesús.

“Hasta ahora nada han pedido en mi nombre”, se queja Jesús en Juan 16:24. Una queja con reproche incluido, como diciendo: “Les doy el poder y no lo usan”.

Pero usar el nombre de Jesús no es solo levantar una bandera o repetir como loros. No es simplemente la “fórmula mágica” de decir “ábrete sésamo” ni “abracadabra”. Es la identificación como embajadores de aquel que nos envía y a quien representamos. Es como decir: “vengo de parte de…”

Cuando estás orando por algo, cuando le pedís algo al Señor, cuando estás intercediendo o clamando por una promesa… ¿podés decir que vas de parte de Jesús?
Cuando te presentás delante de Dios, cuando invocás tu posición de hijo y el vínculo de amor, ¿podés decirle que Jesús te mandó?
Cuando te ponés en héroe para atar, desatar, declarar, decretar y echar fuera demonios, ¿está Jesús cubriendo tu espalda?

“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.”
Levantá el nombre de Jesús para cambiar tu realidad y la de quienes encontrás a tu paso.
Pero recordá estar agendado entre los contactos del Señor.

Dejar un comentario